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viernes, 9 de mayo de 2014

El tiempo multiplicado (Pregón Feria del Libro de Granada)


Autoridades, señoras y señores, queridos amigos:

Para muchos de los que nos encontramos aquí, una vida sin libros casi no tendría sentido. Y a pesar de ello, de sostener esta firme convicción, creo que ninguno podría definir los libros con una mínima exactitud. De todas las cosas que ha descubierto e impuesto la vida cotidiana, no hay otra que se parezca tanto al hombre como el libro. Quizá por eso no podemos atraparlo en una escueta definición, porque cualquier atributo que quisiéramos otorgarle sería negado de inmediato con algún ejemplo contrario y nunca seríamos capaces de establecer -en unas pocas líneas- cuanto puede abarcar y cuanto puede influir, para bien o para mal, un libro en nosotros y en todo aquello que nos rodea. 
La Academia define el libro como un conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que se encuadernan, pero bien sabemos que algunos, quizá los más apreciados en algún instante de nuestra vida, no son los que tienen muchas sino las hojas exactas que son necesarias para contar aquello que nuestra ilusión de lector esperaba. El derecho administrativo, con su habitual ingenuidad, pretende acotar el libro con exactitud y lo identifica con cualquier impreso no periódico que tenga más de 48 páginas. Siempre ha sido mucho más sugerente la etimología que lo vincula con la naturaleza porque la palabra liber identificaba la parte interior de la corteza de aquellos árboles que se utilizaban en la antigua Roma para escribir antes del descubrimiento del papiro.Para cualquier escritor un libro es, ante todo, un mensaje que va dirigido a sí mismo pero que necesita ver reflejado o expuesto en el interior de los demás. Es una formidable contradicción, una forma de mejorar o empeorar la vida, de combatir el inevitable olvido, de crear un diminuto presente interminable. El escritor procura elaborar una historia que persista en el tiempo, aunque no siempre existe en su voluntad un verdadero deseo de permanecer. Escribir es un acto de generosidad y de egoísmo, incluso de sana codicia y hasta de vanidad, un acto reflejo que construye un mensaje que puede reproducirse de manera exacta cuantas veces queramos y que puede conocerse, a través de diversos ingenios, por un número incontable de personas a las que nunca conoceremos, con las que nunca podremos hablar, pero que a veces lo hacen suyo. Como nos enseñó Borges, todo buen escritor debe sentir más orgullo por los libros leídos que por los libros azarosamente escritos.El libro es también una forma de esperanza. Cobra vida en una voz callada cada vez que lo leemos y se transforma en nuestro interior, modificando su influencia según la encrucijada temporal que recorre o según el ánimo que nos conduce hasta el en cada instante de nuestra vida. Ya sé que todo esto no es mas que una torpe sucesión de opiniones, de rasgos incompletos, de esbozos y otras definiciones apresuradas. Al menos procuran recordar la afortunada relación del libro con el paso del tiempo, con el azar y con la indiferente vida social que los acoge u olvida con toda naturalidad.La acotación material, la forma del buen libro no siempre es una magnitud decisiva para su definición. Hoy día existen formatos que hubieran resultado totalmente incomprensibles hace muy pocos años. Poco importa, porque sabemos que el misterio del libro bondadoso radica en su identidad inmaterial, esa que nos enriquece y se esconde dentro de un simple ingenio mecánico que ha sido creado para facilitar la lectura y propiciar la soledad o el ensueño. Formatos, rótulos o contenidos inverosímiles los hubo siempre y algunos muy cerca de este lugar donde nos encontramos.En Granada, por ejemplo, los famosos Plomos del Sacromonte o Libros Plúmbeos, aparecen hacia 1595 en una sombría catacumba del Monte Valparaíso. El hallazgo, junto a unos huesos humanos, tiene lugar pocos años después de otra falsificación histórica de nuestra ciudad, tan ambiciosa como bien intencionada, la del cofre o caja embetunada hallada en la Torre Turpiana, el legendario minarete de la vieja madraza nazarí que fue desmontado. Y entre los Libros Plúmbeos, esos 22 discos de plomo de unos diez centímetros que pretendían contener nada menos que el Quinto Evangelio, hay uno que nos muestra, sin más, el liso círculo metálico con una pequeña rúbrica casi imperceptible. Una pulida superficie sin rastro alguno de escritura que aquellos granadinos decidieron llamar, quizá para incrementar aún más el misterio de su hallazgo y significado, el Libro Mudo. Y no fue el único que mereciera tal nombre. Otro maravilloso libro mudo se publica en 1677 como un tratado en meticulosas imágenes sobre alquimia y otros secretos de la naturaleza. No olvidemos