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jueves, 7 de febrero de 2013

El Mal de la Muralla (breve fragmento de un ensayo inédito)



...la disposición del centro de Lugo que rodea la irregular elipse de piedra y pizarra es rara y curiosa. No se aprovecha debidamente el espacio, se suceden las plazoletas y plazas sin mucha lógica, como si quisieran dificultarse las zonas residenciales y, quizá para mostrar con nitidez su condición de capital administrativa, se despeja un corto espacio frente a los edificios oficiales para que el ciudadano pueda sopesar los humildes pórticos o arcadas que imitan templos o palacios clásicos y así comprender su verdadera  influencia.
En Lugo hay varias situaciones sino únicas, difíciles de encontrar en otras ciudades de su tamaño. En primer lugar hay una ciudad dentro de la ciudad, un círculo esencial que se expande y abre a nuevas dimensiones urbanas pero siempre relacionadas con el molde originario. Otros lugares sostienen barrios que han sido señalados por la costumbre popular como ciudades o espacios singulares e independientes por razones muy variadas. Es el caso del barrio de Triana en Sevilla, del Trastévere en Roma o del barrio del Albaicín en Granada, espacios inicialmente diferenciados a consecuencia de la separación que marca el caudal generoso del Guadalquivir o del Tíber o el perfil montañoso que buscaban los halconeros nazaríes para levantar su propio arrabal. Pero estas condiciones que explican la diferencia no tienen lugar en el caso de Lugo. Toda la ciudad extendida extramuros se vuelca hacia el interior o aledaños de la muralla, piensa en los lugares céntricos que abandona como su referencia esencial y se extiende como una sucesión de círculos concéntricos impulsados desde el interior.
No es necesario vivir intramuros para sufrir el mal. Lo importante es acoger el adarve como un mecanismo habitual de reflexión y ordenar nuestra vida dando vueltas sobre él de manera real o figurada en ciclos que podrían ser irregulares. Hay quienes dicen que no solo se mueve el paseante, que también gira la muralla con una cadencia imperceptible que impulsa el sentido de nuestros pasos. Esta disposición de quienes utilizan el adarve para la reflexión otorga a quienes la descubren una especial agudeza y comprensión del entorno y les infunde una forma paradójica de confianza basada en la lucidez. Miran el exterior desde dentro y vuelven una y otra vez a encontrarse con su propio destino, comprenden la limitación de la vida y entienden la importancia de la libertad. Afrontan, en definitiva y como nos dice la intuición del poeta, la vida de otro modo...

viernes, 21 de diciembre de 2012

Elogio del Caminante



 


