sábado, 29 de diciembre de 2012

Las trece cajas de Arturo Barea

El País publicaba en su edición del sábado pasado un interesante articulo de William Chislett, antiguo corresponsal del Financial Times, con este prometedor comienzo: "Todo lo que queda de la vida de Arturo Barea, fallecido en Inglaterra en 1957, después de 18 años de exilio, y autor de la trilogía La forja de un rebelde, el relato más esclarecedor y sincero de los primeros 40 años del siglo XX español, está dentro de 13 cajas guardadas en una casa de Londres, que muy poca gente ha visto".
La cuestión es muy seria y merece una reflexión sosegada. Barea siempre sintió Madrid como su pequeña patria (la República Española fue la grande) una vez que abandonó su Badajoz natal tras la prematura muerte de su padre. Pero es nuestro paisano y un ejemplo del orgullo que sentimos al considerar esta relación con una de las más lúcidas voces de la literatura española de posguerra. Su condición de emigrado desde la pobreza y la infancia en una capital destruida por el clasismo y la corrupción es paisaje común de muchas biografías extremeñas. Su posterior exilio británico durante 18 años hasta su muerte en Londres, casi lo convierte en otro paradigma de la dolorosa herida que se extiende a lo largo del trágico siglo en España. Tenemos, por tanto, especialmente los extremeños, todo el derecho a reclamar que esa fértil memoria documentada vuelva con nosotros y sea adecuadamente difundida, interpretada y enriquecida por investigadores o estudiosos con el apoyo material y explícito de las autoridades culturales competentes y en los términos que se merece.
Los documentos que guardan esas trece cajas, sin negar un ápice del derecho que asista a su anónimo propietario, no son de nadie porque son de todos. Son una riqueza colectiva, plural y difusa que no podemos perder y que tenemos el deber de transmitir a otras generaciones como una brillante manifestación de nuestro Patrimonio Histórico y conforme al imperativo marcado por el artículo 46 de la Constitución Española. Abandonar las trece cajas de Arturo Barea será salvaje e injusto y un colofón amargo -otro más- para toda la verdad, dignidad y amargura que Barea pudo sembrar o combatir con su ejemplo, su sinceridad y su compromiso. Es cierto que forma parte también este valioso material incógnito de la reciente historia de Inglaterra (Barea obtuvo la nacionalidad británica en 1948) pero el legado de su madurez ya se encuentra grabado en los archivos de la BBC para la que trabajó durante su prolongado exilio. No creo que nadie niegue la ascendencia española del tesoro documental del que hablamos.
No ese este el momento de recordar su virtud como un fabuloso escritor. Se trata de denunciar el abandono que ha sufrido y aún sufre el Patrimonio Documental en España. Su expolio ha sido sistemático y torpe porque apenas ha guardado valor material para las groseras o negligentes manos que lo han destruido por no saber reconocerlo. Esta situación tiene que cambiar. Nuestras autoridades culturales han comenzado a darle valor solo en los últimos años y ha sufrido, mas que ninguna otra manifestación del conservacionismo cultural, una equivocada concepción privada de su disfrute.
Esta equivocada ambición ha sido patente entre los dignatarios públicos que siempre consideraron una especie de propiedad familiar los documentos que tuvieron que rubricar a lo largo de su vida pública. El caso de los escritores está más próximo a la ignorancia, al egoísmo, a la revancha o a la simple desidia administrativa. Las cajas de Arturo Barea deben conservarse en la Biblioteca Nacional o, mejor aún, en la Biblioteca de Extremadura que las recibiría como un verdadero regalo y sabría guardarlas con todo el esmero preciso. Gestionar una entrega del valiosos legado documental de Arturo Barea  no debiera ser difícil. Algunos reconocidos escritores se han destacado en los últimos años en la reparación de su olvido. Nadie mejor que ellos para inciar las gestiones que nos traigan esas trece cajas de recuerdos oscuros y esperanza.
 

viernes, 21 de diciembre de 2012

Elogio del Caminante



 