que también existen buenos libros con pocas o ninguna palabra donde la pintura, el grabado o la fotografía nos trasladan su lenguaje sensorial y discreto, lleno de argumentos y de un sonoro silencio.Libro mudo o paisaje hablado. Así fue definido, como un idílico paisaje que nos hablara, uno de los libros más maravillosos que han sido escritos en nuestra lengua, un espacio ideal en el que la armónica naturaleza protegía el métrico lamento de un joven sin nombre. Naufrago y desdeñado, sorbido por el Mar y luego vomitado sobre la fina arena de una playa remota, ni siquiera conocemos los pormenores de su fortuna, solo el hecho de su completa desdicha y el bálsamo que una ribera generosa promueve en su corazón solitario y ya ausente de ambiciones. Nos referimos a las Soledades de Luis de Góngora, versos que se publicaron en 1614, justamente hace ahora cuatrocientos años, como demostró un bellísimo manuscrito encuadernado en fina vitela y hallado también en Granada, el famoso Manuscrito Chacón. Este cuarto centenario quizá mereciera recordarse en lo que aún nos queda de año, para hacer un acto de justicia literaria y para recordar a los andaluces, cuando atravesamos momentos tan difíciles, la brillantez de su ingenio y la importancia de su historia. Me parece triste y extraño que tenga lugar impunemente este imperdonable olvido.
Esta idea que concibe al libro como una voz que habla en nuestro interior, es quizá la más sugerente y nos acerca a su progresiva humanización con el paso del tiempo. Desde la antigüedad, cada día el libro se ha hecho más fértil y más humano, se ha ido encaminando hacia la persona individual, huyendo del canto colectivo, del ritual atávico, de una lectura impersonal y rutinaria, afirmando que lo más valioso que nos puede ofrecer es la descripción de la sustancia más pura del alma a través de la palabra y por caminos tan variados y dulces como la meditación, la fábula, la comparación lírica o la cruda enseñanza del drama.
La lectura ha sido, desde el comienzo mismo de la modernidad, la chispa que ha encendido en la razón el verdadero compromiso social y ha sido también la llama de esa vivencia única y exacta que a todo lector paciente toca y alimenta durante su vida y persiste junto a él casi hasta el último suspiro que la apaga. El libro ha ido paulatinamente asemejándose al individuo, alcanzando una dimensión más humana, un peso más ligero, entrando en el bolsillo de un abrigo o en la intimidad de una mochila o de un bolso, trasladándose de unas manos a otras sin ninguna dificultad, comprándose por unas pocas monedas y obsequiándonos con esa lectura que convertimos muchas veces en larga conversación, en amistad o en recuerdos compartidos.La panorámica que suele ofrecernos el libro de hoy, es la de un objeto que penetra con eficacia en nuestra intimidad donde lucha por el privilegio del espacio y casi pide perdón a diario por su engorroso almacenamiento en las pequeñas bibliotecas domésticas de alcoba o salón comedor. Siempre podrán leerse en voz alta poemas, romances, lentas salmodias, cantos, himnos, discursos académicos o antiguos relatos, siempre habrá valiosos ejemplares ilustrados, pero el libro triunfante de nuestro tiempo es el libro pequeño de la soledad, el que engrandece este viaje personal sin retorno, aquel que nos deleita mientras contemplamos el paisaje de nuestra vida.Es curioso que muchas de las ambiciones más intensas del presente sean antiguas como las fuentes de nuestra cultura. Las nuevas tecnologías siguen luchando para conseguir crear una vida virtual, pero esta vida imaginaria ya la creó el libro desde las profundidades de la historia. Un libro puede entregarnos una realidad virtual tan perfecta que no precise la imagen tridimensional sino el regalo de la dócil imaginación que, desde niños, aprendíamos a ejercitar como una poderosa virtud. Las nuevas ofertas de ocio sucumben con demasiada facilidad ante una verdad tecnológica que parece ser la única que imprime confianza en la vida social, acortan demasiado ese camino que recorre la imaginación con nuestros sueños y esto debiera preocuparnos porque la brevedad de ese sendero no nos permitirá, quizá, llegar tan lejos como debiéramos en el futuro. No se trata de negar las delicias tecnológicas del presente, se trata de completarlas con la enseñanza más firme de la emoción invisible de la palabra. No olvidemos que el libro desata la imaginación y que esta debe formar parte de nuestra primera patria, que es la infancia y, por tanto, de la formación escolar, tanto como la educación física, las ciencias naturales o la destreza informática.