Desde la primera vez que contemplé el Caminante, la escultura del maestro Juan Antonio Corredor, comprendí que estaba ante una obra tan sincera como excepcional. Arrumbada en una esquina de su amplio estudio-fundición, su injusto abandono le daba un aire todavía más melancólico, aún más retraído desde su imponente estampa de gigante desvalido que camina con cierta torpeza, pesadumbre y temor por los senderos del arte y de la verdad.
Me fascinó desde el primer momento y quedé pensativo aquel  día del encuentro, preguntándome porqué una apuesta tan sencilla podía transmitir un cúmulo tan afortunado de sensaciones y certezas. Cada vez que la he visto ante mí, he descubierto en ella más decisión y alguna nueva faceta de su temperamento y he vuelto a preguntarme otra vez porqué una obra de tanta vocación social no se expone en alguno de los espacios de nuestra maltrecha ciudad, tantas veces huérfanos de algunas referencias estéticas verdaderas que enriquezcan la convivencia de los ciudadanos.
Granada ha sido cruel y parcial, no pocas veces, con la excelencia de su escultura contemporánea. La excepcional Piedad de Eduardo Carretero, un acierto público y un ejemplo rotundo de honestidad y altura plástica, que fuera donada por el artista granadino en recuerdo de todas las víctimas de la Guerra Civil, sufrió críticas lamentables e incomprensibles cuando pudo instalarse, casi escondida, en uno de los patios del Cementerio de San José. Es verdad que Eduardo Carretero pudo ser justamente homenajeado por la Academia de Bellas Artes de Granada casi al final de su vida, pero siendo un artista tan decisivo en la escultura española contemporánea merecería un homenaje permanente con una mayor presencia entre las calles de nuestra ciudad. Tampoco se recuerda como merece la obra de otro granadino, Antonio Cano Correa. Su espléndida representación de Alonso Cano apenas si se vislumbra o explica en su rincón de la Plaza del Palacio Arzobispal, acosada por algunos grafitos lamentables y casi tapada por las hojas de un inmenso magnolio que la ensombrece. Carmen Jiménez, su esposa, la gran escultora de La Zubia, vive también la notable ausencia de su obra en Granada, una situación tan incomprensible que debiera corregirse con prontitud para reconocer la importancia de una apuesta delicada y firme, de una referencia básica en la cultura andaluza contemporánea que no podemos ignorar sin incurrir en una grave contradicción y casi en una fatal irresponsabilidad para la educación sentimental de la ciudad. La reflexión pública sobre las esculturas de Granada debería conducirnos a una coherente organización y a cubrir lamentables olvidos que debieran avergonzarnos. Entre estas decisiones, no cabe duda que debiera contarse con la de instalarse en algún lugar adecuado nuestro Caminante integrando su estampa, tan sugerente y tan vinculada con nuestro tiempo, al perfil artístico de una ciudad siempre abrumada por el peso de la historia que tiene que seguir construyendo su Patrimonio.
Quiero aclarar que mi punto de vista es el de un simple observador periférico, el de un diletante que atiende al mensaje plástico que se ofrece a su alrededor de buena fe y con el corazón propicio para toparse con la virtud artística; en definitiva, mi punto de vista es el de un agradecido observador. Creo que la obra de Juan Antonio Corredor presenta una gran proximidad emocional y se instala con facilidad en nuestra memoria. Carezco de suficiente competencia artística y, más aún, carezco de aquellos conocimientos técnicos que sean suficientes para glosar una pieza ambiciosa de un gran escultor que admiro con los ojos del alma. Solo me limito a compartir mi experiencia con una escultura con la que sostengo desde hace años un dialogo frecuente cada vez que tengo oportunidad de encontrármela. Nadie hallará en mis palabras un veredicto técnico o una rigurosa ficha de sus bondades artísticas. Lo único que puedo referir, de manera más o menos ordenada, es el sugestivo mensaje que me traslada como si de una dulce inquietud se tratara.
Si el Caminante tiene mucho o poco de su autor, él debería decirlo. Una persona tan intuitiva como bondadosa, en el que la plenitud artística se produce de manera tan natural, tan caudalosa e inevitable, parece que pueda ver, cuando menos durante algunos episodios de su vida, su alma claramente representada en esa figura sabiamente deslavazada, enorme y comprometida.
Algo lastra ese paso de gigante que pretende ser decidido y firme pero que al final resulta blando y torpe y lo agacha injustamente al encontrar una imprevista dificultad. Se trata de un lastre que sabemos injusto porque creemos a su autor, igual que creemos al personaje inverosímil en la mejor literatura cuando nos dice que un hombre malvado ha cruzado la calle: Lo creemos, como nos enseñó Jorge Luis Borges, de forma misteriosa, con una fe que arranca desde el corazón mismo de la obra de arte, cuando percibimos el primer soplo de la creatividad. En realidad, esta extraña figura, pese a su aparente indolencia y desaliño, nos conmueve y nos hace sentir por ella un aprecio muy singular, nos hace cómplices de su virtud porque la comprendemos abrumada por la contemplación de aquello que la rodea y que procura entender, quizá, sin conseguirlo. El pequeño milagro creativo de este Caminante es que nuestra relación con el, al contemplarlo, nos hace mejores.
Su creador ha querido fundirlo haciendo del volumen un camino que conduce hasta la lucidez y que alza en cada uno de nosotros un cierto y voluntario desasosiego que nos envuelve con su personaje. Corredor nos ofrece una apuesta cabal contra las dificultades, una oferta sincera para combatir algunas pesadas limitaciones, una triste y bella metáfora de tantas y tantas asperezas de nuestro mundo y de la paciente capacidad que debemos atesorar para vencerlas. Hay en la obra, quizá por todo ello, una fuerza interior completamente ajena al espacio que la rodea, no al espacio que físicamente la rodea, sino al horizonte invisible y terco de sus preocupaciones porque nuestro Caminante es, ante todo, un retrato difuso y lúcido del hombre de nuestro tiempo, un hombre que transita solitario por un sendero engañoso, ajeno a la naturaleza y lleno de ruido y hostilidades.
Su gesto es el de una contrariedad contenida. Y el de una rabia elevada y pudorosa porque el puño cerrado junto al muslo, intenta vanamente esconderse de nuestra indiscreta mirada y demuestra que la figura recela y hasta sufre pero quiere, aún más y cumpliendo quizá un viejo rito social que reniega de la exhibición impúdica del dolor, ocultarnos en lo posible su amargura. Nuestro Caminante es tímido como su autor, aunque todo sabemos que la timidez verdadera se modifica con el paso de los años y acaba por convertirse en una forma de suave corrección y en un  deseo frágil de no importunar, de no llamar mucho la atención y por eso este buen gigante solo quiere pasar desapercibido ante quienes se cruzan con él y lo escudriñan con atención y asombro. El autor no ha querido encendernos su rostro, solo lo apunta porque ha querido que sus rasgos sean definitivamente cincelados por nuestra mirada o que optemos –quizá con mejor criterio- por dejarlos solamente apuntados y descubramos bajo la patina oscura que lo cubre su inmenso corazón de bronce. Lo esencial es que es nuestra contemplación la que completa la materia y reúne armoniosamente aquello que falta y gravita a nuestro alrededor.
Creo que no se trata de un caminante solitario. El magisterio de Corredor ha querido mostrarlo solo porque lo adentra en un territorio, el de su exhibición pública, que siempre comporta bastante hostilidad. Sea cual sea el sendero por el que transita, el Caminante podría estar rodeado de una muchedumbre pero esta no haría más que acentuar la paradójica soledad del hombre en las ciudades. Deambula para salir a nuestro encuentro, para encontrar la atención del observador, para mostrarse ante los demás y así cumplir el noble destino para el que ha sido engendrado. No se trata de una simple curiosidad, se trata de un silencioso diálogo con nuestra propia entereza, con nuestro interior más recóndito, con la virtud que la imperfección humana es capaz –tantas veces- de descubrir desde el balcón de la sinceridad y la inquietud.
Encontrar nuestro Caminante bajo la luz de esta brillante Sala de Exposiciones es un verdadero privilegio y todo un acierto de quienes, con franca generosidad, han tenido la idea de mostrarnos esta imprescindible Antológica de mi admirado amigo y compañero académico Juan Antonio Corredor. Guardar de nuevo esta obra delicada y paciente en la fértil soledad de su estudio debiera entristecernos. Y mucho. Porque nadie tiene más derecho a guardar la luz, beber la lluvia y respirar el aire, tantas veces ingrato, de esta asombrosa ciudad de Granada.


