martes, 3 de junio de 2014

Sabio beso del vino



El vino es una voz, es esa tierra
que guarda el corazón en su memoria.
El vino es un camino. Con los ojos
del vino, con sus lentos
dedos de azul penumbra,
con esos delicados
labios de tierna noche,
puede mirarse el árbol 
frondoso de la calma
o enfrentarse el abismo más profundo.
Tú has sido como el vino de mi vida.
Una sed deseada que me alcanza.

Contigo marcharé donde me aguardes.

viernes, 9 de mayo de 2014

El tiempo multiplicado (Pregón Feria del Libro de Granada)


Autoridades, señoras y señores, queridos amigos:

Para muchos de los que nos encontramos aquí, una vida sin libros casi no tendría sentido. Y a pesar de ello, de sostener esta firme convicción, creo que ninguno podría definir los libros con una mínima exactitud. De todas las cosas que ha descubierto e impuesto la vida cotidiana, no hay otra que se parezca tanto al hombre como el libro. Quizá por eso no podemos atraparlo en una escueta definición, porque cualquier atributo que quisiéramos otorgarle sería negado de inmediato con algún ejemplo contrario y nunca seríamos capaces de establecer -en unas pocas líneas- cuanto puede abarcar y cuanto puede influir, para bien o para mal, un libro en nosotros y en todo aquello que nos rodea. 
La Academia define el libro como un conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que se encuadernan, pero bien sabemos que algunos, quizá los más apreciados en algún instante de nuestra vida, no son los que tienen muchas sino las hojas exactas que son necesarias para contar aquello que nuestra ilusión de lector esperaba. El derecho administrativo, con su habitual ingenuidad, pretende acotar el libro con exactitud y lo identifica con cualquier impreso no periódico que tenga más de 48 páginas. Siempre ha sido mucho más sugerente la etimología que lo vincula con la naturaleza porque la palabra liber identificaba la parte interior de la corteza de aquellos árboles que se utilizaban en la antigua Roma para escribir antes del descubrimiento del papiro.Para cualquier escritor un libro es, ante todo, un mensaje que va dirigido a sí mismo pero que necesita ver reflejado o expuesto en el interior de los demás. Es una formidable contradicción, una forma de mejorar o empeorar la vida, de combatir el inevitable olvido, de crear un diminuto presente interminable. El escritor procura elaborar una historia que persista en el tiempo, aunque no siempre existe en su voluntad un verdadero deseo de permanecer. Escribir es un acto de generosidad y de egoísmo, incluso de sana codicia y hasta de vanidad, un acto reflejo que construye un mensaje que puede reproducirse de manera exacta cuantas veces queramos y que puede conocerse, a través de diversos ingenios, por un número incontable de personas a las que nunca conoceremos, con las que nunca podremos hablar, pero que a veces lo hacen suyo. Como nos enseñó Borges, todo buen escritor debe sentir más orgullo por los libros leídos que por los libros azarosamente escritos.El libro es también una forma de esperanza. Cobra vida en una voz callada cada vez que lo leemos y se transforma en nuestro interior, modificando su influencia según la encrucijada temporal que recorre o según el ánimo que nos conduce hasta el en cada instante de nuestra vida. Ya sé que todo esto no es mas que una torpe sucesión de opiniones, de rasgos incompletos, de esbozos y otras definiciones apresuradas. Al menos procuran recordar la afortunada relación del libro con el paso del tiempo, con el azar y con la indiferente vida social que los acoge u olvida con toda naturalidad.La acotación material, la forma del buen libro no siempre es una magnitud decisiva para su definición. Hoy día existen formatos que hubieran resultado totalmente incomprensibles hace muy pocos años. Poco importa, porque sabemos que el misterio del libro bondadoso radica en su identidad inmaterial, esa que nos enriquece y se esconde dentro de un simple ingenio mecánico que ha sido creado para facilitar la lectura y propiciar la soledad o el ensueño. Formatos, rótulos o contenidos inverosímiles los hubo siempre y algunos muy cerca de este lugar donde nos encontramos.En Granada, por ejemplo, los famosos Plomos del Sacromonte o Libros Plúmbeos, aparecen hacia 1595 en una sombría catacumba del Monte Valparaíso. El hallazgo, junto a unos huesos humanos, tiene lugar pocos años después de otra falsificación histórica de nuestra ciudad, tan ambiciosa como bien intencionada, la del cofre o caja embetunada hallada en la Torre Turpiana, el legendario minarete de la vieja madraza nazarí que fue desmontado. Y entre los Libros Plúmbeos, esos 22 discos de plomo de unos diez centímetros que pretendían contener nada menos que el Quinto Evangelio, hay uno que nos muestra, sin más, el liso círculo metálico con una pequeña rúbrica casi imperceptible. Una pulida superficie sin rastro alguno de escritura que