Dicen que en cada persona confluyen dos vidas: La vigilia y el sueño. Son caminos que a veces se cruzan, que se encuentran y olvidan en una dualidad que incrementa el arcano de la existencia. La lectura incrementa también este misterio de manera que el buen lector, el lector avies o agradecido o el desocupado lector al que se dirigiera Miguel de Cervantes, son conscientes de que en ellos confluyen no dos sino tres ríos caudalosos: El de vivir, el de soñar y el de leer. Porque leer, como bien saben todos los lectores que me escuchan, no es solo leer, es vivir lo leído, es alimentar los sueños del espíritu que trazamos cuando estamos despiertos e imaginamos una vida plena y dichosa para nosotros y para nuestros seres más queridos
Vivir es no saber porqué vivimos. Esta tajante afirmación, verso de un libro inédito que tuve la fortuna de encontrar no hace mucho tiempo, es un destino fatal que acabamos por compartir con el libro como el más cómodo y útil, no equipaje, sino compañero de viaje. Nos iremos/ nos iremos como si nunca hubiéramos venido nos decía con su limpia lucidez el poeta Vicente Sabido, quien nos dejó el pasado año y nos regaló la limpia estela de un puñado de versos antológicos. Pero en tanto nos marchemos, volvamos o no a vernos, el buen libro es ese rastro que se obstina en permanecer, aquello que conserva el lugar salobre donde estuvo la vida, la senda que conduce a respirar el aire más hermoso que pueda disfrutar la condición humana, el rescoldo que agita nuestra mirada y enciende un coro de vivas voces dormidas hasta entonces en nuestro interior.
Un libro rara vez nos importuna. Se coloca junto a nosotros sin otra condición que la esperanza de que lo abras y lo conviertas con tu lectura en un sereno tiempo compartido. El libro siempre está desnudo y tu mirada es el ropaje que le da el aire suficiente para vivir. Aferrarse a un libro suele ser una buena decisión y además a un módico precio. Pero lo más significativo, lo más elevado que tiene su lectura es ese estado puro de complicidad y silencio que a veces nos proporciona y que engrandece nuestro tiempo; un estado para el que la lengua no ha encontrado todavía un nombre propio, quizá por la dificultad de acotar todos sus beneficios y sutiles riquezas.
Quienes estamos aquí y sentimos cierta inclinación hacia la lectura, podríamos recordar esos momentos en los que la atención comienza a concentrarse en el mensaje que nos transmite el libro con una intensidad cómoda y profunda, como si entráramos dentro de él y nos elevara desde una simple situación relajada a una especia de dulce avidez por avanzar en la lectura y conocer aquello que el libro aún contiene. Cobra entonces el libro en nuestras manos un especial valor y tiene lugar un olvido casi completo de aquello que nos rodea y la sensación de alcanzar un gran beneficio inmaterial porque el tiempo que vivimos empieza a multiplicarse y el lenguaje parece un nuevo alimento que ensanchara nuestra mente llenándonos de felicidad. Sentimos un deleite intelectual que se sostiene en el tiempo y nos conduce hasta nuestro propio ser por el camino de la palabra pero en la experiencia de los demás. En esos momentos, el lector vive una especie de encuentro inesperado que lo atrapa sin remedio y lo alegra, como si tuviera dentro de él otra forma de vida singular: Vivimos un estado de pequeña plenitud.Todos los lectores sinceros, cada vez que abrimos un libro, guardamos la esperanza de alcanzar nuevamente ese estado de humilde plenitud y lo cierto es que al empezar a leer sospechamos muy pronto, apenas conocemos las primeras páginas del texto, si tendrá o no lugar. Esa virtud de la lectura es tan valiosa que todos debiéramos contarla a los niños para que intenten buscarla y no pierdan esa capacidad de encontrar un delicado arrobo con el libro que los ayudará a comprenderse mejor. En nuestro recuerdo de lectores está siempre ese libro, no siempre el más elevado y perfecto pero si el más oportuno, que llegó a nuestras manos azarosamente y nos replegó hasta un rincón solitario de la casa familiar, del tren de cercanías o del autobús de línea, para disfrutar de la lectura. Podemos recordar muchas veces ese momento en el que el libro comenzó a operar en nosotros una tímida fascinación por la vida. Es un momento que nos sorprende por primera vez habitualmente en plena adolescencia, cuando el tiempo cincela con mayor energía nuestro temperamento y cuando la experiencia primaria de la vida cobra una importancia enorme: Es esa la edad de las decisiones, los días en los que optamos por adquirir una determinada forma de ser.