Desde la primera vez que contemplé el Caminante, la escultura del maestro Juan Antonio Corredor, comprendí que estaba ante una obra tan sincera como excepcional. Arrumbada en una esquina de su amplio estudio-fundición, su injusto abandono le daba un aire todavía más melancólico, aún más retraído desde su imponente estampa de gigante desvalido que camina con cierta torpeza, pesadumbre y temor por los senderos del arte y de la verdad.
Me fascinó desde el primer momento y quedé pensativo aquel  día del encuentro, preguntándome porqué una apuesta tan sencilla podía transmitir un cúmulo tan afortunado de sensaciones y certezas. Cada vez que la he visto ante mí, he descubierto en ella más decisión y alguna nueva faceta de su temperamento y he vuelto a preguntarme otra vez porqué una obra de tanta vocación social no se expone en alguno de los espacios de nuestra maltrecha ciudad, tantas veces huérfanos de algunas referencias estéticas verdaderas que enriquezcan la convivencia de los ciudadanos.
Granada ha sido cruel y parcial, no pocas veces, con la excelencia de su escultura contemporánea. La excepcional Piedad de Eduardo Carretero, un acierto público y un ejemplo rotundo de honestidad y altura plástica, que fuera donada por el artista granadino en recuerdo de todas las víctimas de la Guerra Civil, sufrió críticas lamentables e incomprensibles cuando pudo instalarse, casi escondida, en uno de los patios del Cementerio de San José. Es verdad que Eduardo Carretero pudo ser justamente homenajeado por la Academia de Bellas Artes de Granada casi al final de su vida, pero siendo un artista tan decisivo en la escultura española contemporánea merecería un homenaje permanente con una mayor presencia entre las calles de nuestra ciudad. Tampoco se recuerda como merece la obra de otro granadino, Antonio Cano Correa. Su espléndida representación de Alonso Cano apenas si se vislumbra o explica en su rincón de la Plaza del Palacio Arzobispal, acosada por algunos grafitos lamentables y casi tapada por las hojas de un inmenso magnolio que la ensombrece. Carmen Jiménez, su esposa, la gran escultora de La Zubia, vive también la notable ausencia de su obra en Granada, una situación tan incomprensible que debiera corregirse con prontitud para reconocer la importancia de una apuesta delicada y firme, de una referencia básica en la cultura andaluza contemporánea que no podemos ignorar sin incurrir en una grave contradicción y casi en una fatal irresponsabilidad para la educación sentimental de la ciudad. La reflexión pública sobre las esculturas de Granada debería conducirnos a una coherente organización y a cubrir lamentables olvidos que debieran avergonzarnos. Entre estas decisiones, no cabe duda que debiera contarse con la de instalarse en algún lugar adecuado nuestro Caminante integrando su estampa, tan sugerente y tan vinculada con nuestro tiempo, al perfil artístico de una ciudad siempre abrumada por el peso de la historia que tiene que seguir construyendo su Patrimonio.
Quiero aclarar que mi punto de vista es el de un simple observador periférico, el de un diletante que atiende al mensaje plástico que se ofrece a su alrededor de buena fe y con el corazón propicio para toparse con la virtud artística; en definitiva, mi punto de vista es el de un agradecido observador. Creo que la obra de Juan Antonio Corredor presenta una gran proximidad emocional y se instala con facilidad en nuestra memoria. Carezco de suficiente competencia artística y, más aún, carezco de aquellos conocimientos técnicos que sean suficientes para glosar una pieza ambiciosa de un gran escultor que admiro con los ojos del alma. Solo me limito a compartir mi experiencia con una escultura con la que sostengo desde hace años un dialogo frecuente cada vez que tengo oportunidad de encontrármela. Nadie hallará en mis palabras un veredicto técnico o una rigurosa ficha de sus bondades artísticas. Lo único que puedo referir, de manera más o menos ordenada, es el sugestivo mensaje que me traslada como si de una dulce inquietud se tratara.
Si el Caminante tiene mucho o poco de su autor, él debería decirlo. Una persona tan intuitiva como bondadosa, en el que la plenitud artística se produce de manera tan natural, tan caudalosa e inevitable, parece que pueda ver, cuando menos durante algunos episodios de su vida, su alma claramente representada en esa figura sabiamente deslavazada, enorme y comprometida.