aquellos granadinos decidieron llamar, quizá para incrementar aún más el misterio de su hallazgo y significado, el Libro Mudo. Y no fue el único que mereciera tal nombre. Otro maravilloso libro mudo se publica en 1677 como un tratado en meticulosas imágenes sobre alquimia y otros secretos de la naturaleza. No olvidemos que también existen buenos libros con pocas o ninguna palabra donde la pintura, el grabado o la fotografía nos trasladan su lenguaje sensorial y discreto, lleno de argumentos y de un sonoro silencio.Libro mudo o paisaje hablado. Así fue definido, como un idílico paisaje que nos hablara, uno de los libros más maravillosos que han sido escritos en nuestra lengua, un espacio ideal en el que la armónica naturaleza protegía el métrico lamento de un joven sin nombre. Naufrago y desdeñado, sorbido por el Mar y luego vomitado sobre la fina arena de una playa remota, ni siquiera conocemos los pormenores de su fortuna, solo el hecho de su completa desdicha y el bálsamo que una ribera generosa promueve en su corazón solitario y ya ausente de ambiciones. Nos referimos a las Soledades de Luis de Góngora, versos que se publicaron en 1614, justamente hace ahora cuatrocientos años, como demostró un bellísimo manuscrito encuadernado en fina vitela y hallado también en Granada, el famoso Manuscrito Chacón. Este cuarto centenario quizá mereciera recordarse en lo que aún nos queda de año, para hacer un acto de justicia literaria y para recordar a los andaluces, cuando atravesamos momentos tan difíciles, la brillantez de su ingenio y la importancia de su historia. Me parece triste y extraño que tenga lugar impunemente este imperdonable olvido.
Esta idea que concibe al libro como una voz que habla en nuestro interior, es quizá la más sugerente y nos acerca a su progresiva humanización con el paso del tiempo. Desde la antigüedad, cada día el libro se ha hecho más fértil y más humano, se ha ido encaminando hacia la persona individual, huyendo del canto colectivo, del ritual atávico, de una lectura impersonal y rutinaria, afirmando que lo más valioso que nos puede ofrecer es la descripción de la sustancia más pura del alma a través de la palabra y por caminos tan variados y dulces como la meditación, la fábula, la comparación lírica o la cruda enseñanza del drama.
La lectura ha sido, desde el comienzo mismo de la modernidad, la chispa que ha encendido en la razón el verdadero compromiso social y ha sido también la llama de esa vivencia única y exacta que a todo lector paciente toca y alimenta durante su vida y persiste junto a él casi hasta el último suspiro que la apaga. El libro ha ido paulatinamente asemejándose al individuo, alcanzando una dimensión más humana, un peso más ligero, entrando en el bolsillo de un abrigo o en la intimidad de una mochila o de un bolso, trasladándose de unas manos a otras sin ninguna dificultad, comprándose por unas pocas monedas y obsequiándonos con esa lectura que convertimos muchas veces en larga conversación, en amistad o en recuerdos compartidos.La panorámica que suele ofrecernos el libro de hoy, es la de un objeto que penetra con eficacia en nuestra intimidad donde lucha por el privilegio del espacio y casi pide perdón a diario por su engorroso almacenamiento en las pequeñas bibliotecas domésticas de alcoba o salón comedor. Siempre podrán leerse en voz alta poemas, romances, lentas salmodias, cantos, himnos, discursos académicos o antiguos relatos, siempre habrá valiosos ejemplares ilustrados, pero el libro triunfante de nuestro tiempo es el libro pequeño de la soledad, el que engrandece este viaje personal sin retorno, aquel que nos deleita mientras contemplamos el paisaje de nuestra vida.Es curioso que muchas de las ambiciones más intensas del presente sean antiguas como las fuentes de nuestra cultura. Las nuevas tecnologías siguen luchando para conseguir crear una vida virtual, pero esta vida imaginaria ya la creó el libro desde las profundidades de la historia. Un libro puede entregarnos una realidad virtual tan perfecta que no precise la imagen tridimensional sino el regalo de la dócil imaginación que, desde niños, aprendíamos a ejercitar como una poderosa virtud. Las nuevas ofertas de ocio sucumben con demasiada facilidad ante una verdad tecnológica que parece ser la única que imprime confianza en la vida social, acortan demasiado ese camino que recorre la imaginación con nuestros sueños y esto debiera preocuparnos porque la brevedad de ese sendero no nos permitirá, quizá, llegar tan lejos como debiéramos en el futuro. No se trata de negar las delicias tecnológicas del presente, se trata de completarlas con la enseñanza más firme de la emoción invisible de la palabra. No olvidemos que el libro desata la imaginación y que esta debe formar parte de nuestra primera patria, que es la infancia y, por tanto, de la formación escolar, tanto como la educación física, las ciencias naturales o la destreza informática.