La imagen del lector ensimismado se está convirtiendo en una rareza o, mejor dicho, se está transformando en la de un espectador ensimismado ante terminales fijas o móviles de distinto tamaño, en el peatón que habla solo por la calle a un micrófono diminuto o que mira sin parar una pantalla que acapara toda su atención y con la que interactúa a través de las manos o de la voz. Como ya he señalado, nada tiene de malo comprender este nuevo entorno de inteligencia artificial que nos propone el presente, pero comprendamos que la virtud de la lectura ávida y sosegada a la vez, no puede igualarse con forma de comunicación alguna y pasará mucho tiempo hasta que pueda inventarse otra forma tan afortunada y exacta de comunicación desde la contemplación silenciosa del lenguaje.Hay en toda lectura una celebración de la virtud: La de saber descifrar una serie acotada de signos impresos sobre el papel como un sinfín de imágenes ocultas que fueran abriéndose milagrosamente por la fuerza de nuestra razón al descubrir un secreto.
Pero todo esta riqueza de la vida multiplicada del lector guarda todavía otra inmensa ventaja por su repercusión y efecto en la convivencia. Desde esta perspectiva y desde mi ignorancia, no logro comprender como en una situación económica tan adversa como la que padecemos, nadie repara en utilizar con mayor vigor la solución de la cultura. La gran recesión que padecemos en Europa tiene su origen en la insoportable codicia de la especulación más salvaje, se alimentó de la mentira y ha provocado una crisis que es, al margen de una profunda crisis económica, una honda crisis moral, una derrota estrepitosa de la verdad. Negarlo es casi mentir o, cuando menos, estar  profundamente equivocado. Por eso la cultura, el compromiso social que imprime en cada uno nosotros la inquietud por el conocimiento a través de la lectura y la creación, debería ser uno de los caminos que nos libraran con mayor eficacia de esta empecinada lacra social.
Nada descubro cuando hago estas afirmaciones. Federico García Lorca, cuando se dirigió a sus vecinos de Fuente Vaqueros para inaugurar la Biblioteca de su pueblo, ya les dijo que si tuviera hambre no pediría un pan, sino medio pan y un libro. Quizá, si le hubieran hecho caso tantos españoles de su tiempo y hubieran leído más y mejor, no habría vivido aquella monstruosa tragedia que le aguardaba. La inversión en cultura, el apoyo institucional al libro, al cine, al teatro o a la creación en cualquiera de sus manifestaciones, también se multiplica en un enriquecimiento colectivo y honesto, que sostiene proporciones decorosas y que no avasalla otras iniciativas más o menos humildes que sirvan a la formación y al ocio de la ciudadanía. La riqueza de la cultura es la que extiende su beneficio sobre un mayor número de personas y de una manera más justa.
La cultura y la manifestación más intima de todas las que la integran que es la lectura, es ese lujo que cualquier familia se puede permitir con un poco de ayuda institucional. Hablamos de un formidable yacimiento de empleo que genera un consumo responsable, abre la comunicación, enciende la curiosidad, despierta el ingenio y hace brotar la solidaridad de los más jóvenes con aquellos que mas lo necesitan. La cultura verdadera, que tan bien arraiga en el sur ibérico de Europa a pesar de los errores históricos que hemos padecido, nos proporciona una sucesión de útiles ejemplos que combaten el miedo al futuro y nos llenan de confianza en nosotros mismos y en los demás.
Hasta hace pocos años era frecuente que nos hablaran del vicio de leer, pero leer buena literatura no es un vicio sino una elevada virtud. Esta oscura vitola se colocaba en los mejores libros por el miedo que se ha tenido y aún se tiene a la libertad, a la propia y a la libertad de los demás. La buena lectura siempre nos hace más libres, nos permite comparar nuestro estado y entender sus habilidades y flaquezas y comprender mejor el mundo que nos rodea y acoge con tanta indiferencia o desconfianza. El pueblo que sabe leer exige con mayor vigor el cumplimiento de sus derechos fundamentales y controla más eficazmente al poder.
Pero además de soluciones o propuestas colectivas, un buen libro nos ofrece soluciones individuales y a veces muy precisas. Nos ayuda a envejecer mejor, nos permite compartir la salud, la riqueza o la alegría, mitigar la enfermedad o la tristeza y hasta combatir las grandes o pequeñas injusticias con mucha mayor dignidad y con sosiego. Es cierto que no siempre nos resuelve la deuda contraída con el destino o esa duda que nos paraliza y marchita, pero siempre nos ayudará a encontrar las soluciones que palpitan a nuestro lado y no habíamos sabido mirar con los ojos del alma; nos permite corregir el rumbo equivocado y no pide a cambio mas que alguna atención, unas pocas monedas y una cierta disposición hacia el silencio.
El buen libro parece que ha sido escrito solo para nosotros. No nos aconseja, comparte su alma como se comparte la enseñanza de una vieja amistad. Seamos más libres y leamos. Multiplicaremos nuestro tiempo y haremos más grande nuestra esperanza. Muchas gracias por su amable atención y buenas noches.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Panorama interior: La juventud de la ciudad