Algo lastra ese paso de gigante que pretende ser decidido y firme pero que al final resulta blando y torpe y lo agacha injustamente al encontrar una imprevista dificultad. Se trata de un lastre que sabemos injusto porque creemos a su autor, igual que creemos al personaje inverosímil en la mejor literatura cuando nos dice que un hombre malvado ha cruzado la calle: Lo creemos, como nos enseñó Jorge Luis Borges, de forma misteriosa, con una fe que arranca desde el corazón mismo de la obra de arte, cuando percibimos el primer soplo de la creatividad. En realidad, esta extraña figura, pese a su aparente indolencia y desaliño, nos conmueve y nos hace sentir por ella un aprecio muy singular, nos hace cómplices de su virtud porque la comprendemos abrumada por la contemplación de aquello que la rodea y que procura entender, quizá, sin conseguirlo. El pequeño milagro creativo de este Caminante es que nuestra relación con el, al contemplarlo, nos hace mejores.
Su creador ha querido fundirlo haciendo del volumen un camino que conduce hasta la lucidez y que alza en cada uno de nosotros un cierto y voluntario desasosiego que nos envuelve con su personaje. Corredor nos ofrece una apuesta cabal contra las dificultades, una oferta sincera para combatir algunas pesadas limitaciones, una triste y bella metáfora de tantas y tantas asperezas de nuestro mundo y de la paciente capacidad que debemos atesorar para vencerlas. Hay en la obra, quizá por todo ello, una fuerza interior completamente ajena al espacio que la rodea, no al espacio que físicamente la rodea, sino al horizonte invisible y terco de sus preocupaciones porque nuestro Caminante es, ante todo, un retrato difuso y lúcido del hombre de nuestro tiempo, un hombre que transita solitario por un sendero engañoso, ajeno a la naturaleza y lleno de ruido y hostilidades.
Su gesto es el de una contrariedad contenida. Y el de una rabia elevada y pudorosa porque el puño cerrado junto al muslo, intenta vanamente esconderse de nuestra indiscreta mirada y demuestra que la figura recela y hasta sufre pero quiere, aún más y cumpliendo quizá un viejo rito social que reniega de la exhibición impúdica del dolor, ocultarnos en lo posible su amargura. Nuestro Caminante es tímido como su autor, aunque todo sabemos que la timidez verdadera se modifica con el paso de los años y acaba por convertirse en una forma de suave corrección y en un  deseo frágil de no importunar, de no llamar mucho la atención y por eso este buen gigante solo quiere pasar desapercibido ante quienes se cruzan con él y lo escudriñan con atención y asombro. El autor no ha querido encendernos su rostro, solo lo apunta porque ha querido que sus rasgos sean definitivamente cincelados por nuestra mirada o que optemos –quizá con mejor criterio- por dejarlos solamente apuntados y descubramos bajo la patina oscura que lo cubre su inmenso corazón de bronce. Lo esencial es que es nuestra contemplación la que completa la materia y reúne armoniosamente aquello que falta y gravita a nuestro alrededor.
Creo que no se trata de un caminante solitario. El magisterio de Corredor ha querido mostrarlo solo porque lo adentra en un territorio, el de su exhibición pública, que siempre comporta bastante hostilidad. Sea cual sea el sendero por el que transita, el Caminante podría estar rodeado de una muchedumbre pero esta no haría más que acentuar la paradójica soledad del hombre en las ciudades. Deambula para salir a nuestro encuentro, para encontrar la atención del observador, para mostrarse ante los demás y así cumplir el noble destino para el que ha sido engendrado. No se trata de una simple curiosidad, se trata de un silencioso diálogo con nuestra propia entereza, con nuestro interior más recóndito, con la virtud que la imperfección humana es capaz –tantas veces- de descubrir desde el balcón de la sinceridad y la inquietud.
Encontrar nuestro Caminante bajo la luz de esta brillante Sala de Exposiciones es un verdadero privilegio y todo un acierto de quienes, con franca generosidad, han tenido la idea de mostrarnos esta imprescindible Antológica de mi admirado amigo y compañero académico Juan Antonio Corredor. Guardar de nuevo esta obra delicada y paciente en la fértil soledad de su estudio debiera entristecernos. Y mucho. Porque nadie tiene más derecho a guardar la luz, beber la lluvia y respirar el aire, tantas veces ingrato, de esta asombrosa ciudad de Granada.