lunes, 13 de febrero de 2012

Panorama exterior: Bicentenario extendido

Me consultan si cierta Corporación de Derecho Público debe organizar algún ciclo o evento para conmemorar el bicentenario de la primera Constitución Española. La ciudad de Cádiz, con buen criterio, viene liderando esta señalada efeméride que debiera recordarnos cuantas veces vino a fracasar en España la libertad. Teniendo en cuenta la escasez presupuestaria y la realidad diaria de nuestras calles y mercados, organizar cualquier evento para reiterar lo ya dicho debe considerarse un despilfarro. Por eso les propongo a mis interlocutores no festejar el hecho mismo de su aprobación en la Isla de San Fernando aquel 19 de marzo de 1812, sino el recuerdo de la triste sucesión de héroes que procuraron su restauración durante tantos años oscuros de feroz absolutismo.
Esta nómina ingrata es la que debiera merecer mayor admiración y aprecio, mayor respeto ya que fue la que realmente afianzó el inicial suspiro empós de las libertades frente a la esclavitud del necio tirano, siempre peor que la dudosa propuesta de una conquista que procuraba, quizá equivocadamente, una cierta regeneración ibérica.
La imagen del heroísmo inútil ante el patíbulo y la barbarie más intransigente que lo ejecuta, jalonan en España el desenlace de tanta virtud. No hay provincia española que no cuente con su héroe liberal ajusticiado. Son muchas las imágenes pavorosas del terror fernandista. El General Riego ahorcado, decapitado y salvajemente desmembrado en la Plaza de la Cebada de Madrid. La joven Mariana con el cuello desnudo que acaricia el hierro frio del garrote junto a la Puerta de Elvira, cerca ya de los fértiles pagos de la Vega de Granada y frente a la hoguera que devora el tafetán morado de su bandera. La imagen arrebatada del valiente General Torrijos, resignado a morir en la playa de San Andrés cogido de la mano de sus compañeros. Todos son traicionados, todos sucumben conscientes de que será la suya -finalmente- la apuesta que triunfe. Pero saben también que para ello, lamentablemente, será necesario un mar de injusticia y de sufrimiento, una ignominia histórica que durará generaciones y convertirá España en un oscuro campo de batalla y dolor interminables. Este joven martirio de la libertad debe recordarse para comprender la importancia real de aquel viaje que partiera desde la pequeña Isla de León, acosada tanto por ejércitos invasores como por el rencor atávito de la tiranía que esconde sus fauces bajo los gritos, tantas veces fanáticos, de la independencia.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Epigrama del pretor


Un poeta escribió mi pueblo es mi canción
y un famoso cantante aseguraba
donde cuelgo el sombrero está mi casa.
Hoy mi hogar se ha partido
como mi soledad en dos mitades.
Mi hogar, está en Granada
y en la noble y frutal ciudad de Siena
porque allí guarda ahora
mi pequeña Leonor
su ilusión por el mundo.

viernes, 28 de octubre de 2011

Panorama interior: Otra vez la ciudad perdida

Fotografía: Jesus García Hinchado
En Baden no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. La frase es de Stefan Zweig y corresponde al luminoso verano de 1914. Una época feliz en la que nuestro autor saltaba de uno a otro país europeo sin que apenas algún incidente -desapercibido para la mayoría- alumbrara el feroz abismo que se avecinaba con el estallido de la Gran Guerra: Un abismo del que aún, quizá, no hemos salido del todo.
Las ciudades, sean o no grandes ciudades históricas, que han sabido no esconder su paisaje, el paisaje que las circunda y abraza, el que las sostiene y les pertenece, han sido más sabias y generalmente más dichosas, aunque a veces esta virtud solo la explica la ausencia de desarrollo y la continuidad de una digna pobreza. Bien está lo que el paso del tiempo convierte en una riqueza inesperada que nos transforma -para bien- la vida y su destino. Mucho mejor saber comprenderlo a tiempo y mantener una actitud necesaria para conservar la frescura de ese fruto sostenido sobre la piedra y la memoria.
He tenido la suerte de vivir en Galicia y disfrutar cotidianos paseos por el adarve de la muralla de Lugo, un paseo milenario que permitía -hace muy pocos años- dialogar a través de la mirada con el delicioso paisaje de la campiña gallega y del tierno paso del padre Miño: un fresco mosaico cambiante que parecía alentar las pasajeras nubes para acabar de perfilarse. La ciudad de Granada, a pesar de su alocado urbanismo fruto del desarrollismo, aún sostiene, por su proverbial calidad paisajística, una riqueza mas que extraordinaria. En sus barrios históricos más apreciados, a veces, el paisaje materialmente se vuelca en el corazón de la ciudad sin contemplaciones y le otorga una certeza que nos demuestra su verdadera importancia y la sabiduría de su presencia alzada entre la naturaleza.
¿Cuánto tiempo se mantendrá esta valiosa convicción que han forjado pacientemente la convivencia y la historia?
Cada día es más difícil contemplar el paisaje desde cualquier núcleo urbano de importancia. Es un dato que nos demuestra la dimensión del fracaso que venimos sufriendo en la ordenación territorial. La escasez de los espacios de protección de lugares históricos, la especulación y la falta de alternativas residenciales que sean razonables y respetuosas con la historia, nos condenan una y otra vez a cometer los mismos errores. Cuando dejamos de ver el paisaje desde la ciudad, debemos preocuparnos por el oscuro rumbo que hemos tomado. No se trata de una simple vinculación visual, es mucho más que eso: es una manera innata de comprender aquello que nos rodea y de saber descubrir nuevas soluciones para nuevos problemas. Cerramos las ventanas para vivir en una oquedad, eso sí, en una oquedad repleta de luz y de ruidoso silencio.