Pregón para las Fiestas del Barrio del Zaidín del año 2011

Sr. Concejal Delegado, queridas y queridos conciudadanos, señoras y señores:

Constituye para mí un gran honor pregonar estas XXXVª Fiestas Populares del barrio Zaidín-Vergeles y agradezco muy sinceramente que la Asociación de Vecinos haya tenido la gentileza de acordarse de mí en una fecha tan señalada. Yo no soy más que un jurista comprometido con la verdad y no pocas veces abrumado por distintas responsabilidades que ha querido, quizá por ello, dedicar buena parte de su inquietud y de su esfuerzo a la escritura y a la defensa legal de esa relación que sostienen los bienes culturales con la ciudad. De ahí parte un diálogo tan enriquecedor que debe ser entendido y preservado, que nos hace mejores y más libres y que nos permite construir con mayor decisión y acierto nuestro futuro.
Quienes me conocen saben que me gusta recordar aquella frase del gran escritor portugués Miguel Torga cuando señalaba, con su habitual y serena lucidez, que un hombre no es más que la juventud que queda dentro de él. Yo creo que las ciudades, estas viejas ciudades históricas de España y de Andalucía, también son y serán en el futuro la poca juventud que nos queda dentro de ellas. Esta certeza proclama que debiéramos examinarlas con mucha más sencillez, respeto y atención, elevar la cabeza y mirarlas en el espejo de sus barrios y en los nuevos espacios urbanos que las decisiones públicas han ido tejiendo, no siempre de manera afortunada, a su alrededor. Solo así podremos descubrir la verdadera juventud que poseen, una fuerza que acaso les falta en otros distritos más favorecidos o rentables porque será, en definitiva y le pese a quien le pese, la juventud de sus barrios la que les permita solucionar los problemas más próximos y decisivos, alentando una convivencia justa, pacífica y prometedora.
Lamentablemente no sabemos, como regla general y quizá porque ninguna escuela nos lo enseña, mirar con suficiente atención a la ciudad en la que habitamos, un espacio esencial que determina aquellos perfiles más gruesos de nuestra felicidad y casi de nuestra vida. Confiamos en conocer la ciudad solo por pasear por algunas calles céntricas y emblemáticas o por conocer su entorno monumental o por visitar sus centros comerciales y creemos que viendo ese fluido discurrir frente a nosotros ya sabemos cómo fue su pasado y se nos revela cómo será nuestro futuro. Pero estamos profundamente equivocados. Mirar a la ciudad es mirar a sus calles secundarias, contemplar su vida cotidiana y su inquietud, mirar frente a frente a los valores y sueños que alientan el trabajo y el esfuerzo cotidiano de sus habitantes y mirar sin complejo alguno sus problemas como si fueran, todos ellos, propios a un tiempo de cada uno de sus rincones, de todos y cada uno de nosotros. Mirar a la ciudad, en definitiva, es mirar ciudadanos y no contribuyentes y hacerlo en la tarea más cotidiana que les asigna el destino de sus vidas, porque justo en ese cauce de la normalidad –tantas veces olvidado- está lo que realmente somos y lo que podremos llegar a ser, al margen de las veleidades que imponen el tiempo y la fortuna.

I

Leopoldo Torres-Balbás, eminente arquitecto, compañero histórico en la Academia de Bellas Artes y arqueólogo, un hombre cabal y a quien tanto debe la ciudad y el mito de Granada y a quien se debería, por cierto, recordar más a menudo en nuestras aulas, salones oficiales o institutos, cuando leyó su Discurso de Ingreso en la Real Academia de la Historia, por aquellos mismos años en los que empezaba a trazarse este barrio con tanto trabajo y no poca dificultad, agradeció aquel justo reconocimiento y lo hizo considerando que había sido el hombre más afortunado de su tiempo por haber dedicado su vida a la restauración y arreglo de los más notables conjuntos monumentales de nuestra patria y, de manera muy especial, al prodigioso y cercano conjunto monumental de La Alhambra.
Nos aseguró entonces este eminente profesor de Historia de la Arquitectura que los viejos edificios, más o menos alterados por el paso de los siglos, en frecuente complicidad con la fiebre destructora y la torpeza humanas, no son más que islotes, testimonios aislados de civilizaciones desaparecidas. Para intentar comprenderlos, es necesario evocar el ambiente en que se levantaron, reconstruir idealmente el medio capaz de crearlos y el conjunto urbano del que formaron parte.
Esta sabia preocupación que nos recuerda el gran restaurador de la Alhambra le hizo comprender que, para conocer realmente un monumento hay que levantar la vista y mirar todo aquello que habita a su alrededor. Mirar lo que está próximo y mirar también aquello que vive un poco más lejos pero que se vincula con el lugar concreto que admiramos porque allí es donde encuentra su sabia el entorno monumental para persistir, donde bebe la energía que lo mantiene alzado ante nuestros ojos. La ciudad tiene que ser entendida en su integridad y en toda su riqueza y variedad para valorar mejor la calidad de vida a la que podemos aspirar y la inversión que realmente necesitamos para garantizar un desarrollo armónico y suficiente. La ciudad no puede acotarse y hacerse más pequeña con una mirada entristecida y ambigua, por una sensación de incapacidad que nos impida abarcarla en todo su significado y comprender las lecciones que siempre nos proporciona una Geografía de la realidad.
Buena prueba de este mensaje integrador es que el desarrollo urbano de Granada viene colocando al Zaidín en un lugar completamente privilegiado. Lo ha sido casi siempre si examinamos con atención el curso de la historia. De ahí que el desorden inicial de su construcción tienda a corregirse y termine por implicarse en los ejes esenciales de la ciudad, una tendencia más acusada con el pleno desarrollo de las nuevas comunicaciones interiores que debieran integrar completamente este populoso distrito como una referencia básica en el desarrollo de los grandes servicios públicos. Comprender esta realidad y la importancia de su cuidado, es una magnitud esencial para alcanzar el horizonte y nivel que se merece nuestro entorno.
Esta condición valiosa debe ser también una convicción de sus ciudadanos para exigir su mejora y una suficiente atención, para incrementar el compromiso social de sus habitantes y para recordar el pago de aquella Vega idílica sobre el que se asentó y que aún no está definitivamente perdida porque sigue viviendo en el alma de muchos granadinos y aún puede ser recordada mediante actuaciones urbanísticas que sean respetuosas con el legado inmaterial de la historia.
Barrios como el Zaidín demuestran la importancia que tienen los bienes culturales como una condición de presente para restablecer el equilibrio socio económico de una ciudad histórica que vive los problemas más acuciantes de nuestro tiempo con bastante intensidad. Entre sus calles se alza el famoso Alcázar del Genil que demuestra el punto privilegiado del entorno en el que se asienta este barrio que debe reclamar que la iniciativa pública no acumule sus proyectos más emblemáticos y costosos sobre otras zonas céntricas de la ciudad.
Las nuevas apuestas arquitectónicas de la ciudad de Granada que se alzan junto a este barrio sirven como argumento a mis palabras y debieran entenderse como una referencia básica para conocer el sentido y la dirección de nuestro esfuerzo.