sábado, 15 de diciembre de 2012

Canción de Tánger




Yo estoy mirando un velero
que navegando se va,
miro el agua, miro el cielo
y encuentro mi soledad.

El velero que se ha ido
no sabe mirar atrás:
A mí me gusta ese rumbo
que busca la libertad.

Sigo buscando una huella
que no he sabido encontrar,
la perdí cuando tus ojos
me dejaron de mirar.

El agua no tiene cauce
que la pueda dominar.
Eso pasa con la vida
cuando la miras pasar.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Ciudadela y la muralla invisible

La visita a Ciutadella de Menorca es breve pero muy intensa. La hospitalaria Sociedad Histórico Arqueológica Marti i Bella me permite implicarme suavemente en las coordenadas básicas de la ciudad y comprender algunas claves que esconde su delicada traza de capital histórica insular, plenamente consciente de la necesidad de conocer y respetar su extraordinario Patrimonio y el asombro de un tesoro arqueológico muy difícil de igualar.
A pesar de la fugacidad de mi estancia, comprendo que la virtud del lugar radica en una sabia sencillez como forma de vida, en una perspectiva práctica que abunda en la tranquilidad como un estado permanente de ánimo que procura trasladarse a los demás y en sostener un diálogo callado y enriquecedor que nunca olvide la importancia del entorno de esta reconocida Reserva de la Biosfera. Quizá solo se trate, en definitiva, de aprovechar con inteligencia un cierto aislamiento que combaten solo con relativa eficacia las líneas aéreas de bajo coste.
En mis conversaciones insulares, aparte del interés por su historia abrumada por el gran saqueo turco y una escéptica visión territorial nacida con la serie de protectorados que inicia el anguloso Tratado de Utrech, me interesa una perceptible sensación amurallada de los habitantes de la ciudad. Aunque desaparecida, la vieja muralla -tantas veces inútil- sigue impresa en la memoria vital de aquel espacio milenario. Se tiene la constante certidumbre de que una muralla invisible, coincidente con su antiguo trazado y con las calles tranquilas que circundan su casco histórico, se alza cada noche de manera que la exactitud del recinto, previsible como un cambio de guardia, aún protege a sus habitantes de todo aquello que acecha sobre las aguas palpitantes del Mediterráneo, como una especie de sortilegio.
Hay una cierta calidad de los pueblos ibéricos para ver en todo lo que ya no está, como nos advirtió Fernando Pessoa. Aquí, la muralla desaparecida se ha convertido en una imponente muralla interior, sentida en la inquietud que nace en cada uno como una forma de alerta silenciosa conjugada con vientos frecuentes y otras asperezas pasajeras de un clima reparador. Menorca, ocupa un espacio vital para la historia europea que la hace propicia a los ataques crueles y desmedidos. Y al final, la muralla invisible nos advierte de nuestro propio temor, de aquello que nos consume sin remedio, sea cuál sea el firme devenir del tiempo que nos toca vivir. Hasta el rito circular de los honderos baleares, antes de arrojar sus terribles cantos rodados, parece aquí la búsqueda de otro círculo mágico que los envuelva para protegerse del peligro.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Sin estridencias

Jesus García HInchado. Antonio Carvajal en El suspiro del moro, 2011
 
Quienes rechazan un premio literario una vez que les ha sido concedido quieren ganarlo y no ganarlo al mismo tiempo. Me recuerdan, en general, a los que secretamente ambicionan ser académicos en las corporaciones históricas de la periferia (a veces las más dignas entre las españolas) para no serlo nunca porque, una vez que son elegidos, desprecian a la corporación con su indolencia no leyendo el discurso de ingreso. Acompañan su gesto muchas veces de un cierto hastío y suelen ironizar haciendo incompatible su libérrimo espíritu con la severidad del frac o el inútil rigor del protocolo.
En realidad, para no recibir un premio basta con no presentarse o bien, en aquellos casos en los que no se requiere presentación alguna, una vez desatado el rumor de la concesión o la condición o sospecha de ser un probable ganador, basta con transmitir discretamente al jurado a través de alguno de sus miembros (normalmente el amigo que nos ha propuesto y avisa) el deseo sincero de no ser el premiado. Lo demás, digan lo que digan y en la mayor parte de las ocasiones, es solo una renuncia que esconde una cierta impostura, quizá un tanto envanecida.
El maestro Antonio Carvajal -que ha sabido escribir poesía con dignidad, eficacia y tanta elegancia en los últimos cincuenta años- acaba de ganar el Premio Nacional de Poesía y algún redactor le pregunta si está pensando en rechazarlo por razones políticas o ideológicas o porque le caiga mal el ministro de turno. El responde con humildad y escapa de la polémica con bastante sigilo. Como no he conocido nunca a nadie más libre que él cualquier comentario sobra. La renuncia de Antonio Carvajal es mucho más valiosa porque es previa a la concesión de este y de cualquier otro premio que le concedan y consiste, básicamente y para no cansarles, en no adular jamás a los que mandan y defender la verdad allí donde se encuentre. Lo hace por vocación, casi porque no sabe comportarse de otro modo y lo hace además sin estridencias, normalmente pensando a quién o a quienes debería ayudar con su extraña fortuna. Ojalá tuviera en sus manos el destino de alguna entidad financiera.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Devenir de la crisis