lunes, 1 de agosto de 2011

Panorama interior: El lugar del dinero

La conocida frase no hay dinero se ha convertido en un latiguillo que justifica cualquier carencia en los servicios públicos básicos. Pero la cuestión, como siempre, radica en preguntar varias veces porqué. Cuantas más veces se hace la pregunta, mayor es la inquietud que nos genera la respuesta si se trata, claro está, de una respuesta honesta y sincera.
La bellísima, por su sencillez y antigüedad Puerta Monaita de la vieja alcazaba del Albaicín, en Granada, ha sido pintarrajeada y humillada hasta la exhasperación con actos de lento exhibicionismo gráfico y con una total impunidad. Debería rehabilitarse urgentemente porque cada día que observamos un monumento de esta envergadura mancillado sufre una pequeña humillación esta ciudad y quienes han luchado por ella a lo largo de su larga su historia. Cada visitante, cada viajero que la contemple en este lamentable estado es una resta de nuestro prestigio, una fórmula de propagación de nuestra insensibilidad, de nuestro desorden presupuestario y administrativo, de nuestra falta de cuidado, de la traición al compromiso con una herencia monumental que no solo nos pertenece a nosotros.
Vivimos momentos de confusión proclives al desengaño y la hipérbole. Los actos vandálicos o el gamberrismo viven años de una práctica impunidad. Hay vandalismo verbal en las tertulias, en las nuevas informaciones de la vida social, un flamante vandalismo financiero y una escalada de vandálico instinto tribal en las atormentadas metrópolis de nuestro tiempo. La falta de presupuesto es consecuencia de esta y otras irresponsabilidades porque el dinero que nos falta solo cambia de lugar, solo se atesora o exhibe impunemente en otro espacio recóndito y escorado.
Ahora, en algunas ciudades descuidadas, nuestros monumentos tiritan de suciedad y abandono. Alguien dirá que nos falta el presupuesto pero ese dinero que nos conduce hasta la insatisfacción estará en la nómina inflada de algún asesor inoperante, en alguna factura de inútil propaganda institucional o, acaso, en ese abultado seis por ciento de rentabilidad que paga -al día de hoy- nuestra maltrecha deuda soberana para solaz de oscuros especuladores sin principios.

domingo, 29 de mayo de 2011

Panorama interior: Una pequeña patria

La palabra patria siempre se expele con una cierta dificultad. Surge un tímido temor al decirla que marca la expresión en nuestros labios con un lastre pesado y algo terroso. Quizá ocurra porque guarda un pasado siempre o casi siempre épico, no pocas veces equivocado, muy resbaladizo y forjado a base de la destrucción de algún antagonista histórico o territorial.
Alguien definió la nación como una asamblea de hogares. Puede que lo sea, pero la definición de la patria resulta más compleja y difícil de perfilar. La patria se va tranzando con vinculos jurídicos, sentimentales, subjetivos o heroicos o se concentra en un lugar oportuno, en una coordenada física y precisa que nos condensa y hace del tiempo un misterioso lenguaje a través del sueño y del recuerdo. Nos recordamos siempre sobre un determinado lugar pero ese lugar no es un espacio físico sino una cosa, una entidad virtual e inalcanzable. Ningún camino existe pueda llevarnos hasta él.
Descubrí la existencia de algunas pequeñas patrias como descubrí que aparecen en nuestra ordinaria vida algunos pequeños dioses. Fue recordando en un breve texto las extensas y lúcidas veladas que pasábamos un grupo de amigos en el patio de La Carbonería de Sevilla. Al editor Paco Aranguren le gustó muy pronto la idea. En realidad, la alusión, en cierto modo, la había leído cuando Jorge Luis Borges citaba su estancia juvenil en Ginebra y calificaba la delicada ciudad suiza como una de sus patrias. Las que yo he conocido han sido menos ambiciosas y más pequeñas pero quizá más libres, como aquel río del poema de Alberto Caeiro que no hace pensar en nada, corre por su aldea y que por eso, porque pertenece a menos gente, porque nadie sabe de dónde viene y hacia donde va, es mas grande y mayor y más libre que el Tajo que viene de España y entra en el mar por Portugal.
Una pequeña patria no es un hogar por su condición electa. Incluso las ciudades que elegimos como propias para convencernos de su vínculo y utilidad con nosotros, resultan demasiado altivas o lejanas para la creación de esta oculta cartografía sentimental.
La segunda pequeña patria la encontré en la casa de mi amigo Antonio Callejas en un lugar al que llamábamos todos, abreviando su histórica toponimia, el suspiro. Allí, lo comenté con Antonio Carvajal y él acaba de publicar ahora, precisamente, un bellísimo libro para abrir la colección Maravillas Concretas que lleva por título Pequeña patria huida. Antonio Callejas también acaba de marcharse. Murió hace pocos días en Granada. ¿Pero puede, acaso, morir toda una patria, aunque se trate de una patria pequeña y dócil que solo sirve para elevar la bandera de la amistad y el cariño sobre esta amarga espuma de los días?