Dicen que en cada persona confluyen dos vidas: La vigilia y el sueño. Son caminos que a veces se cruzan, que se encuentran y olvidan en una dualidad que incrementa el arcano de la existencia. La lectura incrementa también este misterio de manera que el buen lector, el lector avies o agradecido o el desocupado lector al que se dirigiera Miguel de Cervantes, son conscientes de que en ellos confluyen no dos sino tres ríos caudalosos: El de vivir, el de soñar y el de leer. Porque leer, como bien saben todos los lectores que me escuchan, no es solo leer, es vivir lo leído, es alimentar los sueños del espíritu que trazamos cuando estamos despiertos e imaginamos una vida plena y dichosa para nosotros y para nuestros seres más queridos
Vivir es no saber porqué vivimos. Esta tajante afirmación, verso de un libro inédito que tuve la fortuna de encontrar no hace mucho tiempo, es un destino fatal que acabamos por compartir con el libro como el más cómodo y útil, no equipaje, sino compañero de viaje. Nos iremos/ nos iremos como si nunca hubiéramos venido nos decía con su limpia lucidez el poeta Vicente Sabido, quien nos dejó el pasado año y nos regaló la limpia estela de un puñado de versos antológicos. Pero en tanto nos marchemos, volvamos o no a vernos, el buen libro es ese rastro que se obstina en permanecer, aquello que conserva el lugar salobre donde estuvo la vida, la senda que conduce a respirar el aire más hermoso que pueda disfrutar la condición humana, el rescoldo que agita nuestra mirada y enciende un coro de vivas voces dormidas hasta entonces en nuestro interior.
Un libro rara vez nos importuna. Se coloca junto a nosotros sin otra condición que la esperanza de que lo abras y lo conviertas con tu lectura en un sereno tiempo compartido. El libro siempre está desnudo y tu mirada es el ropaje que le da el aire suficiente para vivir. Aferrarse a un libro suele ser una buena decisión y además a un módico precio. Pero lo más significativo, lo más elevado que tiene su lectura es ese estado puro de complicidad y silencio que a veces nos proporciona y que engrandece nuestro tiempo; un estado para el que la lengua no ha encontrado todavía un nombre propio, quizá por la dificultad de acotar todos sus beneficios y sutiles riquezas.
Quienes estamos aquí y sentimos cierta inclinación hacia la lectura, podríamos recordar esos momentos en los que la atención comienza a concentrarse en el mensaje que nos transmite el libro con una intensidad cómoda y profunda, como si entráramos dentro de él y nos elevara desde una simple situación relajada a una especia de dulce avidez por avanzar en la lectura y conocer aquello que el libro aún contiene. Cobra entonces el libro en nuestras manos un especial valor y tiene lugar un olvido casi completo de aquello que nos rodea y la sensación de alcanzar un gran beneficio inmaterial porque el tiempo que vivimos empieza a multiplicarse y el lenguaje parece un nuevo alimento que ensanchara nuestra mente llenándonos de felicidad. Sentimos un deleite intelectual que se sostiene en el tiempo y nos conduce hasta nuestro propio ser por el camino de la palabra pero en la experiencia de los demás. En esos momentos, el lector vive una especie de encuentro inesperado que lo atrapa sin remedio y lo alegra, como si tuviera dentro de él otra forma de vida singular: Vivimos un estado de pequeña plenitud.Todos los lectores sinceros, cada vez que abrimos un libro, guardamos la esperanza de alcanzar nuevamente ese estado de humilde plenitud y lo cierto es que al empezar a leer sospechamos muy pronto, apenas conocemos las primeras páginas del texto, si tendrá o no lugar. Esa virtud de la lectura es tan valiosa que todos debiéramos contarla a los niños para que intenten buscarla y no pierdan esa capacidad de encontrar un delicado arrobo con el libro que los ayudará a comprenderse mejor. En nuestro recuerdo de lectores está siempre ese libro, no siempre el más elevado y perfecto pero si el más oportuno, que llegó a nuestras manos azarosamente y nos replegó hasta un rincón solitario de la casa familiar, del tren de cercanías o del autobús de línea, para disfrutar de la lectura. Podemos recordar muchas veces ese momento en el que el libro comenzó a operar en nosotros una tímida fascinación por la vida. Es un momento que nos sorprende por primera vez habitualmente en plena adolescencia, cuando el tiempo cincela con mayor energía nuestro temperamento y cuando la experiencia primaria de la vida cobra una importancia enorme: Es esa la edad de las decisiones, los días en los que optamos por adquirir una determinada forma de ser.