II

Me ha resultado especialmente grato comprobar que sus organizadores han querido dar a estas fiestas populares una ambiciosa vocación al titularlas como unas fiestas por la cultura y la dignidad.
Las fiestas que tengo el honor de pregonar demuestran la firme ilusión del Barrio del Zaidín por la cultura como la fórmula más adecuada y responsable de integración social. El programa que se presenta muestra una saludable preocupación por conjugar la cultura y el ocio, recordando todas las edades y manteniendo una serie de jóvenes tradiciones que han arraigado en una celebración singular que ha sabido mantener sus criterios de abierta y generosa participación ciudadana.
La calidad social del barrio del Zaidín ha venido determinada durante los últimos años por la hospitalaria y serena recepción que ha dado siempre a quienes han llegado de lejos para trabajar junto a nosotros. No hay actitud más noble y respetable que la de aquellos trabajadores que deben abandonar su espacio natal sin apoyo ninguno y se desplazan hasta una sociedad que los recibe muchas veces con una excesiva desconfianza. Su equipaje es ligero pero está lleno de ilusión. No es otro que su esfuerzo para rendir y prosperar, el mismo equipaje que tantos granadinos y españoles llevaron consigo hasta lejanas tierras de Europa y América o hasta este mismo barrio desde pueblos alejados de esta y otras provincias de Andalucía para encontrar un futuro mejor o incluso el corto pero profundo camino de aquellos que llegaron desde otros barrios históricos de la misma ciudad de Granada, barrios desbordados demográficamente durante aquellos años de un áspero y falso desarrollismo que comenzó a destruirlos con una total impunidad y con una absoluta falta de respeto a los inmensos valores materiales e inmateriales que atesoraban.
Conocer todo este continuo testimonio vital, compartir tantas ilusiones y proyectos, contemplar tantas partidas y regresos, le ha otorgado a estas calles una enriquecedora experiencia colectiva que debe ser compartida y objeto del mayor apoyo institucional. No es un tópico irrelevante señalar al barrio como un espacio multicultural. Se trata una tarea amplia y plural que eleva la convicción de nuestros derechos y que enseña a quienes dudan de la capacidad de nuestro pueblo para entender el sentido del verdadero progreso.
No cabe duda que este espíritu conciliador es la mayor riqueza de nuestro barrio y es el que permite tan saludable apuesta festiva y desinteresada por la dignidad y por la cultura. La inmigración no es una finalidad en sí misma. A veces viene unida a la idea de temporalidad pero cuando se asocia con la vocación de permanecer, la inmigración solo puede ser concebida en una sociedad democrática como un camino recto hacia la ciudadanía.

