Mostrando entradas con la etiqueta Crisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crisis. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de septiembre de 2013

La crisis de la verdad



Cuando comenzaron las hostilidades presupuestarias, sostuve que la llamada Crisis Económica o Gran Recesión que comenzaba a fustigar la exclusiva Zona Euro, quizá no fuera ni una crisis ni una crisis económica. Lo primero porque, al margen de significados gramaticales o económicos, no ha tenido nunca un perfil coyuntural, sino una vocación de permanencia para construir son sólidos cimientos un nuevo sistema productivo y una nueva configuración, algo siniestra, de los derechos más elementales de los ciudadanos europeos. En segundo lugar, la crisis es una crisis de valores, una crisis moral alentada por fenómenos especulativos completamente insolidarios y favorecidos por la impunidad y el uso salvaje, en una especie de inmensa paradoja, de las nuevas tecnologías de la comunicación al servicio del sistema financiero. Ahora, el problema que vislumbro es de mayor envergadura y gravedad ya que que se trata no solo de una crisis moral encubierta, sino de una verdadera Crisis de la Verdad.
No pretendo que alguien hilvane un nuevo Discurso de la verdad envuelto de un enfermizo pesimismo como el que nos entregara a finales del siglo XVII el Venerable Siervo de Dios don Miguel de Mañara y Vicentelo de Laca, el peor de los hombres, según su propio -quizá un punto vanidoso- juicio.
Es otra la cuestión que atañe a nuestro tiempo. Ahora, la verdad no tiene apenas valor. Podría replicarse que mentir, a lo largo de la historia, ha sido habitual o rentable y que la mentira ha servido a los intereses más bajos de naciones y hombres con toda normalidad y sin apenas peligro. Pero siempre ha existido un cierto rubor, aunque se trate de alguna pueril leyenda, como la de aquella famosa Bocca della Veritá la conocida máscara de piedra que se exhibe en la basílica de Santa María in Cosmedin de Roma que puede cerrar sus fauces y atrapar la mano que introducimos en la pequeña oquedad de sus labios cuando mentimos.
Lo que ocurre ahora, sin embargo, es distinto porque la mentira no es una mentira ocultada sino afirmada como una transgresión de la razón y el deber más elemental. No quiero acudir a ningún ejemplo próximo o remoto para no herir sensibilidades, pero ahora la observación de la mentira no produce pudor, se enfrenta como una necesidad del operador político, jurídico o económico y esta nueva versión de nuestra vida social, esta nueva Crisis de la Verdad no sabemos donde puede conducirnos con el paso del tiempo.
Una sociedad que no está sometida a un principio de  responsabilidad para castigar la mentira, es una sociedad condenada a la barbarie. Aunque ahora la barbarie se vista con trajes a medida o lentejuelas.

jueves, 9 de mayo de 2013

La solución olvidada de la cultura (Palabras de agradecimiento a la Unión de Bibliófilos Extremeños)

 