 No todos vivimos por encima de nuestras posibilidades.
Ni firmamos engreídas hipotecas,
ni aplaudimos jamás a los chamanes
celebrando su espeso
y público desdén por la pobreza.
No todos emprendimos un viaje
lejano para comprar dos veces una prenda
de vestir casi inútil. No todos olvidamos
la austeridad perdida
de las viejas provincias.
Cambian los tiempos, se pagan los abusos,
se humilla la esperanza, se quebranta
la ilusión del trabajo dócilmente.
Ahora miramos solo nuestro enojo
y creemos que basta con denunciar injustos
procesos de deshaucio
sin hacer otra cosa que volver
indignados a casa cada tarde.
Y la casa nos acoge en silencio. Nos reprueba
la falta de constancia y nos recuerda
la juventud airada que sucumbe
y a veces sin quererlo nos susurra:
Lo peor de este tiempo es que germina
el odio y ese odio termina
por hacernos a todos más culpables.

domingo, 28 de octubre de 2012

Miradas hacia dentro

 

Encuentro en la red esta fotografía en la que se ve a mi padre, Antonio García Orio-Zabala, entrevistando al gran torero Carlos Arruza en una cafetería de Badajoz, probablemente a mediados de los años cuarenta. El Ciclón, sobrino de León Felipe al que se dice que llevaba de viaje por todo Méjico en el coche de su cuadrilla, había vuelto a España en 1944 en base al famoso Convenio Taurino Bilateral. Debutó en Las Ventas un 18 de julio en una corrida presidida por el General Franco y aquello le distanció del brillante exilio español que tanta influencia (y tan beneficiosa) ejercía en su país natal tras la generosa acogida del presidente Lázaro Cardenas.
Esta fotografía me la enseñó hace mucho tiempo mi buen amigo Antonio Galván, el pintor. La tenía porque su padre aparece detrás con corbata y un traje cruzado. Ni conozco a su autor ni conozco a los otros tres personajes que parecen tener, cada uno de ellos, distintas y poderosas razones para encontrarse allí. Mi padre -en aquellos años- colaboraba en el diario Hoy, pero también en algunas publicaciones de la época de larga tradición taurina como Dígame o la revista sevillana Oiga. No sé si coincidirán en el tiempo, pero la imagen cuadra con todo aquel mundo de semanarios gráficos de actualidad que marcaban el ocio de los españoles.
En cualquier caso la imagen es un tanto extraña y entrañable. Transmite una sensación pasajera y esa curiosa intimidad que nos brinda la butaca de un tren de largo recorrido. Al verla, uno desea recuperar la visión de todo el Café y comprobar quienes estaban alrededor de la mesa mirando la conversación, quizá unos pocos, quizá una pequeña muchedumbre ociosa. Consigue trasladarnos una forma de confianza, el ambiente de un espacio perdido pero que a todos nos resulta familiar. Faltan más de veinte años para que Arruza muera en la carretera de Toluca, pero ya hay algo en su porte que delata una vida aventurera y compleja y hasta cierto signo trágico merodeando a su alrededor. Mi padre anota pero da la sensación de que duda y hubiera deseado escribir algo distinto y quiza mejor que su respuesta ...

martes, 16 de octubre de 2012

Lo que el mar hizo



El mar que yo he sentido
como ese gran misterio que nos une
era una soledad preadolescente.
Iba solo hasta él
y solo lo enfrentaba y resumía
con mi exacto silencio.
El mar abría un camino
en mi pecho desnudo y su ternura.
Y el mar no regresaba,
quedaba agazapado si volvía
otra vez a mi infancia.
Mi vida de interior se hizo pequeña
y despertó mi alma
y me quebró la calma para siempre.