III

Si la calidad social del barrio del Zaidín viene determinada por su probada capacidad para la integración del colectivo de inmigrantes, no debemos olvidar que esta filosofía parte de una convicción serena y firme como es la de considerar un indicio de riqueza, justicia y prosperidad el hecho de recibir a quienes trabajan con nosotros para el desarrollo de un presente esperanzador.
Los tiempos han cambiado pero no deben transformar nuestras convicciones. Ahora se trata de superar estas graves dificultades económicas que viene produciendo una crisis que todos sabíamos que tenía que llegar, tarde o temprano, a consecuencia de una cultura fracasada que condena a nuestros jóvenes a un horizonte sin futuro, con escasos valores y lleno de una espesa inquietud. Un tiempo sin rigor en el que todos debemos sacrificarnos y ayudarlos a encontrar ese lugar que les corresponde como nuevos ciudadanos que aporten su esfuerzo a la satisfacción del interés social. No son nuestros hijos, no son nuestros nietos, sobrinos o amigos, somos nosotros mismos quienes fracasamos y quienes nos hundimos en la injusta cortedad que nos impone la insolidaridad de una riqueza que no tiene el sabio origen del trabajo sino el de una especulación egoísta, torpe y salvaje: Se trata de un camino que no llega a ningún sitio, de un viaje a ninguna parte que se adentra con el paso del tiempo en una senda oscura y llena de peligros de no ser por el apoyo de la familia y la defensa de una sociedad donde arraigue la justicia social.
De todos los problemas que pueda sufrir este barrio, estoy convencido que ninguno alcanza la gravedad del problema del desempleo y, en especial, del desempleo juvenil que afecta prácticamente a la mitad de nuestros jóvenes, paradójicamente aquellos que pertenecen a la generación que ha tenido la mejor y más sólida preparación de nuestra historia. Puede que sea más triste cuando esta lacra te alcanza en la madurez, pero sin duda resulta más peligroso y dañino cuando impide la creación de nuevas familias y no responde a la pregunta primaria que cualquier joven se hace al preguntar cuál es el camino que debe seguir en la vida.
Sin alternativas, no hay futuro, no hay proyectos ni la dignidad social suficiente para que nuestra sociedad merezca ser calificada como una verdadera sociedad democrática.
No solo negamos el trabajo a los jóvenes, se lo proporcionamos de forma totalmente precaria, con sueldos insuficientes o ridículos y en condiciones que atentan, en demasiadas ocasiones, contra sus derechos más elementales como trabajadores. Sí, corren tiempos difíciles pero no son igualmente difíciles para todos. Es este un momento para la solidaridad y un momento en el que estas fiestas resultan especialmente necesarias. Porque lo importante no es reiterar que esta crisis económica presenta una severidad inusual. Lo importante de la crisis es comprobar hasta qué punto afecta al clima de nuestros derechos y libertades más elementales y que hemos sabido conquistar como ciudadanos responsables.
Las fiestas del Zaidín son ahora más necesarias que nunca. Útiles para convivir, para que jóvenes, niños y mayores cambien impresiones y experiencias y puedan dialogar, para conocernos mejor y demostrar que el ocio no está reñido con el descanso. Para recordar que somos ciudadanos comprometidos que saben que la alegría es un buen alimento para convivir. 
Muchas gracias por todo, buenas noches y felices fiestas


domingo, 1 de mayo de 2011

Desde la ciudad indefensa hasta la ciudad perdida

Hace algunas semanas publicaba la revista Patrimonio Cultural y Derecho -que edita desde 1997 la fundación Hispania Nostra- un trabajo que tuve la fortuna de firmar con el profesor Carlos Aranguez donde hacíamos referencia al problema, tan visible para los ojos como invisible para el Derecho, de la ciudad histórica indefensa. La cuestión es esencial para el futuro de muchas regiones, como Andalucía, vinculadas con una creciente economía de la cultura que no necesita mirar al hombre del tiempo para ser feliz durante sus vacaciones de Semana Santa; una superación del rentable paquete de Sol y Paella (dicho sea con el debido respeto) que algunos se empeñan en ofrecer al mundo como nuestra mejor aportación a la cultura de occidente.
Es ingrata la continua falta de protección de nuestros bienes culturales. En ocasiones, el aislamiento explicaba su expolio pero resulta inaudito que en una ciudad como Burgos puedan decapitarse las esculturas de San Pedro y San Lorenzo de la fachada gótica de la Iglesia de San Esteban (siglo XIII).
Parece que se ha detenido al supuesto autor, con antecedentes en el robo de antigüedades y que el Comisario Provincial ha comentado a los periodistas, quizá con alguna precipitación, que la pena máxima a la que se enfrenta es la de cinco años de prisión. Al margen de lo mucho que habría que discutir sobre la penalidad que pueda generar esta acción como uno o varios delitos de daños, de hurto y hasta de alteración grave de edificios singularmente protegidos, lo más triste es comprobar esta fragilidad de unos bienes que mejoran notablemente nuestra calidad de vida y que debieran merecer, sin conseguirlo, toda nuestra atención. El móvil podría haber sido el robo de las estatuas completas para su introducción en el mercado ilícito, circunstancia que deberá acreditar la investigación policial y que conjuga al Patrimonio Histórico con otros de sus peligros actuales y frecuentes como el tráfico ilícito, el secuestro de bienes culturales o el blanqueo de capitales.
No somos conscientes de que vivimos, tantas veces, sobre ciudades primero indefensas, luego perdidas. Tampoco de que nuestro Patrimonio Histórico se empobrece, cada día con mayor impunidad, en tanto otras naciones lo siguen construyendo sin pausa. Cada vez guardamos menos ventajas sobre otros lugares que aprecian mucho más que nosotros los dulces frutos de su pasado. El deterioro de los espacios culturales debe ser objeto de un profundo y serio debate porque en situaciones de riesgo y grave crisis económica, los fondos públicos no deben dirigirse al falso mecenazgo de la Administración Pública en fundaciones y patronatos ruinosos que solo nos sirven para engrandecer la nómina y el ego de gestores y artistas normalmente apresurados y mediocres, dedicados con indolencia a la catalogación de obviedades y a señalar aquel instinto más servil para la función social de los intelectuales y creadores. El mecenazgo solo puede alcanzarse desde la privacidad, el apoyo desde la Administración Pública a la cultura no es un ejercicio de voluntad sino un imperativo constitucional.
Nuestras ciudades monumentales tienen que construirse cada día desde nuestro diálogo interior. La mejor protección es nuestro aprecio y nuestra activa indignación para no permitir ese deterioro cómplice y silencioso que nos anuncia su pérdida irreparable.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Panorama Interior: Memorias de un europeo