La imagen del lector ensimismado se está convirtiendo en una rareza o, mejor dicho, se está transformando en la de un espectador ensimismado ante terminales fijas o móviles de distinto tamaño, en el peatón que habla solo por la calle a un micrófono diminuto o que mira sin parar una pantalla que acapara toda su atención y con la que interactúa a través de las manos o de la voz. Como ya he señalado, nada tiene de malo comprender este nuevo entorno de inteligencia artificial que nos propone el presente, pero comprendamos que la virtud de la lectura ávida y sosegada a la vez, no puede igualarse con forma de comunicación alguna y pasará mucho tiempo hasta que pueda inventarse otra forma tan afortunada y exacta de comunicación desde la contemplación silenciosa del lenguaje.Hay en toda lectura una celebración de la virtud: La de saber descifrar una serie acotada de signos impresos sobre el papel como un sinfín de imágenes ocultas que fueran abriéndose milagrosamente por la fuerza de nuestra razón al descubrir un secreto.
Pero todo esta riqueza de la vida multiplicada del lector guarda todavía otra inmensa ventaja por su repercusión y efecto en la convivencia. Desde esta perspectiva y desde mi ignorancia, no logro comprender como en una situación económica tan adversa como la que padecemos, nadie repara en utilizar con mayor vigor la solución de la cultura. La gran recesión que padecemos en Europa tiene su origen en la insoportable codicia de la especulación más salvaje, se alimentó de la mentira y ha provocado una crisis que es, al margen de una profunda crisis económica, una honda crisis moral, una derrota estrepitosa de la verdad. Negarlo es casi mentir o, cuando menos, estar  profundamente equivocado. Por eso la cultura, el compromiso social que imprime en cada uno nosotros la inquietud por el conocimiento a través de la lectura y la creación, debería ser uno de los caminos que nos libraran con mayor eficacia de esta empecinada lacra social.
Nada descubro cuando hago estas afirmaciones. Federico García Lorca, cuando se dirigió a sus vecinos de Fuente Vaqueros para inaugurar la Biblioteca de su pueblo, ya les dijo que si tuviera hambre no pediría un pan, sino medio pan y un libro. Quizá, si le hubieran hecho caso tantos españoles de su tiempo y hubieran leído más y mejor, no habría vivido aquella monstruosa tragedia que le aguardaba. La inversión en cultura, el apoyo institucional al libro, al cine, al teatro o a la creación en cualquiera de sus manifestaciones, también se multiplica en un enriquecimiento colectivo y honesto, que sostiene proporciones decorosas y que no avasalla otras iniciativas más o menos humildes que sirvan a la formación y al ocio de la ciudadanía. La riqueza de la cultura es la que extiende su beneficio sobre un mayor número de personas y de una manera más justa.
La cultura y la manifestación más intima de todas las que la integran que es la lectura, es ese lujo que cualquier familia se puede permitir con un poco de ayuda institucional. Hablamos de un formidable yacimiento de empleo que genera un consumo responsable, abre la comunicación, enciende la curiosidad, despierta el ingenio y hace brotar la solidaridad de los más jóvenes con aquellos que mas lo necesitan. La cultura verdadera, que tan bien arraiga en el sur ibérico de Europa a pesar de los errores históricos que hemos padecido, nos proporciona una sucesión de útiles ejemplos que combaten el miedo al futuro y nos llenan de confianza en nosotros mismos y en los demás.
Hasta hace pocos años era frecuente que nos hablaran del vicio de leer, pero leer buena literatura no es un vicio sino una elevada virtud. Esta oscura vitola se colocaba en los mejores libros por el miedo que se ha tenido y aún se tiene a la libertad, a la propia y a la libertad de los demás. La buena lectura siempre nos hace más libres, nos permite comparar nuestro estado y entender sus habilidades y flaquezas y comprender mejor el mundo que nos rodea y acoge con tanta indiferencia o desconfianza. El pueblo que sabe leer exige con mayor vigor el cumplimiento de sus derechos fundamentales y controla más eficazmente al poder.
Pero además de soluciones o propuestas colectivas, un buen libro nos ofrece soluciones individuales y a veces muy precisas. Nos ayuda a envejecer mejor, nos permite compartir la salud, la riqueza o la alegría, mitigar la enfermedad o la tristeza y hasta combatir las grandes o pequeñas injusticias con mucha mayor dignidad y con sosiego. Es cierto que no siempre nos resuelve la deuda contraída con el destino o esa duda que nos paraliza y marchita, pero siempre nos ayudará a encontrar las soluciones que palpitan a nuestro lado y no habíamos sabido mirar con los ojos del alma; nos permite corregir el rumbo equivocado y no pide a cambio mas que alguna atención, unas pocas monedas y una cierta disposición hacia el silencio.
El buen libro parece que ha sido escrito solo para nosotros. No nos aconseja, comparte su alma como se comparte la enseñanza de una vieja amistad. Seamos más libres y leamos. Multiplicaremos nuestro tiempo y haremos más grande nuestra esperanza. Muchas gracias por su amable atención y buenas noches.