Señoras y Señores, queridos amigos:
Me permitirán que lleve a cabo esta mañana una intervención académica y que lea estos párrafos que acabo de escribir para no olvidar ninguna de las cosas que quiero decir en mi Badajoz natal, en una fecha tan señalada para mí y como agradecimiento a mis buenos amigos de la Unión de Bibliófilos Extremeños.
No quiero hablar de mí porque me basta con agradecer la atención que han merecido alguno de mis escritos. Solo me gustaría ofrecerles alguna opinión sincera sobre los libros y sobre la ayuda y consideración que merecen por las autoridades que ordenan nuestra vida pública y lo hago porque entiendo que mis palabras quizá puedan tener alguna utilidad. Les prometo que voy a ser breve porque creo que las cosas importantes, como sencillas que son, deben decirse con toda claridad y una sola vez. Asumo este imperativo de la brevedad como un pequeño deber. Lo aprendí de un verso memorable del gran poeta de Zufre, casi extremeño, Aquilino Duque, aquel que nos refiere que si dices la verdad no la repitas / solo el que miente insiste.
Y yo, después de tantos años buscando la verdad por mi trabajo en los tribunales, apenas sé mentir lo indispensable para no caer en algún gesto de mala educación. Mejor dicho, yo solo miento cuando escribo algún poema, pero miento diciendo precisamente aquello que siento de verdad. Ya saben que esta paradoja es lírica y frecuente. Hay un mundo interior que nos niega, una y otra vez, la extraña realidad que nos rodea y el poeta, con su ingenua virtud, solo intenta descifrar el origen incierto de esta abrumada contradicción. Nuestro admirado Fernando Pessoa, mirando su propio quehacer cotidiano sentado en los cafés de Lisboa, ya señaló que el poeta es un fingidor y que finge tan completamente que hasta finge que es dolor / el dolor que de verdad siente. Digamos la verdad y hablemos, por tanto, sin comparaciones, recordando la importancia que la lectura debiera tener en las partidas presupuestarias que determinan la calidad de nuestra vida y alumbran el camino que conduce a nuestra sociedad hacia el futuro.
No hay otro debate en la actualidad de mayor importancia para el libro que la decisión de su apoyo con políticas presupuestarias que valoren el disfrute de la cultura como una fuente abundante de empleo. En los años venideros, además, cuando la cultura en general y la edición de buena literatura en particular, tengan que enfrentarse una y otra vez a criterios puramente utilitaristas, se tratará de un tema recurrente que debiera preocupar a los ciudadanos. Es un error olvidar el perfil complejo de nuestros derechos y la importancia que tiene para cualquier sociedad democrática establecer un método ordenado de prelaciones en el manejo de fondos públicos, un sistema económico que no olvide la importancia de las humanidades y la compensación que debe asistir a una serie de valores inmateriales que ni cotizan en bolsa, ni rebajan el interés de la deuda soberana pero que son los que anuncian –y así lo han hecho a lo largo de toda la historia- la verdadera prosperidad y la confianza. Una sociedad sin conciencia está condenada al fracaso y la conciencia se alimenta de la palabra y mejor de la palabra meditada y escrita que de la palabra improvisada y carente de rigor.
Este año viene siendo para mí, en lo que a las letras se refiere, un año moderadamente feliz: En primer lugar, acabo de publicar[1] un breve ensayo, El mal de la muralla con un texto al que guardo un gran cariño y en el que recuerdo mi estancia profesional en Galicia para realizar un humilde homenaje a diversos amigos y escritores que enriquecieron mi estancia, principalmente el gran poeta Luis Pimentel cuya obra, tan delicada como sincera, admiro profundamente. En segundo lugar, gracias a la buena disposición de algunos amigos como Joaquín González Manzanares, la Biblioteca de Extremadura ha querido rendir un sencillo homenaje a mi padre, el escritor y periodista Antonio García Orio-Zabala[2], cuando se cumple el centenario de su nacimiento en Badajoz en 1913. He tenido la difícil fortuna de escribir una pequeña crónica para su catálogo tratando de ordenar un montón de viejos recuerdos familiares. En tercer lugar, mi gran amigo y maestro Antonio Carvajal ha obtenido hace algunas semanas el Premio Nacional de Poesía[3] y ello me depara una inmensa alegría porque, como señalaba Borges, que otros se jacten de los libros escritos porque yo quiero jactarme de los libros que he leído, más aún cuando ha sido la propia voz del autor la que me ha leído, tibia la tinta, los versos qye acababan de hacerse. Por si fuera poco y en quinto lugar, la Unión de Bibliófilos Extremeños, que viene realizando una encomiable y extensa labor, ha querido dedicar su intervención en esta Feria del Libro a comentar mi obra con la generosa aportación, que le agradezco de todo corazón, de un crítico de tanta solvencia como Enrique García Fuentes.
No encuentro otra forma mejor de agradecer este interés que leer estas cuartillas para recordar la alegría que me produce que sean mis paisanos quienes valoren o presten atención a cualquiera de mis obras y aprovechar esta gentileza para exponer mi opinión acerca de la importancia que el cuidado y atención de los libros, desde la imparcialidad de la función pública, podrían tener para el futuro de Badajoz y de Extremadura.
Desde que me alcanza el recuerdo siempre viví rodeado de libros y ya sabemos que el amor a los libros cuando mejor germina es en la patria generosa de la familia y la infancia. Mi padre conservó una buena parte de aquella biblioteca familiar que varias generaciones acumularon en su casa de La Albuera, la enriqueció lo mejor que pudo y dedicó la mayor parte de su vida en soledad a disfrutar de la lectura y a escribir. Mucho tendríamos que recordar aquellas bibliotecas rurales de Extremadura que habían tejido pacientes generaciones de discretos lectores de provincias y que, desgraciadamente, han ido desapareciendo sin remedio. Alentaban una forma de vida propia, feliz y agradecida para combatir la oscuridad reinante en otros momentos de nuestra historia, humildes bibliotecas siempre iluminadas por la enseñanza del campo y el paso de las estaciones. Mi padre, que era un extraordinario conversador, sabía que el hábito de la lectura hablada era la mejor forma de criar a sus ocho hijos como personas capaces y comprometidas, de entenderlos mejor y de inculcarles la lectura no como un simple entretenimiento, sino como una saludable virtud que nunca debemos perder. Quienes leen siempre tienen un halo de dignidad flotando a su alrededor. En una familia tan numerosa, la lectura persistente cobra enseguida una dimensión coral y por eso, en realidad, podría decir que más que vivir rodeado de libros, viví rodeado de lectura y de largas y a veces apasionadas conversaciones sobre los libros que mis padres, mis tíos, mis hermanos mayores y sus amigos, un grupo numeroso, heterogéneo e inolvidable, habían leído últimamente. Los libros siempre proponían un diálogo animado y enriquecedor. Incluso ahora, que tan poco se habla de lo leído, cuando nos vence la soledad y no sabemos a quién comentar nuestra inquietud, aún promueven un diálogo, quizá el más fértil de cuantos puedan entablarse, con nosotros mismos.
