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sábado, 10 de agosto de 2013

Hacia el centenario de la Gran Guerra

Falta menos de un año para que se cumpla el primer centenario de la Gran Guerra. Su importancia no debe medirse tan solo por la terrible devastación que produjo. Son muchas sus aportaciones a nuestro actual desasosiego porque el laberinto que aún cruza Europa se construye en buena medida sobre los rescoldos de aquel infierno.
Una de las escasas virtudes de la Gran Guerra fue la extraordinaria literatura que produjo, muy superior a la que ha generado la Segunda Guerra Mundial o nuestra Guerra Civil quizá por mantener  un tono, como regla general, profundamente antimilitarista.
Varios amigos escritores me han contado apasionadamente sus lecturas relacionadas con el conflicto y yo mismo he recomendado vivamente algunos testimonios insustituibles como El miedo de Gabriel Chevallier o las famosas Tempestades de acero de Ernst Jünger. Fue precisamente la lectura de estos diarios la que me mostró la verdadera importancia y dimensión del conflicto. Sobre el fogonazo azulado de la explosión de un gigantesco obús, el joven alférez Jünger contempla acurrucado en la trinchera por primera vez en su vida un hombre con un casco de acero y entiende que ha comenzado una nueva forma de matar que adquiere dimensiones titánicas y que el ser humano no podía imaginar pocos años antes.
Al margen de los estudios históricos, de algunos homenajes o lecturas y de la justa recuperación de tantas voces prematuramente olvidadas; España debiera recordar y analizar la importancia de su neutralidad. Nuestra víctimas fueron escasas pero especialmente tristes, aquellos miles de inocentes que murieron en los ataques a la marina mercante desde 1917 por parte de los submarinos alemanes, un terrible sacrificio que solo fue compensado con la incautación de seis buques de la República de Weimar que habían quedado anclados en territorios neutrales. No solo se trata de reproducir el inútil debate entre aliadófilos y germanófilos sino de comprender porqué España adoptó verdaderamente este papel que no supo aprovechar adecuadamente al buscar el beneficio especulativo a corto plazo y esa riqueza ingrata del abastecimiento a las potencias beligerantes. Nuestra neutralidad no parece que fuera consecuencia de una determinada política exterior. España, aún humillada por el desastre del 98, hubiera acudido derrotada al campo de batalla. Quizá, la respuesta se encuentre en un hecho demoledor y es que España ya había escrito para entonces el guión de su propia auto destrucción sin necesidad de contar con ningún enemigo extranjero.

jueves, 9 de mayo de 2013

La solución olvidada de la cultura (Palabras de agradecimiento a la Unión de Bibliófilos Extremeños)

 