sábado, 15 de marzo de 2014

EL ENSAYO COMO COSTUMBRE (critica de Antonio Moreno Ayora)

Jesús García Calderón, jurista y poeta, tiene más que demostradas ya esas dos condiciones personales, que por añadidura conviven al unísono con la de ensayista consumado. Es esta última faceta la que acredita fehacientemente, sin ir más lejos, en el libro que le ha publicado recientemente Anfora Nova: El mal de la muralla, setenta y cinco páginas desglosadas en diez secciones en las que el autor, teniendo como fondo la ciudad de Lugo --en la que ejerció por un tiempo como fiscal jefe--, traza con lirismo "Un ensayo de psicología colectiva, de urbanismo, hasta de literatura", según precisa Jorge de Vivero al prologarle el volumen, del que además comenta que durante su lectura logramos "tener asegurado un rato lleno de amenidad y de interés", Son estas afirmaciones, sobre todo, las que habremos de constatar por nosotros mismos.
Y lo primero que vamos comprendiendo según avanzamos por las citadas secciones (por ejemplo, El barco de piedra, Una pequeña patria, La idea de centralidad ) es el concepto que asienta como "mal de la muralla", entendido como la costumbre de reflexionar dentro del entorno urbanístico que delimita la muralla lucense para volcar en la reflexión sentimientos de aprecio, admiración y sentido moral con agudeza y equilibrio de filósofo: "Y es que el mal de la muralla construye una geografía interior asociada con el entorno pero no coincidente con él, porque no es lo externo lo que importa sino su reflejo en el interior de nosotros".
Repetidamente, el autor vuelve una y otra vez sobre sus pensamientos para ir elaborando un discurso en el que la unidad temática es invariablemente Lugo y su embrujo histórico, social y literario, todo ello configurado a partir de una ciudad recóndita en la que hay "una ciudad dentro de la ciudad, un círculo esencial que se expande y abre a nuevas dimensiones urbanas pero siempre relacionadas con el molde originario".
Así, en la reflexión y disquisición sentimental que quiere ser este libro caben sorprendentes análisis sobre literatura --en este caso, española, gallega e inglesa--, arte, arquitectura, filosofía, extendiéndose hasta conceptos tan controvertidos como el espíritu lugués o la ajenidad, y es todo ese conjunto lo que lo convierte en paradigma de ensayo plural, diversificado y riguroso, o sea, en uno más pero también único de los ensayos que con acierto y emoción concibe y escribe Jesús García Calderón. En ellos la prosa adquiere tan frecuentes tintes de lirismo que a ella puede aplicarse la misma definición que de su poesía hizo hace algún tiempo Antonio Carvajal, quien la encumbra "por su honda verdad como una forma de poesía de la vivencia y basada en un amplio conjunto de valores individuales y sociales".

'El mal de la muralla'. Autor: Jesús García Calderón. Edita: Anfora Nova. Rute, 2013.

Diario de Córdoba. Cuadernos del Sur. 15 de marzo de 2014

viernes, 17 de enero de 2014




Sobre el yacimiento arqueológico de Los Mondragones
Por una urgente declaración como Bien de Interés Cultural