domingo, 6 de febrero de 2011

Piedad de Eduardo Carretero

Recuerdo con frecuencia aquella ocurrencia de Jorge Luis Borges cuando decía confesar, en los breves y famosos prólogos de su colección, que no se jactaba de los libros escritos sino de algunos libros leídos. Esta tramposa y brillante afirmación del añorado genio porteño es difícil de sostener en tiempos en los que cualquier exhibición impúdica de la intimidad merece una contemplación inerte y masiva y hasta llega a convertirse en una productiva ocupación laboral.
Sí parece fácil sentir, en determinadas ocasiones, más orgullo por los éxitos de quienes admiramos que por los éxitos propios, siempre lastrados por la duda decorosa de nuestra incertidumbre. Y así me ocurre con la instalación de esta Piedad que el gran escultor Eduardo Carretero, un artista que deberían conocer todos los bachilleres españoles, acaba de donar para su ubicación en el Cementerio de San José de Granada como homenaje a todas las víctimas de nuestra Guerra Civil.
No han podido elegirse manos más ejemplares y limpias para esta noble misión. La obra se ubica junto a uno de esos lugares malditos en los que pudo germinar el odio durante generaciones, mostrarse en todo su repugnante esplendor y persistir durante décadas sin que nadie remediara los regueros de angustia que cada amanecer nacían camino de una ciudad incómoda y algo olvidadiza con los contornos más gruesos de la tragedia. Como dice un espléndido poema visual de Antonio Gómez es uno de esos lugares donde la muerte puso los huevos en la herida.
La obra que nos regala Eduardo Carretero es admirable: Una superación de la bondad. Ni es religiosa ni es laica,  solo rotunda; es -como su propia vida- una lección de honestidad, una muestra de la sensibilidad de un  artista que no puede componer la belleza sino su pérdida porque le tocó muy hondo y muy cerca la crueldad de un tiempo sin luz y sin principios. El escultor, probablemente guiado más por su instinto que por su razón, ha conseguido unir la fuerza con la espiritualidad, superar condiciones y traumas anclados en el recuerdo para exponer los perfiles de aquella salvaje ingratitud.
Si algo tuviera que criticar, acaso, por excesiva y demasiado grande, criticaría la placa que recuerda su generosa donación y el acto de inauguración el pasado 4 de febrero.
Ha llamado la atención su acertado pedestal. Un cuadrilátero del rojizo acero corten recoge un campo de cantos rodados. Hay quien ha visto en ellos un campo de cadaveras. Me parece una comparación demasiado evidente para un espíritu tan comprometido como el de nuestro artista. Si es cierto que caminar por el campo de cantos rodados nos transmite la dificultad y el dolor que promueven el tiempo y el olvido. Sabemos que un canto rodado es un fragmento de roca susceptible de ser transportado por medios naturales. El paciente desgaste, la erosión, la corrosión del viento y del agua le proporcionan una forma redonda y humilde que se asocia con el sencillo y silencioso discurrir del mundo. Sabemos también que algunas viejas culturas consideran que los cantos rodados simbolizan el alma o el espíritu. Más próxima veo esta interpretación que sostiene una obra llena de emoción y esperanza sobre un campo de almas españolas.

 Fotografía: Jesús García Hinchado

lunes, 31 de enero de 2011

La Vega de Granada como diálogo histórico (Introducción de un breve estudio)