Señoras y Señores, queridos amigos:
Me permitirán que lleve a cabo esta mañana una intervención académica y que lea estos párrafos que acabo de escribir para no olvidar ninguna de las cosas que quiero decir en mi Badajoz natal, en una fecha tan señalada para mí y como agradecimiento a mis buenos amigos de la Unión de Bibliófilos Extremeños.
No quiero hablar de mí porque me basta con agradecer la atención que han merecido alguno de mis escritos. Solo me gustaría ofrecerles alguna opinión sincera sobre los libros y sobre la ayuda y consideración que merecen por las autoridades que ordenan nuestra vida pública y lo hago porque entiendo que mis palabras quizá puedan tener alguna utilidad. Les prometo que voy a ser breve porque creo que las cosas importantes, como sencillas que son, deben decirse con toda claridad y una sola vez. Asumo este imperativo de la brevedad como un pequeño deber. Lo aprendí de un verso memorable del gran poeta de Zufre, casi extremeño, Aquilino Duque, aquel que nos refiere que si dices la verdad no la repitas / solo el que miente insiste.
Y yo, después de tantos años buscando la verdad por mi trabajo en los tribunales, apenas sé mentir lo indispensable para no caer en algún gesto de mala educación. Mejor dicho, yo solo miento cuando escribo algún poema, pero miento diciendo precisamente aquello que siento de verdad. Ya saben que esta paradoja es lírica y frecuente. Hay un mundo interior que nos niega, una y otra vez, la extraña realidad que nos rodea y el poeta, con su ingenua virtud, solo intenta descifrar el origen incierto de esta abrumada contradicción. Nuestro admirado Fernando Pessoa, mirando su propio quehacer cotidiano sentado en los cafés de Lisboa, ya señaló que el poeta es un fingidor y que finge tan completamente que hasta finge que es dolor / el dolor que de verdad siente. Digamos la verdad y hablemos, por tanto, sin comparaciones, recordando la importancia que la lectura debiera tener en las partidas presupuestarias que determinan la calidad de nuestra vida y alumbran el camino que conduce a nuestra sociedad hacia el futuro.
No hay otro debate en la actualidad de mayor importancia para el libro que la decisión de su apoyo con políticas presupuestarias que valoren el disfrute de la cultura como una fuente abundante de empleo. En los años venideros, además, cuando la cultura en general y la edición de buena literatura en particular, tengan que enfrentarse una y otra vez a criterios puramente utilitaristas, se tratará de un tema recurrente que debiera preocupar a los ciudadanos. Es un error olvidar el perfil complejo de nuestros derechos y la importancia que tiene para cualquier sociedad democrática establecer un método ordenado de prelaciones en el manejo de fondos públicos, un sistema económico que no olvide la importancia de las humanidades y la compensación que debe asistir a una serie de valores inmateriales que ni cotizan en bolsa, ni rebajan el interés de la deuda soberana pero que son los que anuncian –y así lo han hecho a lo largo de toda la historia- la verdadera prosperidad y la confianza. Una sociedad sin conciencia está condenada al fracaso y la conciencia se alimenta de la palabra y mejor de la palabra meditada y escrita que de la palabra improvisada y carente de rigor.
Este año viene siendo para mí, en lo que a las letras se refiere, un año moderadamente feliz: En primer lugar, acabo de publicar[1] un breve ensayo, El mal de la muralla con un texto al que guardo un gran cariño y en el que recuerdo mi estancia profesional en Galicia para realizar un humilde homenaje a diversos amigos y escritores que enriquecieron mi estancia, principalmente el gran poeta Luis Pimentel cuya obra, tan delicada como sincera, admiro profundamente. En segundo lugar, gracias a la buena disposición de algunos amigos como Joaquín González Manzanares, la Biblioteca de Extremadura ha querido rendir un sencillo homenaje a mi padre, el escritor y periodista Antonio García Orio-Zabala[2], cuando se cumple el centenario de su nacimiento en Badajoz en 1913. He tenido la difícil fortuna de escribir una pequeña crónica para su catálogo tratando de ordenar un montón de viejos recuerdos familiares. En tercer lugar, mi gran amigo y maestro Antonio Carvajal ha obtenido hace algunas semanas el Premio Nacional de Poesía[3] y ello me depara una inmensa alegría porque, como señalaba Borges, que otros se jacten de los libros escritos porque yo quiero jactarme de los libros que he leído, más aún cuando ha sido la propia voz del autor la que me ha leído, tibia la tinta, los versos qye acababan de hacerse. Por si fuera poco y en quinto lugar, la Unión de Bibliófilos Extremeños, que viene realizando una encomiable y extensa labor, ha querido dedicar su intervención en esta Feria del Libro a comentar mi obra con la generosa aportación, que le agradezco de todo corazón, de un crítico de tanta solvencia como Enrique García Fuentes.
No encuentro otra forma mejor de agradecer este interés que leer estas cuartillas para recordar la alegría que me produce que sean mis paisanos quienes valoren o presten atención a cualquiera de mis obras y aprovechar esta gentileza para exponer mi opinión acerca de la importancia que el cuidado y atención de los libros, desde la imparcialidad de la función pública, podrían tener para el futuro de Badajoz y de Extremadura.
Desde que me alcanza el recuerdo siempre viví rodeado de libros y ya sabemos que el amor a los libros cuando mejor germina es en la patria generosa de la familia y la infancia. Mi padre conservó una buena parte de aquella biblioteca familiar que varias generaciones acumularon en su casa de La Albuera, la enriqueció lo mejor que pudo y dedicó la mayor parte de su vida en soledad a disfrutar de la lectura y a escribir. Mucho tendríamos que recordar aquellas bibliotecas rurales de Extremadura que habían tejido pacientes generaciones de discretos lectores de provincias y que, desgraciadamente, han ido desapareciendo sin remedio. Alentaban una forma de vida propia, feliz y agradecida para combatir la oscuridad reinante en otros momentos de nuestra historia, humildes bibliotecas siempre iluminadas por la enseñanza del campo y el paso de las estaciones. Mi padre, que era un extraordinario conversador, sabía que el hábito de la lectura hablada era la mejor forma de criar a sus ocho hijos como personas capaces y comprometidas, de entenderlos mejor y de inculcarles la lectura no como un simple entretenimiento, sino como una saludable virtud que nunca debemos perder. Quienes leen siempre tienen un halo de dignidad flotando a su alrededor. En una familia tan numerosa, la lectura persistente cobra enseguida una dimensión coral y por eso, en realidad, podría decir que más que vivir rodeado de libros, viví rodeado de lectura y de largas y a veces apasionadas conversaciones sobre los libros que mis padres, mis tíos, mis hermanos mayores y sus amigos, un grupo numeroso, heterogéneo e inolvidable, habían leído últimamente. Los libros siempre proponían un diálogo animado y enriquecedor. Incluso ahora, que tan poco se habla de lo leído, cuando nos vence la soledad y no sabemos a quién comentar nuestra inquietud, aún promueven un diálogo, quizá el más fértil de cuantos puedan entablarse, con nosotros mismos.
Bajo estas coordenadas de la biblioteca familiar, los libros me han acompañado como un elemento indispensable de mi manera de ser y me seguirán acompañando siempre como parte de esa maleta del viajero que todos llevamos consigo. Una maleta que abrimos y cerramos cada noche, olvidando y recordando a nuestra codiciosa conciencia, como advierte el maravilloso poema de mi amigo Elías Moro, que nada es importante si se olvida. Yo he aprendido a vivir leyendo y he leído, con tanto desorden como ilusión, todo lo que me han recomendado aquellos en quienes, desde niño, vislumbraba que podían guardar alguna forma de interés o virtud. De todas mis acciones esta es la única de la que no tengo signo alguno de arrepentimiento. Me alegró de haber leído hasta los malos libros porque me han enseñado a no querer ser como ellos me recomendaban que fuera.
Para mí, leer es otra forma de conversar, de viajar, de aprender a resolver los problemas cotidianos de la existencia, de recordar la importancia de recordar lo leído, de querer y hasta de odiar aquello que aprobamos o rechazamos en lo más íntimo de nuestro ser. La lectura es un lugar al que llegar siempre que aparece la soledad, porque así deja de existir y se convierte en un tiempo compartido y fértil, en un tiempo misterioso que asocia al hombre con la tierra, que lo cultiva y lo hace mejor en su relación consigo mismo y con los demás. Su valor está en nuestro interior, allí donde la palabra cobra toda su fuerza y hasta determina nuestra manera de afrontar el paso del tiempo. El tiempo de la lectura es un tiempo multiplicado
Federico García Lorca, en la famosa Alocución de Fuente Vaqueros[4], dirigida a sus paisanos cuando inauguró la biblioteca de su pueblo, les dijo que si algún día estuviera hambriento no pediría un pan sino medio pan y un libro. Parece mentira que una frase tan sabia y afortunada haya prendido tan poco en la conciencia de quienes solventan en el parlamento nuestro maltrecho presupuesto. No han entendido que el alimento del alma es tan importante como el del cuerpo, que es aquello a lo que aspiramos cuando hemos resuelto de algún modo nuestras necesidades más elementales, pero no la necesidad del hartazgo sino la necesidad del limpio sustento. Un pueblo sin cultura es un pueblo condenado a la pobreza y la explotación. No se trata de gastar en libros el dinero que sobra, se trata de cultivarlos, de ayudarlos a germinar en la mente de los creadores, de crear una atmósfera respetuosa con la creación y de distinguir aquellos espíritus que tenemos que apoyar para que no se marchiten o marchen lejos para no volver y sean la venturosa base de nuestro futuro.
Lamentablemente la cultura de la crisis económica que asola las tierras de Europa en esta segunda década del siglo XXI, es una cultura profundamente equivocada. Se arrinconan letras y humanidades, se las somete al dictado de algunos departamentos comerciales para que adquieran un terrible complejo de inferioridad, como si tuvieran que pedir perdón, como si la austera disposición de fondos públicos para su difusión y para la defensa del patrimonio histórico bibliográfico fuera una forma de vergonzante o extravagante dispendio que no podemos permitirnos y, menos aún, los pueblos meridionales de Europa. Pero todo esto es mentira porque la cultura no es un privilegio, ni un capricho, no es un censo o una servidumbre que debe pagar el poder por una simpe razón de imagen o por tradición. La cultura es la fuente de la prosperidad como la epopeya es el manantial donde nació la novela[5], es nuestra primera fuente de ingresos y debe cuidarse como una industria no contaminante que nos proporciona el mayor bienestar y grandes sumas de dinero sin las cuales España y Extremadura no podrían ni vertebrarse ni subsistir.