Hace algunos meses tenía lugar en la ciudad de Granada, a consecuencia de distintas obras de construcción, el descubrimiento fortuito de unos valiosos restos arqueológicos en el solar del antiguo cuartel de Los Mondragones, justo en la confluencia entre el Barrio de la Cruz y el de Doctores, espacio densamente poblado y de un alto valor comercial. Se descubría entonces una gran villa romana que podría datar del siglo I con un complejo entramado de prensas pertenecientes a una almazara de gran importancia, dependencias relacionadas con actividades de explotación agrícola, una necrópolis, un posible mausoleo o basílica y una amplia vivienda, seguramente de la familia propietaria de la finca, demostrativa de una alta calidad de vida, con un patio ajardinado, una fuente monumental central y un pasillo a su alrededor, todo ello junto a una serie de habitaciones y espacios que envuelven armoniosamente todo el conjunto. Los restos descubiertos, en especial la decoración de sus pavimentaciones, todas ellas de mosaicos policromados de excepcional conservación y de una gran belleza, demuestran el intenso poder y elevado nivel cultural de sus sucesivos moradores durante un dilatado período de tiempo. Es posible que el hábitat perviviera hasta los primeros siglos de la Edad Media y que tuviera ya entonces aquel lugar para los pobladores de nuestra ciudad una patente condición de antigüedad.
Desde el primer momento esta Academia mostró su preocupación ante la falta de información pública sobre un hallazgo de tanta importancia; mostrando su parecer en sendos comunicados que se hicieron públicos en los meses de mayo y noviembre del pasado año y que procuraban alertar sobre la necesidad de proteger y conservar in situ los restos descubiertos por su innegable e inmenso valor. Además, en los días 15 y 16 de octubre de 2013, se organizó un debate público y científico sobre Arqueología y Ciudad Histórica en cuyo trasfondo se encontraba la voluntad de dar a conocer a la sociedad granadina la importancia de este yacimiento y de propiciar un análisis riguroso sobre la necesidad de preservar los bienes arqueológicos, de manera que la ciudad histórica no los considere como un elemento pasivo de su realidad más próxima que de algún modo limita su futuro, sino como una valiosa magnitud que lo incrementa o enriquece por la importancia incuestionable que ha cobrado en nuestro tiempo –y Granada es un ejemplo muy expresivo de todo ello- la llamada Economía de la Cultura.
Con fecha ocho de enero de 2014, la asociación Ciudadanos por Granada se ha dirigido a nuestra Corporación para que conozca su iniciativa de reclamar a las autoridades culturales competentes de la Junta de Andalucía, la declaración de este yacimiento como un Bien de Interés Cultural, todo ello conforme a lo establecido en nuestra legislación estatal y autonómica. Efectivamente, el artículo 1º de la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español señala que los bienes más relevantes que puedan integrarlo deben ser declarados Bienes de Interés Cultural y en el mismo sentido, los artículos 6 y siguientes de la Ley 14/2007, del Patrimonio Histórico de Andalucía, recuerdan que esta posibilidad se encuentra plenamente vigente en nuestra Comunidad Autónoma, donde pueden integrarse tales Bienes de Interés Cultural en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, gozando con ello de una singular protección y tutela.
Es un hecho notorio que la importancia y valor del hallazgo se han incrementado con el estudio del terreno realizado con metodología arqueológica y que plantean la necesidad de completar una valoración científica solvente acerca de su verdadera extensión. Es imprescindible alentar una labor pública que permita fijar cual deba ser el área de protección, cuáles las servidumbres arqueológicas que deban trazarse y elaborar un proyecto de estudio, en definitiva, que sea suficiente y veraz y que permita la conservación del yacimiento arqueológico y de cuantos elementos lo componen, como señalan los principios inspiradores de la legislación cultural, justo en el lugar donde se encuentra. Todas estas circunstancias exigen que las autoridades competentes otorguen la máxima figura legal de protección que contempla nuestro ordenamiento jurídico y que, tal y como está previsto en las normativa aplicable, esta protección se despliegue de una manera inmediata, con carácter provisional desde la incoación misma del expediente administrativo y en tanto puedan cumplirse los sucesivos trámites que son preceptivos.
