
Ahora, al encontrarme felizmente con este libro que acaba de publicar Alicia Aza bajo el título El libro de los árboles en la colección de poesía de Ánfora Nova, enriquecido con un elegante prólogo de Manuel Gahete, me pregunto porqué Alicia ha dedicado tanto esfuerzo en el pasado al estudio del Derecho Mercantil olvidándose de la importancia de transmitirnos su observación lírica de una realidad escondida que, paradójicamente, sólo se muestra con toda sencillez justo a quien sabe mirarla exactamente con los ojos del alma.
Sus poemas tienen la virtud de demostrar la delicada vocación de los árboles, los que nacen en nuestro interior y viajan con nosotros y de aquellos que la naturaleza nos entrega como débiles señales que permiten vislumbrar el rumbo de un camino lúcido y virtuoso. Los árboles no son sólo los árboles que enriquecen el paisaje y explican a la misma tierra, son además la sabia reflexión de quien pregunta en el lugar y en el momento exacto, de quién sabe situarse ante la decisiva prueba del asombro escuchando el rumor que nos revela una infeliz sospecha, la que abandona la comodidad de una realidad superficial y se adentra en esa vida vegetal dulce y secreta que sostienen, como diría Álvaro Valverde, las crueles raíces del tiempo.
El primer libro de Alicia Aza guarda en él muchos caminos. Confiemos en que se anime a emprenderlos como aquel barco del norte que afronta su destino sin temer a los rigores del clima y a la ingratitud del silencio. Probablemente lo hará porque, como nos demuestra en sus versos, guarda su voluntad la fortaleza de esos Cipreses custodios que atesoran una madera resistente que lanza a un largo viaje.
El primer libro de Alicia Aza guarda en él muchos caminos. Confiemos en que se anime a emprenderlos como aquel barco del norte que afronta su destino sin temer a los rigores del clima y a la ingratitud del silencio. Probablemente lo hará porque, como nos demuestra en sus versos, guarda su voluntad la fortaleza de esos Cipreses custodios que atesoran una madera resistente que lanza a un largo viaje.
No sería justo concluir sin añadir a todo lo anterior que, entre tanta impostura como la que tenemos que soportar en una España tan previsible en el mundo de la palabra, el oficio que desarrolla José María Molina Caballero merece un elogio mas que sincero y un ruego para que continúe con su excelente y discreta labor editorial. Las voces de tantos buenos escritores (mi colega Francisco de Paula Sánchez Zamorano podría servirnos de ejemplo) hubiesen quedado para siempre anegadas por una irresponsable indiferencia de la intelectualidad triunfante de no ser por su acierto y por su mucha generosidad.