Gastar en cultura es ahorrar en conflictos y excesos, es corregir esa mentira piadosa de la subvención, tantas veces cargada de nepotismo o necedad y que tanto daño ha hecho, cuando no se ha administrado correctamente, a los escritores verdaderos a los que arrincona con saña y ofende de manera sistemática cuando engorda una mediocridad tan cruel y tan crecida como intolerante. Disponer de fondos para sembrar la cultura y la ciencia debiera ser un imperativo legal marcado por un índice mínimo, por un porcentaje infranqueable que nadie pudiera saltar.
En la actualidad, la crisis presupuestaria hace de la cultura una ausencia casi irreparable, casi nos condena al silencio porque evita que jóvenes poetas o escritores libres y capaces, espíritus sensibles a la interpretación más atinada de la realidad que nos rodea, no puedan romper el tedio de nuestro presente con la frescura de sus ideas. Todo se anega en la pobreza de una mediocridad triunfante que sigue ensuciando el presupuesto con la necia pretensión del nepotismo. Me refiero a la pobreza moral, a la imprevisión negligente, a la excusa recurrente e inútil de la cortedad que se conjuga con el derroche más obsceno, a la falta de generosidad con nuestro esfuerzo, al fraude sistémico e impune y a la falta de principios que ha sido la que realmente nos ha conducido a esta situación triste y previsible de crisis económica. Además, los males parece que proceden de Europa a la que siempre han mirado los intelectuales españoles con una buena dosis de esperanza. Es importante saber indignarse en la dirección adecuada. ¿Hacia dónde mirar con aire de reprobación?
Convendría recordar que el propio Miguel de Cervantes puso su mayor empeño en una ambiciosa novela que calificó como novela setentrional y que sería su última obra: Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Cuatro días antes de su muerte la dedicaba al Conde de Lemos con la siguiente frase, puesto ya el pié en el estribo con las ansias de la muerte, una expresión medida y de admirable entereza que nos muestra un hombre que afronta con serenidad su próximo destino, acostumbrado al cautiverio y a las mayores penalidades e injusticias. En esta obra, una novela bizantina que obtuvo un éxito enorme en todo el continente y en su edición póstuma de 1617, el genio de Cervantes decide mirar hacia el norte de Europa y a su virtud como única esperanza de renovación. El injusto olvido que ha marcado el posterior destino de esta prodigiosa apuesta narrativa, quizá la obra más ambiciosa de su autor[6], es consecuencia del olvido cultural que hemos sufrido al no reconocer las claves que nos permitan medir la importancia del abismo que fue abierto en Europa cuando se siembran las ideas de la Contrarreforma. Perder las claves de nuestro pasado y no poder descifrarlo es habitual pero no por ello es menos terrible. La Europa que Miguel de Cervantes contempla en los últimos años de su vida, es un territorio que alienta grandes calamidades y que refleja un enfrentamiento permanente que invade de pesimismo a todo el continente y que consigue que prenda fatalmente la conciencia entre los europeos de que sus diferencias no pueden tener una pacífica solución. Cervantes intenta con su novela demostrar que hay muchos caminos que conducen a la armonía entre los dos hemisferios y que no siempre se encuentran allí donde se ubican las manifestaciones más grandes y egoístas del poder terrenal. Mirar al otro lado, enfrentar limpiamente los argumentos del antagonista es un gesto de nobleza que parece tan lejano como imposible. Esto hizo, con poco éxito, nuestro buen novelista y esto, aunque a la inversa quizá debieran hacer ahora los europeos.
Si en aquella ocasión, las viejas soluciones que no encontraron nuestros antepasados del Barroco, se encontraban en el norte austero de puras raíces godas, precisamente ahora, los europeos debemos mirar hacia el Sur al que se humilla y olvida y debemos hacerlo porque fue aquí donde nació la deliciosa fuente de Bandusia esa que cantara Horacio[7] y que podría simbolizar mejor que cualquier otra imagen la vida ordenada de una prudente sociedad que armoniosamente prospera, que convive con la naturaleza y alienta la democracia. También nace en el sur europeo, esta vez en tierras muy próximas del Sureste de España  la inicial idea de una Europa comunicada y unida bajo un sustrato común cuando se obtiene, en los albores de la Edad Moderna, la integridad territorial de la monarquía hispánica. Por eso, más que cuadrar fríamente las cifras de nuestra escasez debemos conjugar las palabras de nuestra virtud. Más que recordar de forma obsesiva el temor hacia nuestro futuro, debemos temer que vuelvan los errores de nuestro pasado. Más que confiar en quienes niegan nuestra capacidad para decidir y pagar nuestras deudas, confiemos en la sabia lección de los verdaderos intelectuales que tantas veces hicieron de la austeridad una singular forma de vida, casi una militancia y una sabia declaración de intenciones.
Casi nadie repara, con la suficiente convicción, en el valor de la cultura para resolver el problema de la crisis financiera que han provocado la mala gestión de grandes procesos especulativos, las formas más graves de corrupción (que deben combatirse por los Estados como supuestos de verdadero crimen organizado) y el olvido de una serie de valores que se encuentran presentes en los documentos fundacionales de la Unión Europea. Es cierto que se han vertido críticas muy razonables al incremento de algunos impuestos o a los recortes de indispensables servicios públicos que nos distancian de aquellos niveles en la atención que distinguen las sociedades avanzadas, pero nadie o casi nadie recuerda la importancia de la cultura para encontrar las raíces de la verdad y las soluciones a nuestra paradójica pobreza. No solo la poesía ofrece paradojas misteriosas. Las mismas entidades que niegan el crédito a jóvenes honestos y emprendedores, señalan indemnizaciones para sus administradores que ofenden a la dignidad más elemental. El olvido de la cultura como un rico yacimiento de empleo,  de su virtud para encontrar soluciones en situaciones oscuras, se olvida sin que nadie o casi nadie recuerde la solvencia de este manojo de obviedades.
Prometí brevedad y me gusta cumplir mis promesas, así que iré terminando. Luis Pimentel cuando escribe en los años cincuenta del pasado siglo en Lugo y encuentra una ciudad mortecina y cruel, nos dice –quizá adelantándose a su tiempo- que al hablar de su apartada ciudad habla del mundo. Estos es algo que siempre han hecho y bien los mejores escritores. Aún así, hoy día, esta ubicación fuera de los circuitos del poder y el éxito comercial no solo es una cuestión ficticia o un alimento de la imaginación. Ahora cualquier rincón es válido para centrar la atención del pensamiento más acertado que sirva para salvar al continente europeo de su propio egoísmo. Las nuevas tecnologías de la comunicación han producido una saludable descentralización de la cultura. Lo bueno y lo malo se expanden en progresión geométrica y con una exactitud sobrecogedora. Nunca ha tenido tanta ventaja la periferia cultural sobre la idea de una centralidad domesticada con el beneficio inmediato y una vengativa mediocridad. Quizá por primera vez en la historia, la excelencia se encuentra fagocitada en el bulevar periférico del mundo.
Esta enseñanza resulta especialmente valiosa para el desarrollo de las regiones. Creo que aquellos lugares con una nutrida historia que sepan apostar por la cultura como un sortilegio válido para eludir la pobreza, se adelantarán a los demás, combatirán mejor el fanático pesimismo que se avecina y encontraran una senda más luminosa para salir airosos de nuestro encuentro con el futuro. La solución a los problemas ibéricos o europeos, como ya ocurrió en otras edades de la historia peninsular o continental, está fuera de los cenáculos viciados por la vanidad y de los círculos cegados por la ambición o la intriga. La mirada distanciada de espacios acotados y vacíos en los que ya apenas queda nada, nos conduce a la mayor libertad de quienes viven más próximos a la tierra y levantan la vista sin complejos para comprender mejor la distancia que separa la realidad de la justica.
El poema que escribió hace casi un siglo nuestro casi paisano Alberto Caeiro lo explica cuando refiere la mayor libertad del río que corre por su aldea del Alentejo y demuestra que es más grande y mucho mayor que ese caudaloso Tajo que llega desde España y conduce hacia las fortunas del mundo, porque su río pertenece a menos gente, porque nadie sabe de dónde viene y adonde va, porque es más libre y porque quien está junto a él no tiene que pensar en nada y solo está junto a él. Su río es todos los ríos pero nadie parece darse cuenta. Nuestros libros son todos los libros porque nos conducen a ellos. Miremos y apoyemos sin complejos aquello que se tiende a nuestro alrededor para conocernos mejor y hacernos mejores.
La cultura, si es vivida desde la verdad, es normalmente un sinónimo de pública austeridad. Incluso cuando la cultura se atiborra mediante subvenciones inadecuadas o por galardones inmerecidos, pronto adquiere un aire falso y ridículo, casi trasnochado que no puede ocultar y termina por desaparecer, por diluirse en la espesura del tiempo. Pero los libros que decantan entre los jóvenes más sensibles ofrecen un fruto nuevo y valioso que cambian el perfil social y alienta los cambios que una sociedad precisa.
Invirtamos en cultura, ampliemos su presupuesto como una fórmula sencilla y válida para crear empleo, fomentemos el consumo de cultura con criterios alejados de la pura comercialidad, descubramos el valor del auténtico mecenazgo a través de leyes que lo favorezcan y que prestigien a empresas y corporaciones que aspiren a contar con la confianza de los ciudadanos, no confundamos el deber constitucional de los poderes públicos para defender la cultura con el antojadizo criterio de un nuevo príncipe que otorga sus favores en atención a su gusto estético.
Algunos creemos, en fín, que la respuesta a tantas limitaciones se encuentra en la cultura, en los libros, en la forma de ocio más barata y menos contaminante que existe. Ayudemos al libro para ayudarnos a nosotros mismos: Pidamos que Extremadura sea un ejemplo al remover antes que ningún otros territorio de su competencia y tamaño, los ridículos obstáculos que impiden nutrir al libro y a la cultura de la ayuda oficial que necesitan y merecen.
Muchas gracias de nuevo por su amable atención y buenas tardes.
Badajoz, once de mayo de 2013