La Academia entiende que uno de los mayores aciertos de la Ley estatal 16/1985 fue la de consagrar que cualquier persona, conforme a lo señalado en su artículo 10, podrá solicitar la incoación de expediente para la declaración de un Bien de Interés Cultural. En el mismo sentido se pronuncia el artículo 9 de la Ley 14/2007 al señalar que cualquier persona física o jurídica podrá instar a la Consejería de Cultura como organismo competente de la Junta de Andalucía y mediante solicitud motivada, para que lleve a cabo la inscripción de un bien en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural. Esta saludable implicación de la ciudadanía en la preservación de nuestro Patrimonio Histórico, incluso merece una expresa mención en ambas leyes. La ley estatal en su artículo 8 establece que las personas que observen peligro de destrucción o deterioro en un bien integrante del Patrimonio Histórico Español deberán, en el menor tiempo posible, ponerlo en conocimiento de la Administración competente, quien comprobará el objeto de la denuncia y actuará con arreglo a lo que en esta Ley se dispone. Por su parte la Ley autonómica en su artículo 5 también se refiere a la que llama colaboración ciudadana, recordando que todas aquellas personas que observen peligro de destrucción o deterioro en un bien integrante del Patrimonio Histórico Andaluz deberán, a la mayor brevedad posible, ponerlo en conocimiento de la Administración competente, que llevará a cabo las actuaciones que procedan. Esta es justamente la encomiable actitud de compromiso mostrada por la organización ciudadana que se dirige a la Academia de Bellas Artes de Granada para recabar su apoyo, cuando sostiene una petición tan justa, que se realiza en términos razonables y con el aval de estudios científicos ya publicados, pese a lo reciente del descubrimiento, (una muestra más de su valor) a cuyo contenido extenso nos remitimos.
Este yacimiento arqueológico, en buena parte aún por descubrir, por su incalculable valor, constituye un excelente archivo que contiene alguna de las claves que son necesarias para comprender una parte muy importante de la vida milenaria de esta ciudad. El carácter monumental de Granada no se agota en sus calles céntricas y en determinadas áreas monumentales mundialmente conocidas. Los  bienes culturales y especialmente el Patrimonio Arqueológico oculto cumplen una finalidad social ya que permiten compensar, con su aparición fortuita y con el tratamiento urbanístico adecuado, aquellos espacios urbanos que han sufrido una mayor densidad residencial por la victoria de fórmulas de gestión del suelo desafortunadas por su origen meramente especulativo y que cuentan –por ello- con peores equipamientos colectivos. Estos hallazgos deben entenderse como verdaderos regalos que nos brinda a la ciudadanía la propia naturaleza de la ciudad y su larga historia, un generoso regalo, un fruto valioso, una oportunidad imprescindible que no debemos desaprovechar.
Al margen de todo lo anterior, los estudios realizados extienden la importancia del yacimiento hasta los 45.000 metros cuadrados y, con independencia de aquellos valores que lamentablemente hayan podido sufrir un deterioro irreversible, por su interés e importancia científica, tratándose de suelo de titularidad pública, esta realidad exige, tal y como reclama la organización Ciudadanos por Granada, la urgente declaración del yacimiento arqueológico de Los Mondragones como Bien de Interés Cultural pero en su totalidad y no solo en un pequeño perímetro acotado para que no entorpezca un desarrollo urbanístico que debe ceder ante los intereses colectivos que puedan estar en conflicto, buscando siempre alternativas razonables y recabando los medios materiales que sean precisos, incluso a la Unión Europea. Hay que recordar, una vez más, que la protección y conservación de los bienes arqueológicos es uno de los principios rectores de nuestra vida social y económica de acuerdo con lo establecido, entre otros, en el artículo 46 de la Constitución Española o en el artículo 68.3.1º del Estatuto de Autonomía para Andalucía. No solo se trata de una decisión acertada: Se trata de un imperativo constitucional.
De lo contrario, cabría entender que pudiera tener lugar una verdadera situación de expolio. No expresamos exageración alguna. Conforme se define en el artículo 4 de la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español, se entiende por expoliación toda acción u omisión que ponga en peligro de pérdida o destrucción todos o alguno de los valores de los bienes que integran el Patrimonio Histórico Español, o perturbe el cumplimiento de su función social. Atender la motivada solicitud realizada por la asociación Ciudadanos por Granada, al margen de un imperativo legal de primer orden, sería la mejor forma de respetar nuestra cultura y de proteger un extraordinario legado que nos permite dialogar con nuestro pasado e ilumina el futuro de una gran ciudad histórica como Granada.