Bajo estas coordenadas de la biblioteca familiar, los libros me han acompañado como un elemento indispensable de mi manera de ser y me seguirán acompañando siempre como parte de esa maleta del viajero que todos llevamos consigo. Una maleta que abrimos y cerramos cada noche, olvidando y recordando a nuestra codiciosa conciencia, como advierte el maravilloso poema de mi amigo Elías Moro, que nada es importante si se olvida. Yo he aprendido a vivir leyendo y he leído, con tanto desorden como ilusión, todo lo que me han recomendado aquellos en quienes, desde niño, vislumbraba que podían guardar alguna forma de interés o virtud. De todas mis acciones esta es la única de la que no tengo signo alguno de arrepentimiento. Me alegró de haber leído hasta los malos libros porque me han enseñado a no querer ser como ellos me recomendaban que fuera.
Para mí, leer es otra forma de conversar, de viajar, de aprender a resolver los problemas cotidianos de la existencia, de recordar la importancia de recordar lo leído, de querer y hasta de odiar aquello que aprobamos o rechazamos en lo más íntimo de nuestro ser. La lectura es un lugar al que llegar siempre que aparece la soledad, porque así deja de existir y se convierte en un tiempo compartido y fértil, en un tiempo misterioso que asocia al hombre con la tierra, que lo cultiva y lo hace mejor en su relación consigo mismo y con los demás. Su valor está en nuestro interior, allí donde la palabra cobra toda su fuerza y hasta determina nuestra manera de afrontar el paso del tiempo. El tiempo de la lectura es un tiempo multiplicado
Federico García Lorca, en la famosa Alocución de Fuente Vaqueros[4], dirigida a sus paisanos cuando inauguró la biblioteca de su pueblo, les dijo que si algún día estuviera hambriento no pediría un pan sino medio pan y un libro. Parece mentira que una frase tan sabia y afortunada haya prendido tan poco en la conciencia de quienes solventan en el parlamento nuestro maltrecho presupuesto. No han entendido que el alimento del alma es tan importante como el del cuerpo, que es aquello a lo que aspiramos cuando hemos resuelto de algún modo nuestras necesidades más elementales, pero no la necesidad del hartazgo sino la necesidad del limpio sustento. Un pueblo sin cultura es un pueblo condenado a la pobreza y la explotación. No se trata de gastar en libros el dinero que sobra, se trata de cultivarlos, de ayudarlos a germinar en la mente de los creadores, de crear una atmósfera respetuosa con la creación y de distinguir aquellos espíritus que tenemos que apoyar para que no se marchiten o marchen lejos para no volver y sean la venturosa base de nuestro futuro.
Lamentablemente la cultura de la crisis económica que asola las tierras de Europa en esta segunda década del siglo XXI, es una cultura profundamente equivocada. Se arrinconan letras y humanidades, se las somete al dictado de algunos departamentos comerciales para que adquieran un terrible complejo de inferioridad, como si tuvieran que pedir perdón, como si la austera disposición de fondos públicos para su difusión y para la defensa del patrimonio histórico bibliográfico fuera una forma de vergonzante o extravagante dispendio que no podemos permitirnos y, menos aún, los pueblos meridionales de Europa. Pero todo esto es mentira porque la cultura no es un privilegio, ni un capricho, no es un censo o una servidumbre que debe pagar el poder por una simpe razón de imagen o por tradición. La cultura es la fuente de la prosperidad como la epopeya es el manantial donde nació la novela[5], es nuestra primera fuente de ingresos y debe cuidarse como una industria no contaminante que nos proporciona el mayor bienestar y grandes sumas de dinero sin las cuales España y Extremadura no podrían ni vertebrarse ni subsistir.
Gastar en cultura es ahorrar en conflictos y excesos, es corregir esa mentira piadosa de la subvención, tantas veces cargada de nepotismo o necedad y que tanto daño ha hecho, cuando no se ha administrado correctamente, a los escritores verdaderos a los que arrincona con saña y ofende de manera sistemática cuando engorda una mediocridad tan cruel y tan crecida como intolerante. Disponer de fondos para sembrar la cultura y la ciencia debiera ser un imperativo legal marcado por un índice mínimo, por un porcentaje infranqueable que nadie pudiera saltar.
En la actualidad, la crisis presupuestaria hace de la cultura una ausencia casi irreparable, casi nos condena al silencio porque evita que jóvenes poetas o escritores libres y capaces, espíritus sensibles a la interpretación más atinada de la realidad que nos rodea, no puedan romper el tedio de nuestro presente con la frescura de sus ideas. Todo se anega en la pobreza de una mediocridad triunfante que sigue ensuciando el presupuesto con la necia pretensión del nepotismo. Me refiero a la pobreza moral, a la imprevisión negligente, a la excusa recurrente e inútil de la cortedad que se conjuga con el derroche más obsceno, a la falta de generosidad con nuestro esfuerzo, al fraude sistémico e impune y a la falta de principios que ha sido la que realmente nos ha conducido a esta situación triste y previsible de crisis económica. Además, los males parece que proceden de Europa a la que siempre han mirado los intelectuales españoles con una buena dosis de esperanza. Es importante saber indignarse en la dirección adecuada. ¿Hacia dónde mirar con aire de reprobación?
Convendría recordar que el propio Miguel de Cervantes puso su mayor empeño en una ambiciosa novela que calificó como novela setentrional y que sería su última obra: Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Cuatro días antes de su muerte la dedicaba al Conde de Lemos con la siguiente frase, puesto ya el pié en el estribo con las ansias de la muerte, una expresión medida y de admirable entereza que nos muestra un hombre que afronta con serenidad su próximo destino, acostumbrado al cautiverio y a las mayores penalidades e injusticias. En esta obra, una novela bizantina que obtuvo un éxito enorme en todo el continente y en su edición póstuma de 1617, el genio de Cervantes decide mirar hacia el norte de Europa y a su virtud como única esperanza de renovación. El injusto olvido que ha marcado el posterior destino de esta prodigiosa apuesta narrativa, quizá la obra más ambiciosa de su autor[6], es consecuencia del olvido cultural que hemos sufrido al no reconocer las claves que nos permitan medir la importancia del abismo que fue abierto en Europa cuando se siembran las ideas de la Contrarreforma. Perder las claves de nuestro pasado y no poder descifrarlo es habitual pero no por ello es menos terrible. La Europa que Miguel de Cervantes contempla en los últimos años de su vida, es un territorio que alienta grandes calamidades y que refleja un enfrentamiento permanente que invade de pesimismo a todo el continente y que consigue que prenda fatalmente la conciencia entre los europeos de que sus diferencias no pueden tener una pacífica solución. Cervantes intenta con su novela demostrar que hay muchos caminos que conducen a la armonía entre los dos hemisferios y que no siempre se encuentran allí donde se ubican las manifestaciones más grandes y egoístas del poder terrenal. Mirar al otro lado, enfrentar limpiamente los argumentos del antagonista es un gesto de nobleza que parece tan lejano como imposible. Esto hizo, con poco éxito, nuestro buen novelista y esto, aunque a la inversa quizá debieran hacer ahora los europeos.