[1] El Mal de la Muralla, Jesús García Calderón, con prólogo de Jorge de Vivero y fotografías de Carlos Valcarce Gay, Editorial Ánfora Nova, colección ensayo número 15, Córdoba, 2013
[2] Antonio García Orio-Zabala (1913-1975) Crónica y olvido de un maestro, Biblioteca de Extremadura, texto publicado en el catálogo para la exposición conmemorativa de su centenario, Badajoz, 2013.
[3] Por su libro Un girasol flotante de Antonio Carvajal Milena, KRK ediciones, Oviedo, 2011. Estudio preliminar de José Manuel Ruiz Martínez.
[4] Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, Federico García Lorca, edición facsímil publicado por la Editorial Comares, Granada, 1997.
[5] La frase pertenece al prólogo que Jorge Luis Borges escribió para la novela de Dino Buzzati El desierto de los tártaros en la edición de su Biblioteca Personal, número 21, Editorial Orbis, Barcelona, 1988.
[6] Así en El Persiles descodificado o la” Divina Comedia” de Cervantes, de Michael Nerlich, con traducción de Jesús Munárriz, Hiperión, Madrid, 2005.
[7] Nos referimos a la famosa Oda 3, 13 de Quinto Horacio Flaco sobre la fuente de Bandusia. Sobre el particular, puede consultarse el breve y excelente ensayo del profesor Francisco Javier Tovar Paz, Bandusia: Los versos del agua, de la editorial extremeña Norbanova, Colección Ensayo, Cáceres, 2010.