lunes, 10 de septiembre de 2012

Sobre Literatura y Terrorismo

Bajo la dirección de la profesora Natalia Arséntieva, el Centro Mediterráneo de la Universidad de Granada, desarrolla en estos días un espléndido curso en su Facultad de Letras sobre Narrativas, terrorismo y reflexión social. La iniciativa no puede ser más afortunada. Han tenido, además, la gentileza de invitarme a la inauguración para dirigir unas breves palabras a los alumnos en un sencillo homenaje a las víctimas de esta vieja calamidad sangrienta.
Lamento muchísimo no poder asistir a las intervenciones de un profesorado con un excelente nivel que abordará, desde una visión multidisciplinar, el terror sufrido en territorios tan diversos como España, Colombia o los Estados Unidos de América.
Se trata de una oportunidad excelente para debatir una de las cuestiones esenciales de nuestro tiempo y para resolver largas carencias en el conocimiento de la literatura comparada europea al analizarse la obra de autores tan sugerentes como el controvertido Octave Mirbeau, Doris Lessing, Adam Zagajewski o mi admiradísimo Andrei Platonov, del que hemos tenido en España una recepción tan limitada como tardía al margen de las conocidas traducciones de su obra maestra Chevengur o de La patria de la electricidad y otros relatos.
Sin pretender reproducir aquí mis palabras, tras elogiar los objetivos y contenidos del curso, me he referido brevemente a tres cuestiones que parece oportuno recordar.
En primer lugar la importancia que tiene para cualquier iniciativa terrorista la conquista del lenguaje: No llamar a las cosas por su nombre y apropiarse de los términos que sustentan la coordenada sentimental de los ciudadanos. Me vino entonces a la memoria la figura del filólogo Victor Klemperer y su famoso análisis lúcido y fatal sobre la lengua del Tercer Reich.
En segundo lugar aún no ha sido resuelto, cuando menos en el sistema procesal español, la posición y estatuto de la víctima como fuente informadora del proceso. Es la víctima la que nos facilita casi toda la información del delito, es la que debería recibirla de las instituciones implicadas casi sin limitación alguna y es la que puede y debe opinar, simplemente ser oída, ante cualquier decisión principal en la ejecución de la sentencia cuando los delitos revisten una especial trascendencia y gravedad.
En tercer lugar recordé la importancia que tiene para el jurista comprometido el análisis del fenómeno criminal y del sufrimiento que produce desde la mejor literatura y poesía. Quien haya leído a Platonov me entenderá. Somos mucho mejores cuando conocemos su obra, cuando disfrutamos de su lectura, cuando nos revela una verdad escondida.
También la poesía tiene mucho que decir. Quien lo dude puede recordar los versos de aquel poema sin título de La última bala, el libro de Hasier Larretxea.
En la clandestinidad me diste la mano.
En la deportación, la verdad.
Cuando nos tocó huir, una mirada.
En los arrestos, tu voz.

Jamás pensé
que, intentando volver a una vida cotidiana,
me fueras a matar.
No estaría mal continuar el curso cruzando estos senderos que son capaces de mostrar el abismo de la crueldad en treinta y cinco palabras.

martes, 28 de agosto de 2012

Canción de Tánger


Estoy mirando un velero
que navegando se va.
Miro el agua, miro el cielo
y encuentro mi soledad

El velero que se ha ido 
no sabe mirar atrás:
A mí me gusta ese rumbo
que busca la libertad.

Sigo buscando una huella
que no he podido encontrar.
La perdí cuando tus ojos
me dejaron de mirar.