Si en aquella ocasión, las viejas soluciones que no encontraron nuestros antepasados del Barroco, se encontraban en el norte austero de puras raíces godas, precisamente ahora, los europeos debemos mirar hacia el Sur al que se humilla y olvida y debemos hacerlo porque fue aquí donde nació la deliciosa fuente de Bandusia esa que cantara Horacio[7] y que podría simbolizar mejor que cualquier otra imagen la vida ordenada de una prudente sociedad que armoniosamente prospera, que convive con la naturaleza y alienta la democracia. También nace en el sur europeo, esta vez en tierras muy próximas del Sureste de España  la inicial idea de una Europa comunicada y unida bajo un sustrato común cuando se obtiene, en los albores de la Edad Moderna, la integridad territorial de la monarquía hispánica. Por eso, más que cuadrar fríamente las cifras de nuestra escasez debemos conjugar las palabras de nuestra virtud. Más que recordar de forma obsesiva el temor hacia nuestro futuro, debemos temer que vuelvan los errores de nuestro pasado. Más que confiar en quienes niegan nuestra capacidad para decidir y pagar nuestras deudas, confiemos en la sabia lección de los verdaderos intelectuales que tantas veces hicieron de la austeridad una singular forma de vida, casi una militancia y una sabia declaración de intenciones.
Casi nadie repara, con la suficiente convicción, en el valor de la cultura para resolver el problema de la crisis financiera que han provocado la mala gestión de grandes procesos especulativos, las formas más graves de corrupción (que deben combatirse por los Estados como supuestos de verdadero crimen organizado) y el olvido de una serie de valores que se encuentran presentes en los documentos fundacionales de la Unión Europea. Es cierto que se han vertido críticas muy razonables al incremento de algunos impuestos o a los recortes de indispensables servicios públicos que nos distancian de aquellos niveles en la atención que distinguen las sociedades avanzadas, pero nadie o casi nadie recuerda la importancia de la cultura para encontrar las raíces de la verdad y las soluciones a nuestra paradójica pobreza. No solo la poesía ofrece paradojas misteriosas. Las mismas entidades que niegan el crédito a jóvenes honestos y emprendedores, señalan indemnizaciones para sus administradores que ofenden a la dignidad más elemental. El olvido de la cultura como un rico yacimiento de empleo,  de su virtud para encontrar soluciones en situaciones oscuras, se olvida sin que nadie o casi nadie recuerde la solvencia de este manojo de obviedades.
Prometí brevedad y me gusta cumplir mis promesas, así que iré terminando. Luis Pimentel cuando escribe en los años cincuenta del pasado siglo en Lugo y encuentra una ciudad mortecina y cruel, nos dice –quizá adelantándose a su tiempo- que al hablar de su apartada ciudad habla del mundo. Estos es algo que siempre han hecho y bien los mejores escritores. Aún así, hoy día, esta ubicación fuera de los circuitos del poder y el éxito comercial no solo es una cuestión ficticia o un alimento de la imaginación. Ahora cualquier rincón es válido para centrar la atención del pensamiento más acertado que sirva para salvar al continente europeo de su propio egoísmo. Las nuevas tecnologías de la comunicación han producido una saludable descentralización de la cultura. Lo bueno y lo malo se expanden en progresión geométrica y con una exactitud sobrecogedora. Nunca ha tenido tanta ventaja la periferia cultural sobre la idea de una centralidad domesticada con el beneficio inmediato y una vengativa mediocridad. Quizá por primera vez en la historia, la excelencia se encuentra fagocitada en el bulevar periférico del mundo.
Esta enseñanza resulta especialmente valiosa para el desarrollo de las regiones. Creo que aquellos lugares con una nutrida historia que sepan apostar por la cultura como un sortilegio válido para eludir la pobreza, se adelantarán a los demás, combatirán mejor el fanático pesimismo que se avecina y encontraran una senda más luminosa para salir airosos de nuestro encuentro con el futuro. La solución a los problemas ibéricos o europeos, como ya ocurrió en otras edades de la historia peninsular o continental, está fuera de los cenáculos viciados por la vanidad y de los círculos cegados por la ambición o la intriga. La mirada distanciada de espacios acotados y vacíos en los que ya apenas queda nada, nos conduce a la mayor libertad de quienes viven más próximos a la tierra y levantan la vista sin complejos para comprender mejor la distancia que separa la realidad de la justica.
El poema que escribió hace casi un siglo nuestro casi paisano Alberto Caeiro lo explica cuando refiere la mayor libertad del río que corre por su aldea del Alentejo y demuestra que es más grande y mucho mayor que ese caudaloso Tajo que llega desde España y conduce hacia las fortunas del mundo, porque su río pertenece a menos gente, porque nadie sabe de dónde viene y adonde va, porque es más libre y porque quien está junto a él no tiene que pensar en nada y solo está junto a él. Su río es todos los ríos pero nadie parece darse cuenta. Nuestros libros son todos los libros porque nos conducen a ellos. Miremos y apoyemos sin complejos aquello que se tiende a nuestro alrededor para conocernos mejor y hacernos mejores.
La cultura, si es vivida desde la verdad, es normalmente un sinónimo de pública austeridad. Incluso cuando la cultura se atiborra mediante subvenciones inadecuadas o por galardones inmerecidos, pronto adquiere un aire falso y ridículo, casi trasnochado que no puede ocultar y termina por desaparecer, por diluirse en la espesura del tiempo. Pero los libros que decantan entre los jóvenes más sensibles ofrecen un fruto nuevo y valioso que cambian el perfil social y alienta los cambios que una sociedad precisa.
Invirtamos en cultura, ampliemos su presupuesto como una fórmula sencilla y válida para crear empleo, fomentemos el consumo de cultura con criterios alejados de la pura comercialidad, descubramos el valor del auténtico mecenazgo a través de leyes que lo favorezcan y que prestigien a empresas y corporaciones que aspiren a contar con la confianza de los ciudadanos, no confundamos el deber constitucional de los poderes públicos para defender la cultura con el antojadizo criterio de un nuevo príncipe que otorga sus favores en atención a su gusto estético.
Algunos creemos, en fín, que la respuesta a tantas limitaciones se encuentra en la cultura, en los libros, en la forma de ocio más barata y menos contaminante que existe. Ayudemos al libro para ayudarnos a nosotros mismos: Pidamos que Extremadura sea un ejemplo al remover antes que ningún otros territorio de su competencia y tamaño, los ridículos obstáculos que impiden nutrir al libro y a la cultura de la ayuda oficial que necesitan y merecen.
Muchas gracias de nuevo por su amable atención y buenas tardes.
Badajoz, once de mayo de 2013