sábado, 21 de enero de 2012

Panorama exterior: Otra vez la pobreza

Lejos del abismo del Tercer Mundo, en el occidente europeo, la pobreza -quizá por su carácter esencialmente relativo- ha presentado muchas definiciones y hasta límites controvertidos que han variado sustancialmente con el desarrollo del conocimiento, de la reivindicación pública y con el disfrute pacífico de las libertades. En fechas relativamente recientes, cuando el presidente Lula alcanzó el poder, su propuesta era tan elemental como incuestionable: Todos los brasileños debían comer tres veces al día. Cada encrucijada social define la pobreza de una manera distinta. El acceso a los bienes y servicios básicos (alimento, agua potable, vivienda, educación y sanidad) determina una condición de pobreza extrema que muchos pensaban desterrada para siempre de los países occidentales de nuestro entorno. Pero la pobreza ha vuelto y convive otra vez con nosotros medio oculta, creciente y cegada por el exceso ridículo de luz artificial que anega las ciudades o abrigada en la oscura soledad de abiertos campos, antes yermos, donde brotan ahora apresuradamente preciosos vegetales bajo el plástico precario de inmensos invernaderos que parecen remiendos del paisaje.
Desde hace décadas, el hambre y la pobreza fueron diluyéndose en el estómago de la inmigración y en la pantalla opaca y silenciosa del Estado del Bienestar. La pobreza dejó de ser visible y fue sustituida por la pura marginalidad, una magnitud necesaria para alimentar voraces y oscuros apetitos vinculados con las grandes adicciones. Fue el crimen organizado quien hizo que su fiereza destrozara generaciones y recorriera los arrabales de cualquier ciudad entre dosis de indiferencia y hasta de impunidad. Mi generación no ha convivido con pobres, con honrados y prolíficos menestorosos, con familias tan necesitadas que tuvieran que recurrir a la caridad para obtener el alimento o el techo. La pobreza, la harapienta y limpia pobreza involuntaria que venía condicionada por la cuna, el clasismo y la ausencia de un trabajo estable y mínimamente retribuído, casi había desaparecido en occidente para orgullo de todos y para sostener una mínima dignidad colectiva.
Algunos, desde hace algún tiempo, sentimos que vuelve la pobreza. Los más necesitados, los mayores sin recursos con apercibimientos de deshaucio a los que olvida completamente su familia, los jóvenes sin empleo, las familias monoparentales con mujeres sometidas a vergonzosas condiciones de trabajo son colecivos que ocupan espacios de marginalidad, de rabia y de silencio. ¿Veremos de nuevo, en las calles de la brillante Europa, la indigencia del frío o esa suprema humillación del hambre?
Quien me tache de apocalíptico creo que no sabe descubrir las traiciones del mundo.