domingo, 12 de agosto de 2012

Máscaras y clasismo


 
La calidad de la Administración Pública es la magnitud que mejor distingue a las naciones más desarrolladas. El desarrollo no siempre se conjuga con la riqueza. He conocido capitales de países inmensamente ricos que rezumaban pobreza y ansiedad en cada esquina y mostraban un derroche terrible e inútil del presupuesto y del tiempo laboral. Además, esta exhibición de irresponsabilidad se interpretaba por todos como una manifestación del verdadero poder.
En cierta ocasión y en un lugar muy remoto, un veterano colega ataviado con una gorra roja que llevaba impreso el Toro Osborne, se negó a compartir conmigo su coche oficial. Autoridad que no abusa pierde prestigio fue la razón que me dio cuando quedé "parado" ante su negativa. Creí que se trataba simplemente de una grosería pero él, entre risas, me alumbró el estupor con su frase.
También he trabajado fugazmente en pequeñas oficinas de países de climas extremos y grandes carencias en las que resultaba ejemplar la calidad del trabajo desarrollado cada día. Podrían darnos lecciones en muchos aspectos y sentirse orgullosos de su labor.
La función pública vive momentos complejos. Hasta los propios funcionarios la enfrentan con una cierta desconfianza. Da la sensación de que quiere crearse un colectivo abnegado y trémulo al que se recortan sus derechos en atención a circunstancias que escapan de su rendimiento y voluntad. No deben preocuparse de sus decisiones sino de las decisiones de gestores que no suelen consultarles, en cada parcela de trabajo, sobre aquello que saben mejor que nadie por su experiencia y por su formación. Parece que se convierten en una especie de pista de frenado social que no debe quejarse más allá de lo estrictamente necesario o de un nuevo tertium genus entre ricos y pobres de dimensiones elásticas.
Al margen de todo lo anterior, lo peor es una oculta sensación que ya se atisba en demasiados rostros: Puede que vuelva otra vez la pobreza real y con ello una cierta justificación del clasismo, de la creación de grupos sociales que tienen que redimir su origen y amoldarse a las nuevas condiciones económicas sin que puedan superar los límites que les impone una nueva convicción social.
Para combatir la crisis económica y moral que sufrimos lo esencial es descubrir las actitudes que se esconden bajo los gestos y palabras. En ocasiones, se vislumbra un simple deseo de torpe venganza que solo conduce a la crispación y al inútil enfrentamiento callejero. Otras veces, el rostro delata una justificación, el íntimo deseo de reconocer una diferente calidad en los ciudadanos, la existencia de clases que están previamente limitadas en sus derechos y habilidades.
No es la voz la que nos dice la verdad, es la luz de los gestos y actitudes la que alumbra la parte oculta de las palabras. Y esa cara oculta es la que debemos buscar para comprender este tiempo que nos ha tocado vivir.

lunes, 6 de agosto de 2012

Panorama interior: En la vida de William Stoner


Nunca agradeceré como es debido a mi compañero Ángel Nuñez la viva recomendación que me hizo en la Universidad Jaume I para que leyera Stoner, la reconocida novela del norteamericano John Williams (1922-1994). Estábamos en un seminario de arqueología subacuática al que habíamos sido invitados para aportar el agrio punto de vista de los penalistas y aquel entorno, apacible y amable, resultaba especialmente propicio para tener una primera noticia de esta fascinante novela. Poco después, aprovechando la presentación de mi libro La mirada desnuda la adquirí en Sevilla y la guardé durante algunos meses para leerla con calma en verano.
No resulta fácil describirla. En aquella primera ocasión, Ángel recordó la referencia de un granjero que acude a la Universidad de Missouri en 1910 donde termina siendo un profesor ayudante al quedar fascinado por la literatura inglesa. No le falta parte de razón pero describir así el lento proceso que esta novela construye desde sus primeras páginas, resultaría inexacto. Podría decirse que refleja con una arrebatadora exactitud y agudeza, la explicación por la que William Stoner que acudió para estudiar agricultura, termina vinculado para siempre con el mundo universitario. Vendrán luego otras explicaciones y abismos que deberá alumbrar cada lector.
Parece evidente, no lo recuerdo muy bien, que Ángel aún no la habría leído. De lo contrario, conociendo su firme vocación lectora y suspicacia, seguro que hubiese optado por el silencio y disfrutado por el consejo de su lectura urgente para descubrir yo mismo la savia dulce y agria que destila en cada una de sus páginas.
Desde que comencé a leerla, he buscado todas las reseñas sobre la novela que he podido pero, en mi humilde opinión, ninguna le hace justicia. No basta con señalar que se trata de una indudable obra maestra. Incluso valdría la hipérbole de Borges al señalar en el prólogo de Crimen y Castigo que, como el descubrimiento del amor o como el descubrmiento del mar, el hallazgo de Dostoievski marca en cierto modo el destino de nuestra vida. Es esta una afirmación tan brillante como tramposa porque ese rumbo ya estaba marcado en el alma del lector y el resorte podría haber sido cualquier texto o cualquier poema que merezcan la pena y que sirvan para sembrarnos la inquietud del conocimiento.
Dicen que Stoner es una novela sencilla. No es verdad. Si es verdad que demuestra que las cosas sencillas no lo son o que lo son, por su frecuencia, tan solo aparentemente. La importancia de Stoner se encuentra en que no son los hechos los que alimentan los sentimientos sino al revés. Williams opta por el camino abrupto de las emociones, descubre las virtudes de aquellas sendas del paisaje interior y nos proporciona una sobria, brillante, elegante y compleja lección de inteligencia y de bondad.
También se ha escrito que William Stoner es un profesor mediocre. Tampoco lo creo. Creo que, conforme al criterio de Williams, debió ser un gran profesor porque lo que parece mediocre es muchas veces, cuando se asocia a la discreción, lo excelente, lo mejor ocultado precisa y vorazmente por la mediocridad. Stoner prefiere el mundo cotidiano y el examen lúcido de la rutina para alcanzar la verdad. La mejor literatura contemporánea está repleta de personajes aparentemente mediocres, rutinarios, anodinos y hasta vulgares. Las páginas de cada uno de esos libros decisivos demuestran el inmenso error de nuestro juicio y la irresponsable pérdida de virtud que desangra nuestro tiempo. Valga por todos y por el placer de citarlo el maravilloso ejemplo de Bernardo Soares en el Livro do Desassossego.
Seamos claros y hablemos con sencillez y sin comparaciones. Quienes lean Stoner y tengan un mínimo de inquietud, quedarán simpre agradecidos a Jhon Williams y nunca la olvidarán.