La capacidad de dialogar con el entorno es singularmente propicia en los lugares históricos. El hombre carece de una perspectiva temporal suficiente que compete a muchas generaciones, pero aquellos lugares habitados de una cierta extensión y límites reconocidos, explotados racionalmente por la mano de la agricultura, modificados armoniosamente desde su estado original y convividos a lo largo de la historia, suelen depositar en la memoria colectiva un poso de experiencias comunes, de soluciones y problemas que terminan por hilvanar un sereno y hondo discurso favorable al desarrollo socioeconómico y a la mejora de nuestras aspiraciones estéticas y de las condiciones de vida.
En el caso de Granada, la antigua capital de un reino para muchos remoto pero siempre nombrado, plenamente conocido y comunicado con las grandes urbes de su tiempo, meridional y legendario, ha sido esencial el diálogo sostenido por la ciudad con el agua que la enriquece. Las abundantes nieves de Sierra Nevada, las aguas cercanas del Mediterráneo y, en lo que ahora nos interesa, el agua que atesora la tierra de La Vega y que convirtió su alfoz en un delicado mundo de fértiles cultivos y de convivencia, han marcado un imaginario colectivo que siente la firme convicción de la ubicación de su ciudad en un lugar único y privilegiado. Pero esta singularidad territorial, como es obvio, no es una mera cuestión geográfica sino un amplio devenir histórico que ha generado una inmensa riqueza cultural que no debiera perderse. Tampoco la Vega es simplemente una comarca: Se trata de una fórmula armoniosa y perdurable de explotación de los recursos naturales, de sabia pervivencia y de prosperidad sobre la que se cierne, lamentablemente, el riesgo de su extinción.
Se ha discutido con brillantez acerca la incidencia real de este y otros entornos en la construcción de un Ser granadino que, según se afirma, no se construye con los ladrillos de la geografía. Nadie negará, sin embargo, cierta aportación decisiva del fruto y del paisaje porque, teniendo en cuenta que la libertad es más poderosa que la naturaleza, el entorno natural que abraza nuestra asombrosa ciudad genera, como nos asegura el mismo filósofo, un ser transitivo, esto es, un ser que no nace, no permanece sino que continuamente se transforma. Hablamos, por tanto, de fruto, de decisión productiva, de la naturaleza transformada, del territorio antrópico, de una sólida estrategia social y económica para que la ciudad alcance la mayor pujanza y el más extenso recorrido de su lengua y cultura; de ahí que sostengamos la importancia de señalar al comienzo de nuestro estudio la aparición de unas condiciones especialmente propicias para sostener un diálogo histórico que solo viene relativamente determinado por las condiciones físicas que impone la geografía.
Recordemos también en este punto que el alfoz, concepto históricamente ligado con la España musulmana y la agricultura, se integraba por las pequeñas poblaciones rurales que dependían de la autoridad de aquella ciudad o villa principal que circundaban. En la actualidad, el concepto se amplía de forma aparente, al trasladarse al campo normativo y al urbanismo, para definirse como aquel conjunto de diferentes pueblos que dependen de otro principal y están sujetos a una misma ordenación. Decimos que esta ampliación es solo aparente porque la legislación municipal, a pesar de la referencia explícita a la ordenación, establece un nuevo marco de decisión en el que el viejo concejo no impone su criterio y reduce sus límites territoriales, si acaso, hasta el humilde arrabal deficitario de servicios públicos y asistenciales. Esta nueva forma de afrontar la realidad geográfica, marcará su destino porque transformará lo que ha sido un territorio esencialmente productivo en un soporte urbano, transformación que comporta que puedan destruirse numerosos valores patrimoniales.
El análisis de esta vieja y enriquecedora realidad compartida de la ciudad con su alfoz ha merecido algunas excelentes aportaciones de la historiografía española del siglo XX que resultan, por su proximidad, claramente aplicables al caso de Granada y su Vega. Efectivamente, el diálogo fructífero de la ciudad con su alfoz produce una próspera tranquilidad que rompe esa tradicional rivalidad existente entre la ciudad y el campo. No se trata, ni mucho menos, de un sometimiento: Al margen de la capacidad de ordenación de la urbe como magnitud inevitable para superar distintas limitaciones sociales, tiene lugar un respeto recíproco de cada magnitud territorial que permite un crecimiento y desarrollo compatibles de ambas coordenadas para la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Urbe y campo se reconocen, comprenden la importancia de persistir y mejorar de una manera equilibrada, respetan el papel que se les asigna para el sostenimiento de la vida social.
Pero además, en el caso del alfoz granadino, es evidente que este diálogo satisfactorio, de un lado, incrementa las condiciones de privilegio geográfico sobre las que se asienta la ciudad y, de otro, incrementa su área de influencia al establecer ciclos productivos de mercancías perdurables y valiosas que generan la primera industrialización y rutas comerciales que favorecen de manera especialmente intensa su desarrollo y la proyectan hacia el exterior. La autoridad de la ciudad para ordenar el entorno productivo agrario no es, por tanto, solamente la autoridad material que impone el mercado sino la del ágora que conjuga ese mercado con la cultura, con la buena administración de los bienes públicos y con la pacífica convivencia.
Es cierto que este enriquecedor diálogo histórico continúa en la actualidad pero ahora es un discurso arrinconado que sufre, cada día, una mayor y más acusada debilidad. La importancia de Granada como capital administrativa o como distrito universitario, el desarrollo demográfico, la economía especulativa triunfante en el albor del milenio, todos ellos, en mayor o menor medida, son poderosos elementos que rompen definitivamente las condiciones propicias del discurso territorial para el futuro de la ciudad histórica. Lo hacen, paulatinamente, consiguiendo que arraigue la idea de transformación de la Vega desde una primaria condición productiva hasta su actual consideración, en la opinión de diversos agentes económicos y sociales, como un mero soporte demográfico de inmenso valor material y de naturaleza no cultural sino inmobiliaria.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Panorama interior: La dificultad olvidada (fragmento de un prólogo)