Foto Jesus García HInchado

lunes, 17 de octubre de 2011

Panorama exterior: Piedra y memoria

No es esta la primera vez que se erige un monumento para recordar la imponente figura del reverendo Martin Luther King. En la universidad de Uppsala se optó por cierta sencillez y por el símbolo algo manido de las dos manos que luchan, como si de un fuerte eco se tratara, por romper y desatar alguna forma de esclavitud. Otros bustos, medallones y estatuas lo recuerdan con bastante rigor y en general con poca audacia en lugares públicos de América y de todo el mundo. Pero es ahora, cuando parece afrontarse un monumento definitivo, durante el primer mandato del Presidente símbolo Obama y con la gran obra del escultor chino Lei Yixin.
Su evidente colosalismo no sorprende en una nación que ha sabido reconocer sus errores, mejor que ninguna otra, sobre la piedra tallada de la memoria. Su ubicación en Washington junto a los grandes iconos de los presidentes Lincoln o Roosevelt, nos ofrece la medida de esta penitencia social: Su asesinato engloba una buena dosis de mala conciencia, quizá la de una clase media que sostuvo hasta entonces una excesiva ambigüedad para reconocer la firmeza y justicia de casi todas sus convicciones.
La escultura ha merecido ciertas críticas interesantes que superan el ámbito puramente plástico y se enmarcan en una enriquecedora controversia social. Lo cierto es que el artista ha sido completamente fiel a sus valores figurativos y a su previsible evolución estética. Algunos sindicatos critican, por ejemplo, la explotación de trabajadores chinos para extraer la materia prima del conjunto monumental. Críticos de arte norteamericanos valoran negativamente el lenguaje gestual que transmite la estatua a la que acusan de sostener, en sus brazos cruzados, un aire excesivamente autoritario. Otros no entienden que deba ser una obra simplemente colosal que emerja desde la misma piedra con un hálito amenazador. Todo ello es, en definitiva, muy positivo y debiera promover una seria reflexión a los europeos.
El patrimonio histórico debe construírse cada día pero en Europa tenemos la sensación de no necesitar acrecentarlo, acaso de conservarlo y siempre a regañadientes, como un lastre molesto con el que tenemos pesadamente que convivir. Ya no acometemos obras que procuren transmitir un mensaje duradero porque existe una especie de complejo hacia la imitación y hacia la grandeza de la normalidad, algo que nunca tuvimos en nuestro pasado cuando cualquier jardín principesco que se preciara, tenía que diseñar algunas ruinas o templetes para emoción y alimento del espíritu contemplativo. Nuestra superioridad estética o monumental terminará por desaparecer y lo lamentaremos mucho los europeos porque contamos aún con una cierta ventaja que derrochamos en otros esfuerzos presupuestarios bastante empobrecedores e inútiles.
Europa y, por supouesto, España, debe recuperar la fe y sabiduría de sus escultores; dejarles crecer, dejarles soñar sin otra limitación que la verdad.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Panorama interior: La juventud de la ciudad


Pregón para las Fiestas del Barrio del Zaidín del año 2011

Sr. Concejal Delegado, queridas y queridos conciudadanos, señoras y señores:

Constituye para mí un gran honor pregonar estas XXXVª Fiestas Populares del barrio Zaidín-Vergeles y agradezco muy sinceramente que la Asociación de Vecinos haya tenido la gentileza de acordarse de mí en una fecha tan señalada. Yo no soy más que un jurista comprometido con la verdad y no pocas veces abrumado por distintas responsabilidades que ha querido, quizá por ello, dedicar buena parte de su inquietud y de su esfuerzo a la escritura y a la defensa legal de esa relación que sostienen los bienes culturales con la ciudad. De ahí parte un diálogo tan enriquecedor que debe ser entendido y preservado, que nos hace mejores y más libres y que nos permite construir con mayor decisión y acierto nuestro futuro.
Quienes me conocen saben que me gusta recordar aquella frase del gran escritor portugués Miguel Torga cuando señalaba, con su habitual y serena lucidez, que un hombre no es más que la juventud que queda dentro de él. Yo creo que las ciudades, estas viejas ciudades históricas de España y de Andalucía, también son y serán en el futuro la poca juventud que nos queda dentro de ellas. Esta certeza proclama que debiéramos examinarlas con mucha más sencillez, respeto y atención, elevar la cabeza y mirarlas en el espejo de sus barrios y en los nuevos espacios urbanos que las decisiones públicas han ido tejiendo, no siempre de manera afortunada, a su alrededor. Solo así podremos descubrir la verdadera juventud que poseen, una fuerza que acaso les falta en otros distritos más favorecidos o rentables porque será, en definitiva y le pese a quien le pese, la juventud de sus barrios la que les permita solucionar los problemas más próximos y decisivos, alentando una convivencia justa, pacífica y prometedora.
Lamentablemente no sabemos, como regla general y quizá porque ninguna escuela nos lo enseña, mirar con suficiente atención a la ciudad en la que habitamos, un espacio esencial que determina aquellos perfiles más gruesos de nuestra felicidad y casi de nuestra vida. Confiamos en conocer la ciudad solo por pasear por algunas calles céntricas y emblemáticas o por conocer su entorno monumental o por visitar sus centros comerciales y creemos que viendo ese fluido discurrir frente a nosotros ya sabemos cómo fue su pasado y se nos revela cómo será nuestro futuro. Pero estamos profundamente equivocados. Mirar a la ciudad es mirar a sus calles secundarias, contemplar su vida cotidiana y su inquietud, mirar frente a frente a los valores y sueños que alientan el trabajo y el esfuerzo cotidiano de sus habitantes y mirar sin complejo alguno sus problemas como si fueran, todos ellos, propios a un tiempo de cada uno de sus rincones, de todos y cada uno de nosotros. Mirar a la ciudad, en definitiva, es mirar ciudadanos y no contribuyentes y hacerlo en la tarea más cotidiana que les asigna el destino de sus vidas, porque justo en ese cauce de la normalidad –tantas veces olvidado- está lo que realmente somos y lo que podremos llegar a ser, al margen de las veleidades que imponen el tiempo y la fortuna.

