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lunes, 6 de agosto de 2012

Panorama interior: En la vida de William Stoner


Nunca agradeceré como es debido a mi compañero Ángel Nuñez la viva recomendación que me hizo en la Universidad Jaume I para que leyera Stoner, la reconocida novela del norteamericano John Williams (1922-1994). Estábamos en un seminario de arqueología subacuática al que habíamos sido invitados para aportar el agrio punto de vista de los penalistas y aquel entorno, apacible y amable, resultaba especialmente propicio para tener una primera noticia de esta fascinante novela. Poco después, aprovechando la presentación de mi libro La mirada desnuda la adquirí en Sevilla y la guardé durante algunos meses para leerla con calma en verano.
No resulta fácil describirla. En aquella primera ocasión, Ángel recordó la referencia de un granjero que acude a la Universidad de Missouri en 1910 donde termina siendo un profesor ayudante al quedar fascinado por la literatura inglesa. No le falta parte de razón pero describir así el lento proceso que esta novela construye desde sus primeras páginas, resultaría inexacto. Podría decirse que refleja con una arrebatadora exactitud y agudeza, la explicación por la que William Stoner que acudió para estudiar agricultura, termina vinculado para siempre con el mundo universitario. Vendrán luego otras explicaciones y abismos que deberá alumbrar cada lector.
Parece evidente, no lo recuerdo muy bien, que Ángel aún no la habría leído. De lo contrario, conociendo su firme vocación lectora y suspicacia, seguro que hubiese optado por el silencio y disfrutado por el consejo de su lectura urgente para descubrir yo mismo la savia dulce y agria que destila en cada una de sus páginas.
Desde que comencé a leerla, he buscado todas las reseñas sobre la novela que he podido pero, en mi humilde opinión, ninguna le hace justicia. No basta con señalar que se trata de una indudable obra maestra. Incluso valdría la hipérbole de Borges al señalar en el prólogo de Crimen y Castigo que, como el descubrimiento del amor o como el descubrmiento del mar, el hallazgo de Dostoievski marca en cierto modo el destino de nuestra vida. Es esta una afirmación tan brillante como tramposa porque ese rumbo ya estaba marcado en el alma del lector y el resorte podría haber sido cualquier texto o cualquier poema que merezcan la pena y que sirvan para sembrarnos la inquietud del conocimiento.
Dicen que Stoner es una novela sencilla. No es verdad. Si es verdad que demuestra que las cosas sencillas no lo son o que lo son, por su frecuencia, tan solo aparentemente. La importancia de Stoner se encuentra en que no son los hechos los que alimentan los sentimientos sino al revés. Williams opta por el camino abrupto de las emociones, descubre las virtudes de aquellas sendas del paisaje interior y nos proporciona una sobria, brillante, elegante y compleja lección de inteligencia y de bondad.
También se ha escrito que William Stoner es un profesor mediocre. Tampoco lo creo. Creo que, conforme al criterio de Williams, debió ser un gran profesor porque lo que parece mediocre es muchas veces, cuando se asocia a la discreción, lo excelente, lo mejor ocultado precisa y vorazmente por la mediocridad. Stoner prefiere el mundo cotidiano y el examen lúcido de la rutina para alcanzar la verdad. La mejor literatura contemporánea está repleta de personajes aparentemente mediocres, rutinarios, anodinos y hasta vulgares. Las páginas de cada uno de esos libros decisivos demuestran el inmenso error de nuestro juicio y la irresponsable pérdida de virtud que desangra nuestro tiempo. Valga por todos y por el placer de citarlo el maravilloso ejemplo de Bernardo Soares en el Livro do Desassossego.
Seamos claros y hablemos con sencillez y sin comparaciones. Quienes lean Stoner y tengan un mínimo de inquietud, quedarán simpre agradecidos a Jhon Williams y nunca la olvidarán.

Stoner de John Williams. Traducción de Antonio Díez Fernández. Ediciones Baile del Sol, Narrativa/121. Tercera Edición, 2012.

martes, 17 de agosto de 2010

"Contraluz" de Thomas Pynchon

Cuando Webb siguió su camino, el perro se levantó y ladró un rato, no como advertencia ni tampoco irritado, sólo por mostrarse profesional.