Stoner de John Williams. Traducción de Antonio Díez Fernández. Ediciones Baile del Sol, Narrativa/121. Tercera Edición, 2012.

domingo, 5 de agosto de 2012

El cine español y la justicia

El cine es el arte cotidiano de nuestro tiempo, la muestra más potente de su consumo masivo y de su democratización. Es evidente que solo una parte del cine merece esta noble consideración, pero también lo es que su consumo se extiende a cualquier grupo o condición social salvo casos extremos de absoluta marginalidad. Constituye siempre, incluso en las costosas fórmulas de recreación histórica, una percepción de presente que nos muestra la convicción de sus realizadores, su manera de interpretar el mundo que les toca vivir. Entender el buen cine es entender la vida que nos rodea. Saber disfrutarlo cuando aalcanza la categoría de arte es saber vivir más allá de las condiciones biológicas que nos impone la existencia corporal.
La cinta No habrá paz para los malvados, al margen de otras virtudes que sin duda tendrá, ha permitido que asistamos al derroche interpretativo de José Coronado (qué hubiera conseguido de haber firmado esta interpretación en otras latitudes) y a la convicción de que podemos hacer muy buenos productos sin más pretensión que la que debe inspirar a un artista.
No seré yo quien recuerde a destiempo, después de tanto merecido elogio, las virtudes sobradas de esta película española.  Solo tengo un pero que oponerle y lo que pienso hacer.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Panorama exterior: Patrias del desengaño


No es la primera vez que señalo la lucidez que acompaña con frecuencia a las interveniones públicas del compositor José García Román en su calidad de Director de la Academia de Bellas Artes de Granada. Hace algunos días, en su intervención en el Aula de Humanismo del Instituto de Academias de Andalucía, nos recordaba el origen de la Academia Francesa y del conocido lema que le señalara Richelieu, su fundador, À l´immortalité, para referirse no a la triste vigencia de esos cuarenta inmortales o elegidos que azarosamente la integran, sino a la permanencia de la lengua francesa por encima del tiempo y las vocaciones del destino. Pero no cabe pretensión más dañina, fallida y pueril que la de la inmortalidad cuando hablamos de las cosas del  mundo.
Grandezas aparte, parece deducirse de su intervención que no es descabellado considerar que la voluntad fundacional del cardenal no solo se limitaba a la reunión de maestros del lenguaje, del pensamiento o de la ciencia: Guardaba también espacio suficiente para aquellos que sentían el hastío de la grandeza y buscaban entre los muros académicos una forma displicente de diversión o amargura. La certera frase se atribuye a quien fuera Secretario Perpetuo de la corporación, Charles Pinot Duclos, quien textualmente nos dice: vemos a menudo a quienes la edad, las desgracias o el hastío de la grandeza fuerzan a renunciar, venir a buscar consuelo en nosotros o desengañarse.
La situación no es tan negativa como parece y en realidad enriquece el tantas veces denostado redil académico con generosidad. No hablamos de la estética o divinización del fracaso, ni siquiera de una teórica del desengaño, pensamiento este mucho más fértil y verdadero que la militancia anterior, hablamos de otra "pequeña patria", de la patria de una amargura compartida, de una convivencia atrapada normalmente en los muros de la primera senectud que apuesta por la inquietud, de una vieja apetencia social por el prestigio mas formal que hace reverdecer el instinto de los creadores y la ilusión de la utopía.
Y es que siempre han nacido las páginas más brillantes y decisivas de la historia europea desde esa especie de amarga lucidez del desengaño.

martes, 1 de mayo de 2012