Dado en Granada, Palacio de la Madraza, a  nueve de enero de 2014

El Pleno de la Academia de Bellas Artes de Granada

lunes, 6 de enero de 2014

Poema

El Prisionero

Recuerdo en año nuevo mis viajes
y mi cautiverio. El prisionero
se traslada muy lejos pero guarda
una celda prendida de su pecho
que lo encierra aunque cruce
lejanos territorios y hasta ocasos.
Esa celda invisible guarda el tiempo
de sus preocupaciones, una venda
que aparta de sus ojos el camino,
una experiencia ingrata
que vierte soledad
y reduce la vida
al deber por cumplir y a sus peligros.
En cada paso un riesgo innecesario,
en cada atardecer una derrota
y en el insomne amanecer percibe
solo un lento presagio. Yo confieso
que he viajado apresado en mi destino
y contado ambicioso
las horas que faltaban al regreso.
He sido el funcionario preocupado
por sus tristes deberes
en Panamá, en La Habana,
en ciudades de África,
cruzando la Toscana o los Balcanes,
en lugares agrestes que me hacían
mejor y más pequeño, señalando
el indolente rumbo
de las obligaciones que se abrían
como heridas antiguas
en los viejos pasillos de las noches.
Yo no supe viajar para ser libre.
No aproveché esos años. Crucé el mundo,
mantuve la inquietud, no tuve miedo,
aprendí mas que hallé, fui responsable
y desprecié riquezas, me contuve

y tendré una vejez mísera y dulce.