[1] El Mal de la Muralla, Jesús García Calderón, con prólogo de Jorge de Vivero y fotografías de Carlos Valcarce Gay, Editorial Ánfora Nova, colección ensayo número 15, Córdoba, 2013
[2] Antonio García Orio-Zabala (1913-1975) Crónica y olvido de un maestro, Biblioteca de Extremadura, texto publicado en el catálogo para la exposición conmemorativa de su centenario, Badajoz, 2013.
[3] Por su libro Un girasol flotante de Antonio Carvajal Milena, KRK ediciones, Oviedo, 2011. Estudio preliminar de José Manuel Ruiz Martínez.
[4] Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, Federico García Lorca, edición facsímil publicado por la Editorial Comares, Granada, 1997.
[5] La frase pertenece al prólogo que Jorge Luis Borges escribió para la novela de Dino Buzzati El desierto de los tártaros en la edición de su Biblioteca Personal, número 21, Editorial Orbis, Barcelona, 1988.
[6] Así en El Persiles descodificado o la” Divina Comedia” de Cervantes, de Michael Nerlich, con traducción de Jesús Munárriz, Hiperión, Madrid, 2005.
[7] Nos referimos a la famosa Oda 3, 13 de Quinto Horacio Flaco sobre la fuente de Bandusia. Sobre el particular, puede consultarse el breve y excelente ensayo del profesor Francisco Javier Tovar Paz, Bandusia: Los versos del agua, de la editorial extremeña Norbanova, Colección Ensayo, Cáceres, 2010.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Devenir de la crisis