I

Leopoldo Torres-Balbás, eminente arquitecto, compañero histórico en la Academia de Bellas Artes y arqueólogo, un hombre cabal y a quien tanto debe la ciudad y el mito de Granada y a quien se debería, por cierto, recordar más a menudo en nuestras aulas, salones oficiales o institutos, cuando leyó su Discurso de Ingreso en la Real Academia de la Historia, por aquellos mismos años en los que empezaba a trazarse este barrio con tanto trabajo y no poca dificultad, agradeció aquel justo reconocimiento y lo hizo considerando que había sido el hombre más afortunado de su tiempo por haber dedicado su vida a la restauración y arreglo de los más notables conjuntos monumentales de nuestra patria y, de manera muy especial, al prodigioso y cercano conjunto monumental de La Alhambra.
Nos aseguró entonces este eminente profesor de Historia de la Arquitectura que los viejos edificios, más o menos alterados por el paso de los siglos, en frecuente complicidad con la fiebre destructora y la torpeza humanas, no son más que islotes, testimonios aislados de civilizaciones desaparecidas. Para intentar comprenderlos, es necesario evocar el ambiente en que se levantaron, reconstruir idealmente el medio capaz de crearlos y el conjunto urbano del que formaron parte.
Esta sabia preocupación que nos recuerda el gran restaurador de la Alhambra le hizo comprender que, para conocer realmente un monumento hay que levantar la vista y mirar todo aquello que habita a su alrededor. Mirar lo que está próximo y mirar también aquello que vive un poco más lejos pero que se vincula con el lugar concreto que admiramos porque allí es donde encuentra su sabia el entorno monumental para persistir, donde bebe la energía que lo mantiene alzado ante nuestros ojos. La ciudad tiene que ser entendida en su integridad y en toda su riqueza y variedad para valorar mejor la calidad de vida a la que podemos aspirar y la inversión que realmente necesitamos para garantizar un desarrollo armónico y suficiente. La ciudad no puede acotarse y hacerse más pequeña con una mirada entristecida y ambigua, por una sensación de incapacidad que nos impida abarcarla en todo su significado y comprender las lecciones que siempre nos proporciona una Geografía de la realidad.
Buena prueba de este mensaje integrador es que el desarrollo urbano de Granada viene colocando al Zaidín en un lugar completamente privilegiado. Lo ha sido casi siempre si examinamos con atención el curso de la historia. De ahí que el desorden inicial de su construcción tienda a corregirse y termine por implicarse en los ejes esenciales de la ciudad, una tendencia más acusada con el pleno desarrollo de las nuevas comunicaciones interiores que debieran integrar completamente este populoso distrito como una referencia básica en el desarrollo de los grandes servicios públicos. Comprender esta realidad y la importancia de su cuidado, es una magnitud esencial para alcanzar el horizonte y nivel que se merece nuestro entorno.
Esta condición valiosa debe ser también una convicción de sus ciudadanos para exigir su mejora y una suficiente atención, para incrementar el compromiso social de sus habitantes y para recordar el pago de aquella Vega idílica sobre el que se asentó y que aún no está definitivamente perdida porque sigue viviendo en el alma de muchos granadinos y aún puede ser recordada mediante actuaciones urbanísticas que sean respetuosas con el legado inmaterial de la historia.
Barrios como el Zaidín demuestran la importancia que tienen los bienes culturales como una condición de presente para restablecer el equilibrio socio económico de una ciudad histórica que vive los problemas más acuciantes de nuestro tiempo con bastante intensidad. Entre sus calles se alza el famoso Alcázar del Genil que demuestra el punto privilegiado del entorno en el que se asienta este barrio que debe reclamar que la iniciativa pública no acumule sus proyectos más emblemáticos y costosos sobre otras zonas céntricas de la ciudad.
Las nuevas apuestas arquitectónicas de la ciudad de Granada que se alzan junto a este barrio sirven como argumento a mis palabras y debieran entenderse como una referencia básica para conocer el sentido y la dirección de nuestro esfuerzo.

II

Me ha resultado especialmente grato comprobar que sus organizadores han querido dar a estas fiestas populares una ambiciosa vocación al titularlas como unas fiestas por la cultura y la dignidad.
Las fiestas que tengo el honor de pregonar demuestran la firme ilusión del Barrio del Zaidín por la cultura como la fórmula más adecuada y responsable de integración social. El programa que se presenta muestra una saludable preocupación por conjugar la cultura y el ocio, recordando todas las edades y manteniendo una serie de jóvenes tradiciones que han arraigado en una celebración singular que ha sabido mantener sus criterios de abierta y generosa participación ciudadana.
La calidad social del barrio del Zaidín ha venido determinada durante los últimos años por la hospitalaria y serena recepción que ha dado siempre a quienes han llegado de lejos para trabajar junto a nosotros. No hay actitud más noble y respetable que la de aquellos trabajadores que deben abandonar su espacio natal sin apoyo ninguno y se desplazan hasta una sociedad que los recibe muchas veces con una excesiva desconfianza. Su equipaje es ligero pero está lleno de ilusión. No es otro que su esfuerzo para rendir y prosperar, el mismo equipaje que tantos granadinos y españoles llevaron consigo hasta lejanas tierras de Europa y América o hasta este mismo barrio desde pueblos alejados de esta y otras provincias de Andalucía para encontrar un futuro mejor o incluso el corto pero profundo camino de aquellos que llegaron desde otros barrios históricos de la misma ciudad de Granada, barrios desbordados demográficamente durante aquellos años de un áspero y falso desarrollismo que comenzó a destruirlos con una total impunidad y con una absoluta falta de respeto a los inmensos valores materiales e inmateriales que atesoraban.
Conocer todo este continuo testimonio vital, compartir tantas ilusiones y proyectos, contemplar tantas partidas y regresos, le ha otorgado a estas calles una enriquecedora experiencia colectiva que debe ser compartida y objeto del mayor apoyo institucional. No es un tópico irrelevante señalar al barrio como un espacio multicultural. Se trata una tarea amplia y plural que eleva la convicción de nuestros derechos y que enseña a quienes dudan de la capacidad de nuestro pueblo para entender el sentido del verdadero progreso.
No cabe duda que este espíritu conciliador es la mayor riqueza de nuestro barrio y es el que permite tan saludable apuesta festiva y desinteresada por la dignidad y por la cultura. La inmigración no es una finalidad en sí misma. A veces viene unida a la idea de temporalidad pero cuando se asocia con la vocación de permanecer, la inmigración solo puede ser concebida en una sociedad democrática como un camino recto hacia la ciudadanía.