(Thomas Pynchon, "Contraluz", traducción de Vicente Campos)

La fascinación por la lectura alcanza al fiel lector un determinado número de veces en la vida, en ocasiones desde la infancia, otras veces desde la pubertad, normalmente desde la juventud. He recordado estos días la ampulosa frase de Jorge Luis Borges cuando en su prólogo a Los Demonios -en el cénit de su popularidad, a mediados de los prometedores ochenta- comenzaba diciendo: Como el descubrimiento del amor, como el descubrimiento del mar, el descubrimiento de Dostoievski marca una fecha memorable de nuestra vida. Suele corresponder a la adolescencia; la madurez busca y descubre a escritores serenos.
No sé si Thomas Pynchon podría ser calificado como un escritor sereno a sus fructíferos 73 años. Lo descubrí y me deslumbró hace ya algún tiempo, antes de publicar su Mason & Dixon, cuando ya era una celebridad, cuando V y otras novelas escritas por él en los sesenta ya eran verdaderas novelas de culto y cuando a mí me acosaban no pocos problemas propios de una madurez prematura.
Pero el caso es que en este tórrido verano de 2010 he vuelto a sentir la maravillosa sensación de la lectura fascinada con esta extraordinaria novela escrita en 2006 y ahora publicada en España con el título de Contraluz y que nos traslada desde una Metrópolis de alabastro, la imponente Exposición Universal Colombina de Chicago de 1893, quizá el lugar más europeo que haya existido nunca fuera de nuestra infinita Europa, justo la exposición que conmemoraba el cuarto centenario del descubrimiento, hasta el aún más imponente y creciente abismo de la Gran Guerra.
En épocas de ingratitud hacia la verdadera cultura, cuando se usurpa el destino de lo excelente por la mediocridad, siempre tan previsible y obstinada, la lectura de una obra magistral nos regala una buena dosis de dignidad. No tanto para ser más libres o eficaces como para confiar en el destino con cierta honestidad e impaciencia, es decir, rejuvenecidos. Creo que era Borges también quien señalaba que lo que realmente necesita la literatura es un buen número de agradecidos lectores. Mucho anota en su haber nuestro autor porque una vasta muchedumbre de lectores de todo el mundo agradecerán, una vez más, al oculto genio de Pynchon -y de su traductor- este prodigio narrativo que tanto nos consuela y nos reconcilia con el  abrupto viaje de nuestro tiempo.

domingo, 11 de abril de 2010

Panorama exterior: Cuidado con los hombres ridículos

Las noticias recientes de la vida pública española nos arrojan, como siempre, varios rostros y actitudes profundamente ridículas. Temo estos rostros y presencias con toda intensidad: La trágica historia del siglo XX nos demuestra cuánto daño pueden hacer los hombres ridículos. Su potencia para el mal se inicia con nuestra indiferencia, cuando les otorgamos esos metros de ventaja que les permiten auparse unos centímetros sobre el suelo de la infeliz taberna del descontento y la rabia. Nuestra indolencia y cansancio es siempre su mejor alianza.
Se ha escrito y reflexionado poco sobre los seres humanos verdaderamente ridículos y el poder. El misterio es su acceso a la cumbre social y la capacidad para convertir su aparente desvalimiento en una fuerza dominante. No conozco líderes o dirigentes, cuando menos en  Europa,  de aspecto ridículo que hayan hecho el bien. Quizá la maldad se oculta con mayor destreza bajo un rostro que la degrada hasta los límites de la indiferencia.
Ninguno parece darse cuenta de su propia ridiculez. Esa certeza - porqué lo sé no lo soy- redime la sensación de sentirse ridículo y permite, como nos enseñara Dostoievski en su famoso relato, tener un sueño luminoso que rescata el alma de la melancolía. El ser profunda y verdaderamente ridículo nunca lo sabe, ni siquiera lo sospecha y sólo guarda oscuras pesadillas en su imaginación. Si nadie, en un gesto de genorosidad y muchas veces casi heroico, los convence a tiempo de su ridiculez y alcanzan una cierta relevancia  pública, suelen convertirse en una seria amenaza.