 No todos vivimos por encima de nuestras posibilidades.
Ni firmamos engreídas hipotecas,
ni aplaudimos jamás a los chamanes
celebrando su espeso
y público desdén por la pobreza.
No todos emprendimos un viaje
lejano para comprar dos veces una prenda
de vestir casi inútil. No todos olvidamos
la austeridad perdida
de las viejas provincias.
Cambian los tiempos, se pagan los abusos,
se humilla la esperanza, se quebranta
la ilusión del trabajo dócilmente.
Ahora miramos solo nuestro enojo
y creemos que basta con denunciar injustos
procesos de deshaucio
sin hacer otra cosa que volver
indignados a casa cada tarde.
Y la casa nos acoge en silencio. Nos reprueba
la falta de constancia y nos recuerda
la juventud airada que sucumbe
y a veces sin quererlo nos susurra:
Lo peor de este tiempo es que germina
el odio y ese odio termina
por hacernos a todos más culpables.

viernes, 13 de abril de 2012

Panorama interior: El crédito infinito

Las carencias materiales son muchas veces tan leales y pegajosas como el olvido. En estos abundantes y ciegos pastos de agitación social que comienzan a calentarse con el ingrato sol de la especulación y la crisis, la lectura azarosa nos depara alguna que otra sorpresa que siempre conviene reseñar para promover una reflexión más profunda. Francisco Pi y Margall, aquel federalista radical al que siempre ha redimido su absoluta honestidad y buen juicio (se puede tener muy buen juicio y estar equivocado), lo dejó escrito hacia 1854 en una de sus obras más conocidas y personales, La reacción y la revolución, obra tan decisiva en su tiempo como apenas difundida en la actualidad donde analiza la política y administración españolas.
"Seis siglos hace ya que España vive sobre el trabajo de las generaciones venideras; seis siglos que conoce la deuda y los intereses perpetuos". Así comienza el meditado capítulo que dedica a la pesada losa de la Deuda del Estado, donde, algunas líneas más tarde, se pregunta con tristeza: "A este paso ¿no es muy de temer que la deuda absorba en pocos años la mitad de los ingresos del Tesoro?"
La lucidez siempre nos permite vislumbrar el problema y advertir el perímetro que lo circunda. Cosa distinta es que acierten las palabras que siguen a una imagen certera y encuentren una solución que nos convenza y proteja. Esta sabia claridad la debemos al filósofo y jurista barcelonés aunque no compartamos esa ingenuidad de los audaces radicales de su tiempo. "La falta de los gobiernos no consiste tanto en contraer empréstitos, como en esperar a contraerlos en épocas de trastornos y apuros, cuando más resentido está su crédito".
Su larga admonición parece la del buen padre de familia que procura corregir los excesos de la juventud irresponsable. Busquemos y escuchemos estas voces desde el rubor y respeto de nuestra ignorancia.

jueves, 5 de enero de 2012

Panorama interior: Crisis de ayer

Hablar de crisis es hablar del pasado y enturbiar un poco más nuestro futuro. La escasez monetaria no es una contingencia, es una nueva realidad consolidada que ya tiene el atributo de lo ordinario. Lo crítico se vincula con una cierta fugacidad, con la dislocación abrupta de una sociedad sorprendida que desemboca, si nadie lo remedia, en un grave conflicto o en una extendida depresión ciudadana. Solo la escasa virtud que encuentra la vida pública en la verdad, mantiene esta especie de inútil esperanza en recuperar precisamente ese pasado que nos condujo al pequeño abismo cotidiano de la inseguridad presupuestaria. Olvidemos la crisis y no preguntemos cuando terminará. La crisis ya terminó ahora vivimos la verdad. Crisis significa escasez o carestía pero antes quiere decir mutación, un cambio histórico que abre un extraño tablero con distintas reglas y otros jugadores más crueles y distantes, más lacónicos y perspicaces.
Creo que quienes gestionan los recursos públicos debieran olvidar cuanto antes la palabra crisis y hablar claramente de la nueva realidad económica actual. Un espacio fértil para el egoísmo de los mercados y para la venganza de la absurda especulación reinante durante tantos años en la vida cotidiana de las clases medias.
Mi ignorancia en materia económica no me impide reflexionar. Los funcionarios responden a la cortedad limitando el consumo hasta parámetros que, pocos meses atrás, resultarían sencillamente increíbles. Se hunden las ventas de utilitarios y se disparan las de coches de alta gama. El lujo se hace más rentable y ostentoso que nunca. Los relojes más caros presentan tamaños desmedidos. La ropa de marca reproduce su signos distintitivos ad nauseam. Los perfumes exclusivos compiten por el dorado perfil de un simple tarro. Solo podemos extraer de todo este marasmo moral una triste conclusión: En general, son las clases medias las que soportan, injustamente, el precio y el peso de esta nueva verdad económica y laboral. Son ellas las que mantienen sus viejos vehículos, las que cuentan las noches y esperan. La otra opción es aún más siniestra pues nos conduce a la impune victoria del fraude y del dinero oscuro. Y ambas propuestas, además, no son incompatibles sino complementarias
Ni siquiera el poderoso Mercurio aprobaría, tal vez, tanto desorden y tanto irresponsable.