III

Si la calidad social del barrio del Zaidín viene determinada por su probada capacidad para la integración del colectivo de inmigrantes, no debemos olvidar que esta filosofía parte de una convicción serena y firme como es la de considerar un indicio de riqueza, justicia y prosperidad el hecho de recibir a quienes trabajan con nosotros para el desarrollo de un presente esperanzador.
Los tiempos han cambiado pero no deben transformar nuestras convicciones. Ahora se trata de superar estas graves dificultades económicas que viene produciendo una crisis que todos sabíamos que tenía que llegar, tarde o temprano, a consecuencia de una cultura fracasada que condena a nuestros jóvenes a un horizonte sin futuro, con escasos valores y lleno de una espesa inquietud. Un tiempo sin rigor en el que todos debemos sacrificarnos y ayudarlos a encontrar ese lugar que les corresponde como nuevos ciudadanos que aporten su esfuerzo a la satisfacción del interés social. No son nuestros hijos, no son nuestros nietos, sobrinos o amigos, somos nosotros mismos quienes fracasamos y quienes nos hundimos en la injusta cortedad que nos impone la insolidaridad de una riqueza que no tiene el sabio origen del trabajo sino el de una especulación egoísta, torpe y salvaje: Se trata de un camino que no llega a ningún sitio, de un viaje a ninguna parte que se adentra con el paso del tiempo en una senda oscura y llena de peligros de no ser por el apoyo de la familia y la defensa de una sociedad donde arraigue la justicia social.
De todos los problemas que pueda sufrir este barrio, estoy convencido que ninguno alcanza la gravedad del problema del desempleo y, en especial, del desempleo juvenil que afecta prácticamente a la mitad de nuestros jóvenes, paradójicamente aquellos que pertenecen a la generación que ha tenido la mejor y más sólida preparación de nuestra historia. Puede que sea más triste cuando esta lacra te alcanza en la madurez, pero sin duda resulta más peligroso y dañino cuando impide la creación de nuevas familias y no responde a la pregunta primaria que cualquier joven se hace al preguntar cuál es el camino que debe seguir en la vida.
Sin alternativas, no hay futuro, no hay proyectos ni la dignidad social suficiente para que nuestra sociedad merezca ser calificada como una verdadera sociedad democrática.
No solo negamos el trabajo a los jóvenes, se lo proporcionamos de forma totalmente precaria, con sueldos insuficientes o ridículos y en condiciones que atentan, en demasiadas ocasiones, contra sus derechos más elementales como trabajadores. Sí, corren tiempos difíciles pero no son igualmente difíciles para todos. Es este un momento para la solidaridad y un momento en el que estas fiestas resultan especialmente necesarias. Porque lo importante no es reiterar que esta crisis económica presenta una severidad inusual. Lo importante de la crisis es comprobar hasta qué punto afecta al clima de nuestros derechos y libertades más elementales y que hemos sabido conquistar como ciudadanos responsables.
Las fiestas del Zaidín son ahora más necesarias que nunca. Útiles para convivir, para que jóvenes, niños y mayores cambien impresiones y experiencias y puedan dialogar, para conocernos mejor y demostrar que el ocio no está reñido con el descanso. Para recordar que somos ciudadanos comprometidos que saben que la alegría es un buen alimento para convivir. 
Muchas gracias por todo, buenas noches y felices fiestas


miércoles, 23 de marzo de 2011

Panorama Interior: Memorias de un europeo

Creo que la idea de Europa se vincula con la experiencia individual. La expansión de los nacionalismos, con esa terrible paradoja de la identidad disuelta sobre otra identidad hipertrofiada, fue quizá la mayor, que no la única, culpable del gran desastre europeo del siglo XX y sigue, sin que aprendamos la terrible lección de un pasado tan reciente, impidiendo el desarrollo de una nueva nación europea que sepa identificarse con el sustrato común de la libertad y el aprecio por la cultura y las leyes.
No somos conscientes de la influencia que ejerce sobre nuestra vida cotidiana el continente en el que habitamos. Quizá sea esta una influencia mayor que la de otras instancias territoriales mas pequeñas y próximas, siempre determinadas por un entorno que se impone por su propio peso. Nadie reniega de su patria continental: Es lo demasiado grande para albergar todos los sueños y rencores.
La idea más esencial de Europa, como ocurre con las grandes ciudades históricas de Andalucía, reposa en lo irremediablemente perdido. Estos días puedo al fin leer, durante mi escaso tiempo libre, la conocida autobiografía del gran escritor austríaco Stephen Zweig -El mundo de ayer. Memorias de un europeo- y disfruto con su opinión de que el  alma europea quedó desvanecida al finalizar la segunda guerra mundial. Hablamos, por tanto, de un inmenso rescoldo, de un reflejo de lo que fue el continente, de una imagen social y colectiva agitada por la intensa luz del recuerdo.
La opinión de Zweig se basa en su enriquecedora experiencia personal. El mismo la resume en las primeras páginas al señalar que la triste fortuna quiso que conociera dos contiendas mundiales y que estuviera en cada una de ellas en bandos distintos.
Sobre la presencia de un espíritu europeo tendríamos que debatir más a menudo, máxime cuando resulta tan difícil encontrar el acuerdo en materias básicas, domésticas y esenciales en las que andamos inmersos.casi para sobrevivir. Como decíamos, ser europeo es, ante todo, una magnitud personal. Si debe erigirse Europa desde sus cenizas y estas siguen sin apagarse después de setenta años, si queremos que aquel alma desvanecida despierte definitivamente de su dulce letargo, seamos conscientes de que Europa debe construirse desde la insolencia de la juventud, con la fuerza de las nuevas naciones y enfrentando el futuro con toda decisión y limpieza y no con el avaro recuento de las viejas monedas de su historia.