La dificultad de una noble labor suele quedar ensombrecida por el grato recuerdo de aquellos que dedicaron su esfuerzo y su virtud a superarla. Cuando se cumplen diez años –nada menos que diez largos años- del absurdo y cruel asesinato de mi compañero Luis Portero García, casi nadie recuerda la enorme dificultad, soledad e incomprensión que tantas veces tuvo que rodear el desarrollo cotidiano de su ingrata labor como Fiscal Jefe de nuestro Tribunal Superior de Justicia.
Quien no tuvo el placer de tratarlo y sólo pudo conocerlo superficialmente en algún encuentro profesional, quien solo puede esbozar el recuerdo grato de su exquisita educación y de su conocido buen juicio profesional, quiere dejar el triste quehacer de glosar sus numerosas virtudes a un selecto grupo de amigos y colaboradores que lo quisieron y lo respetaron con toda sinceridad y que, como he tenido oportunidad de comprobar, lo siguen añorando cuando encuentran su respetada figura tantas veces presente en la vida cotidiana de nuestra ciudad y en el entorno más amable de nuestros tribunales. Sí creo que merezco cierta legitimidad moral para recordar esta dificultad olvidada que envolvió su trabajo con bastante frecuencia, al enfrentar las mismas o parecidas preocupaciones y tener el privilegio de vivir una experiencia tan similar como enriquecedora.
Mi diálogo con Luis Portero ha sido siempre el diálogo de su ausencia al intentar vislumbrar cual hubiera sido su recto criterio a la hora de resolver esos fieles problemas llenos de ángulos oscuros y afiladas aristas a los que ambos hemos tenido que enfrentarnos. Pocas personas podrían comprenderlo como yo y pocas podrían comprenderme a mí como él. Y es que, aunque la realidad del presente tiende siempre a engañarnos, los problemas se repiten y también, afortunadamente, se repiten las soluciones. Por eso, la estela de su amistad me ha permitido -a través de aquellos compañeros que lo recuerdan y nombran con tanto y tan sincero aprecio- que la referencia de sus decisiones pudiera asistir mi torpe criterio y ayudarme a encontrar el camino correcto en más de una encrucijada.
Debemos recordar que la labor profesional de Luis Portero tiene lugar en un momento de singular valor para toda la Administración española. Ciertamente, la España de su tiempo, inmersa en un profundo y prometedor debate territorial, agotaba su esfuerzo sobre otras recientes instituciones y la vieja Administración de Justicia, tenía que resolver con sus proverbiales carencias, el servicio a una sociedad que desarrollaba un nuevo derecho y construía con firmeza su libertad. Entre otras francas debilidades, quizá confiando en la generosidad del esfuerzo de muchos servidores públicos, había olvidado la importancia de una Fiscalía a la que nominalmente se le entregaba la responsabilidad de coordinar y dirigir al Ministerio Fiscal en la Comunidad Autónoma más poblada, la que contaba con un mayor número de procesos en la jurisdicción penal, afectada –además- por graves problemas endémicos de criminalidad, con una infraestructura más que defectuosa y con una plantilla comprometida y esforzada pero insuficiente y desincentivada. Por si fuera poco, se establecía la sede de esta Fiscalía en una ciudad que no coincidía con la capitalidad política de la región, ni con la ciudad más populosa, ni con la comarca de un mayor peso económico y financiero. Sólo la inmensa tradición jurídica de Granada, al margen de otras compensaciones políticas diseñadas durante la transición, con su espléndida Facultad de Derecho, con la sede reciente del Consejo Consultivo, con una tradición jurisdiccional casi cinco veces centenaria, reconocida socialmente y tan brillantemente plasmada en la imponente fachada renacentista del Palacio de la Real Chancillería, parecían justificar la sabia decisión de nuestro Estatuto de Autonomía de 1981 al decidir expresamente que fuera la capital granadina la sede del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, extendiendo su competencia -por razones tan prácticas como históricas- hasta las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.
La idea de una creciente España intensamente descentralizada que hacía del respeto a la diferencia una seña de identidad, diez años después de la promulgación de nuestra sabia Constitución de 1978, no podía resultar ajena al Ministerio Fiscal. Una institución esencialmente estatal e informada por un sólido principio de unidad de actuación, tenía que adaptarse a un nuevo sistema judicial que, por extraño que parezca, aún no había resuelto su acusado anacronismo procesal y tenía que actualizar la legislación básica con urgencia en materias tan decisivas como el proceso civil o la competencia penal. La complejidad de la tarea, aún hoy incompleta, casi siempre entorpecida por la falta de un adecuado consenso parlamentario, se vinculaba continuamente con las funciones a desarrollar por el nuevo Fiscal Jefe del Tribunal Superior de Justicia quien tenía, si quería cumplir correctamente con su deber y como una especie de penitencia añadida, que reflexionar pública y anualmente en su Memoria sobre las carencias y necesidades materiales, normativas y personales de la Administración de Justicia en Andalucía y exponer su fiel reflejo en el conocido documento fiscal para la actualización de los derechos fundamentales de la ciudadanía y para la satisfacción del interés social que debían proteger los fiscales andaluces con sus acciones legales y recursos
…Toda esta situación normativa, torpemente esbozada, demostraba que la misión no era sencilla y provocó que muchas miradas, no siempre amables y bienintencionadas, se centraran en la Fiscalía de nuestra ciudad, con la llegada de Luis Portero, para comprobar la viabilidad de una nueva y ambiciosa apuesta organizativa que constituía un capítulo especialmente importante en la historia de nuestros tribunales porque marcaba, en buena medida, gran parte de su futuro.
Contaba Luis Portero para el desempeño de su labor con una sólida formación intelectual, con experiencia extensa en funciones de Jefatura y con esa inquietud que tan claramente distingue a los verdaderos servidores públicos y los distancia de aquellos oportunistas amaestrados por el instinto sectario que a veces ensucia el ejercicio del poder. Desde un principio, la labor del Fiscal Portero procuró trasladar la necesidad urgente de dotar a la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de una posición diferenciada de la Fiscalía Provincial y así lo recalcó y repitió hasta la saciedad sin conseguirlo y recibiendo -no pocas veces- la ingrata respuesta de la ambigüedad. En segundo término, reclamó la importancia de un nuevo Estatuto Orgánico que otorgara al Fiscal Jefe del Tribunal Superior una asistencia técnica continuada y suficiente que pudiera volcarse en aquellas necesidades más acuciantes y recurrentes de las Fiscalías provinciales andaluzas y que permitiera al Ministerio Fiscal rendir un correcto servicio a la ciudadanía. En tercer lugar, quiso promover el respeto institucional como un elemento básico de coordinación y la unidad de las fiscalías andaluzas para fortalecerlas y para que pudieran ofrecer una respuesta uniforme y autorizada a los exigentes retos que marcaba la preocupante evolución de la criminalidad y el atisbo incipiente, aún más preocupante, de la corrupción.
Estas y otras profundas inquietudes de Luis Portero deben ser conocidas y recordadas justamente ahora para que no se olviden y para que el tiempo pueda ponerlo en su sitio y reconocer la importancia, al margen de la terrible tragedia de su muerte, de su extensa labor como el primer Fiscal de Andalucía. En general, las sociedades contemporáneas conocen muy poco el pensamiento y la biografía de sus grandes juristas. Incluso en el ámbito universitario o profesional, es relativamente difícil encontrar una cultura media que conozca las coordenadas esenciales de la vida y destino de quienes tanto se esforzaron por entender y aplicar la solución de las leyes. Esta incívica parquedad sigue siendo un error impropio de nuestra patria que promueve muchas incomprensiones y que entorpece nuestra convivencia. Por eso los juristas deben completar el abrumado templo de las humanidades y comprometerse y darse a conocer y convertirse en una referencia para la juventud más formada e inquieta y para el debate de las más elevadas discusiones sociales.
Los esfuerzos de Luis Portero para que pudiera crearse dignamente una Fiscalía de Andalucía son ahora un acertado e incontestable imperativo legal y estatutario que ha merecido el respaldo constitucional y la unanimidad de los legisladores. La Fiscalía Superior de nuestro tiempo es muy parecida a la que trazara con tanta ilusión en sus informes anuales y a la que dictara en sus periódicas reflexiones doctrinales o académicas. El tiempo, en definitiva, le ha dado generosamente la razón en muchas propuestas que sostuvo hace más de veinte años con su habitual discreción y casi siempre desde una soledad, porque no decirlo, casi completa. Este libro sólo pretende conmemorar el rotundo fracaso del odio que lo asesinó, recordar su enorme sacrificio personal y el de toda su familia y recuperar,  junto al cariño de un viejo grupo de amigos y colaboradores, un texto interesante y poco conocido por el público en general. Pero además, este grave aniversario, cuando menos, con su fría ráfaga de tristeza, nos regala la invocación de un nombre justo y esto siempre nos ennoblece, nos limpia el alma de viejas deudas y rencillas y nos hace más libres y mejores. Invoquemos el ejemplo de Luis Portero pero también las muchas dificultades que tuvo que vencer para persistir y caminar con la cabeza erguida. Es este, probablemente, el mejor argumento que nos queda para transmitir el verdadero valor de su memoria.