domingo, 19 de junio de 2011

Panorama Interior: El derecho a comprender

Tengo la pequeña satisfacción de organizar un curso para el próximo septiembre sobre la modernización del lenguaje jurídico y afronto con ilusión la tarea de escribir algunas consideraciones sobre un nuevo derecho a comprender. Las cosas sencillas que hallamos en el curso de cualquier debate científico como un grave problema, siempre evidencian profundos errores anclados con el paso del tiempo en nuestro viejo código social. Si la solución es sencilla mayor es el problema. Si todo el mundo ofrece de manera espontánea la misma o aproximada respuesta, el problema es muy difícil de resolver porque el error que hemos sido capaces de construir afecta probablemente a muchas generaciones y es de proporciones casi descabelladas.
Las razones de la oscuridad del lenguaje jurídico son egoístas y materiales. Solo la búsqueda de un beneficio cómodo y discreto o de una cierta superioridad burocrática justifican esa tradicional incomprensión de los documentos jurídicos. Se enrevesa aquello que necesitamos ineludiblemente y se configura un complejo sistema de intermediaciones a las que se dota y adorna de un generoso contenido económico.
A lo largo de mi vida profesional he tenido que escribir miles de páginas que no me reportarán satisfacción estética alguna, acaso la tristeza que siempre produce explicar la comisión de ilícitos o la injusta persecución de cualquier persona. He aprendido hace tiempo que los mejores y más honestos juristas son aquellos que presentan mayor claridad en la elaboración de sus informes, de sus textos y notas, aquellos a los que no cuesta trabajo comprender sea cual sea el problema que aborden o incluso los intereses, más o menos legítimos, que defiendan.
Ahora veo que la necesidad de clarificar nuestro lenguaje jurídico resulta más urgente ante la situación de crisis económica que afecta, de manera especialmente severa, a los jóvenes, a los jubilados y a las familias de los desempleados. Y es que ahora toda la piel social tiene una intensa sensibilidad y es preciso meditar cada actuación pública, medir cada pulso, calibrar cada comentario o noticia que se difunda para no ofender a quienes viven situaciones de permanente angustia y desilusión.
Solo hablando claro podremos transmitir suficiente confianza.
Aún no comprendemos, por ejemplo, que la importancia que pueda tener esta crisis económica está por llegar y no será la variante monetaria o financiera que la sostienen y que, con su cruel terquedad, se niegan a una transformación que resulta indispensable. Lo importante de la crisis es su traducción al ámbito próximo de la política y esa incertidumbre por conocer el sabor de aquellos frutos que germinan desde las hondas raíces del desencanto. Como el oscuro lenguaje jurídico, esta situación parece olvidar las soluciones más sencillas y eficaces. Nadie reclama ya una conjura para recuperar aquellos valores morales que un día nos hicieron prósperos y eficaces, valores que nos vinculan con la lengua y la tierra, con el afán de construir un entorno más justo a nuestro alrededor. Quizá el primer valor que precisemos sea el de la claridad. Siempre la claridad viene del cielo. Claro que tenía razón el poeta pero esa claridad suele venir filtrada por unas manos limpias que todos recordamos en la infancia y que guardaban, quizá, la firme solución entre sus dedos.