viernes, 13 de agosto de 2010

Granada, la ciudad desaparecida

Somos bastante proclives a nombrar de otro modo las ciudades y habitualmente lo hacemos con epítetos muy poderosos. Mi amigo Xosé de Cora llamaba a Lugo a cidade provecta, Bowles a Tánger la ciudad huérfana y hasta la bellísima Valetta pasó de ser fundada como la humilde a ser conocida en las atentas cortes de Europa como la  superbissíma, como la urbe más orgullosa.
Estos días he podido leer con calma el breve opúsculo que me regalara  hace algunas semanas mi admirado compañero Miguel Giménez Yanguas y que publicara en la  revista Arquitectura y en 1923, el mismo año que es nombrado arquitecto conservador de la Alhambra, Leopoldo Torres Balbás con el título Granada, la ciudad que desaparece. Trágicamente el reconocido restaurador no acude al adjetivo ni al participio sino al presente de indicativo porque la nombrada ciudad está desapareciendo ya entonces ante sus ojos indignados y atónitos. La lectura del sencillo artículo, ahora más que nunca, estremece por la larga nómina de aberraciones perpetradas con toda impunidad y probablemente sin remordimiento.
Cuando la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad de Granada reedita el trabajo de Torres Balbás, tiene el buen gusto de recordar, en oportuna nota a pié de página de la breve introducción firmada por el Director de la Escuela, Javier Gallego Roca, aquella descripción que nos hiciera del gran restaurador don Emilio García Gómez al recordarlo en los siguientes términos: "He conocido algunos ejemplares humanos -rarísimos- de su talla moral, pero nadie superior. Era una mezcla coherente de sensibilidad, ternura, caballerosidad, desinterés, honradez, noble dignidad, anti-exhibicionismo, franqueza y eficacia". Algo parecido a esa misma mezcla coherente, es la que deseamos para el futuro de nuestras grandes ciudades históricas que debieran estar amparadas en alguna Ley especial que consagrara, entre otros, un elemental principio general de incompatibilidad territorial de los nuevos espacios urbanos con aquellos espacios históricos que tienen que convivir pacíficamente con el progreso por su innegable valor y porque son, en gran medida, la mejor garantía para nuestro futuro.
La tragedia social que Torres Balbás sitúa en 1923, cuando se discute nada menos que la demolición del Corral del Carbón, la única alhóndiga andalusí que aún conservamos íntegra en la Península Ibérica, estremece por su antigüedad y, lo que es aún peor, por su proterva persistencia hasta nuestros días y es que la ciudad, al margen de postales y de algunos visitantes egregios, sigue desapareciendo de manera más o menos visible, perdiendo su identidad, parte de su riqueza y singularidad. De hecho, el destrozo posterior ha sido mucho mayor y más culpable que aquel que era denunciado hace más de ochenta años ante la Sociedad Central de Arquitectos. Torres Balbás acertó al definir Granada como una ciudad que desaparecía porque efectivamente en parte desapareció y en parte ha seguido desapareciendo entre la autocomplacencia, la sombra de la especulación y el pastiche más o menos afortunado. Por ello, quienes vivimos en esta ciudad debemos ser conscientes de vivir, en gran medida, sobre una ciudad tan asombrosa como perdida.
Torres Balbás nos demuestra que de todos los nombres de Granada pudiera ser el más justo aquel que la titule como la ciudad desaparecida. Aunque nos duela, quizá debiéramos aprender a enseñarla como fue y como podría haber sido y es que, en cierto modo, el llanto de Boabdil permanece.