jueves, 30 de septiembre de 2010

Lo normal y corriente

Nadie sabe muy bien cuando comienza una  feroz crisis económica. Quizá porque las grandes cifras tienen la virtud de la versatilidad y pueden socorrer o traicionar sin rubor a las posiciones políticas más encontradas. Quizá por la confianza de quien prefiere dormir el mayor tiempo posible con la manta delgada del optimismo cubriendo sus temores a la infelicidad y la pobreza. Quizá porque la crisis, como la guerra más cruel y extendida, produzca en nosotros aquella misma sensación que el abrumador Louis Ferdinand Céline, refería para explicarla desde las primeras líneas de su terrible novela Viaje al fin de la noche, con esta sencillez: Una vez dentro, hasta el cuello. Quizá por mi mucha ignorancia en materia económica, ando últimamente preocupado desde el momento en que me parece que son los teóricos ignorantes, la gente normal y corriente que observa y piensa, los únicos que dicen cosas razonables.
La verdad es que la sensación más habitual que percibo  en estos últimos meses es la de una anormalidad que se impone por simple inercia. Y lo digo sin necesidad de apartar la mirada de la indecorosa televisión generalista.
Mi amiga María Díaz, me comentaba la otra tarde que había conocido al poeta Antonio Carvajal y que, tras las presentaciones, amablemente le comentó que se alegraba mucho de conocerlo después de todo lo que había oído hablar de él y siempre en términos que mezclaban el elogio más sincero con el cariño y la admiración. Antonio, siempre proclive a la sencillez, le contestó que todo era una exageración y que él sólo era una persona normal y corriente. Acto seguido, quienes lo conocemos lo imaginamos muy bien, suspendió su gesto un instante como si resolviera un olvido reciente o acabara de descubrirlo y le dijo, diciéndoselo a sí mismo y en voz alta: Lo que pasa es que cada día hay menos gente normal y corriente.
Mucha razón tiene el agudo maestro de Albolote. El problema es que esta crisis, que algunos nos empeñamos en disfrutar, quizá tenga mucho que ver con esta pérdida de la normalidad. La crisis económica en el fondo y en la forma es una crisis moral. El día que lo entendamos y lo entienda algún que otro  lepidóptero con forma humana quizá podamos salir airosos del trance.

lunes, 23 de agosto de 2010

Panorama exterior: Las colas de comida


La escasez de noticias, ese tópico que sigue negando cada año la actualidad imparable del largo paréntesis del verano, favorece que algunos medios publiquen, con cierta timidez, breves reportajes sobre la creciente demanda de alimentos en comedores sociales. Los incrementos producidos en los últimos meses me producen una mezcla de indignación y de temor. Llevo mucho tiempo interesándome por estas situaciones de emergencia social situadas precisamente a la cola de los informativos, cuando todos sabemos que debieran ser noticias de apertura como periódicamente ocurre con la insulsa información deportiva que rodea de un aura adolescente nuestros agotados televisores. En realidad, parece que la audiencia se conforma con dos minutos de reportaje antes del microespacio del tiempo. Desempleados y pensionistas aparecen en una cola en la que empieza a citarse la presencia de jóvenes como si la juventud dejara de ser un estado o edad para convertirse en la condición de pertenencia a un determinado grupo de exclusión social. Lo que está ocurriendo es mucho más importante de lo que  pensamos y de lo que algunos nos quieren hacer creer y es que hay una cierta tendencia, cuando menos a mí me lo parece, a ocultar la parte más digna y resbaladiza de la pobreza.
Ya sabemos que la sociedad occidental hace bastante tiempo que superó esta suprema humillación del hambre. Con la debida distancia, habría que aclarar que aunque hablamos de alimentos, casi no hablamos de hambre física pero sí de un hambre moral que muchos empezamos a sentir a nuestro alrededor con bastante insistencia. La moderna literatura ha sido, en general, poco proclive a relatar los síntomas más enérgicos del hambre extrema e involuntaria; no así de la miseria más solemne a la que suele acompañar no pocas veces una especie de ayuno alucinado. Al margen de la famosa aportación  contemporánea de Frank McCourt, las grandes descripciones literarias del hambre física en Occidente que recuerdo las realizan el denostado noruego Knut Hamsun en su novela Hambre (1890) y el irlandés Liam O´Flaherty con la novela publicada con el mismo nombre en 1937. La vida de ambos portentos resulta tan fascinante como equivocada y hasta terrible, quizá por esa misma audacia que les llevó a explorar sin consideración alguna en las cavidades más oscuras del alma humana.
Lo esencial en nuestro tiempo es recordar la falta de compromiso moral y es que estas nuevas colas de los comedores sociales son una vergüenza que a todos nos afecta, porque ya no obedecen a la pura marginalidad que enciende el abismo del alcohol y otras fatales dependencias. Obedecen sencillamente a la injusticia. Y es que volvemos a las colas ordenadas de hombres desempleados en las que se gestaron las grandes tragedias de Europa durante el siglo pasado, colas de hombres con sombrero y zapatos viejos pero bien cepillados, con trajes algo raídos y corbata y a veces con el periódico doblado en el bolsillo del gabán.
Cuando menos, afortunadamente, la imagen actual de la cola no siempre ataca el pudor de quienes tienen que sufrirla. Con buen criterio, el discreto cámara de una cadena televisiva nos muestra la paciente y multicolor hilera de carritos de la compra, pulcramente alineados y a la espera de recibir una pequeña bolsa de alimentos para sobrevivir.
Aún reconociendo la ingente ayuda institucional, enorme pero cada día más insuficiente, esta ingrata y difícil labor del Banco de Alimentos, de Cáritas y de otras instituciones silenciosas tendrían que interesarnos tanto como el porcentaje perdido en nuestras nóminas de funcionarios.