Creo que la idea de Europa se vincula con la experiencia individual. La expansión de los nacionalismos, con esa terrible paradoja de la identidad disuelta sobre otra identidad hipertrofiada, fue quizá la mayor, que no la única, culpable del gran desastre europeo del siglo XX y sigue, sin que aprendamos la terrible lección de un pasado tan reciente, impidiendo el desarrollo de una nueva nación europea que sepa identificarse con el sustrato común de la libertad y el aprecio por la cultura y las leyes.
No somos conscientes de la influencia que ejerce sobre nuestra vida cotidiana el continente en el que habitamos. Quizá sea esta una influencia mayor que la de otras instancias territoriales mas pequeñas y próximas, siempre determinadas por un entorno que se impone por su propio peso. Nadie reniega de su patria continental: Es lo demasiado grande para albergar todos los sueños y rencores.
La idea más esencial de Europa, como ocurre con las grandes ciudades históricas de Andalucía, reposa en lo irremediablemente perdido. Estos días puedo al fin leer, durante mi escaso tiempo libre, la conocida autobiografía del gran escritor austríaco Stephen Zweig -El mundo de ayer. Memorias de un europeo- y disfruto con su opinión de que el  alma europea quedó desvanecida al finalizar la segunda guerra mundial. Hablamos, por tanto, de un inmenso rescoldo, de un reflejo de lo que fue el continente, de una imagen social y colectiva agitada por la intensa luz del recuerdo.
La opinión de Zweig se basa en su enriquecedora experiencia personal. El mismo la resume en las primeras páginas al señalar que la triste fortuna quiso que conociera dos contiendas mundiales y que estuviera en cada una de ellas en bandos distintos.
Sobre la presencia de un espíritu europeo tendríamos que debatir más a menudo, máxime cuando resulta tan difícil encontrar el acuerdo en materias básicas, domésticas y esenciales en las que andamos inmersos.casi para sobrevivir. Como decíamos, ser europeo es, ante todo, una magnitud personal. Si debe erigirse Europa desde sus cenizas y estas siguen sin apagarse después de setenta años, si queremos que aquel alma desvanecida despierte definitivamente de su dulce letargo, seamos conscientes de que Europa debe construirse desde la insolencia de la juventud, con la fuerza de las nuevas naciones y enfrentando el futuro con toda decisión y limpieza y no con el avaro recuento de las viejas monedas de su historia.

viernes, 11 de febrero de 2011

Panorama exterior: Expolio en el Museo de El Cairo

La violencia descubre precozmente la debilidad y el inmenso valor de los bienes culturales y en especial de los más frágiles y remotos. Los sucesos de Egipto han desencadenado, como cabía esperar, el expolio de algunas piezas arqueológicas de incalculable valor del famoso Museo Nacional de El Cairo. Pocos  lugares saben tanto de expolio como Egipto pero esta no es una cuestión nacional, no es una cuestión de soberanía, no es, como grita  con rabia el Sargento Primero Edward Wels al abrumado Capitán Staros en La delgada linea roja, "una cuestión de propiedad". Nos roban a todos, a todos nos saquean y empobrecen, a todos nos humillan traficando con la voz más valiosa del pasado.
En una ocasión, no hace mucho tiempo, el embajador de la Liga Árabe, precisamente egipcio, me abordó en un acto oficial para comentarme que había conocido mi interés por la defensa del Patrimonio Histórico en Andalucía. Tiene una gran responsabilidad, me dijo, porque nosotros perdimos lo que aquí perdura y los árabes necesitamos desesperadamente que este Patrimonio permanezca. Lo entendí muy bien porque esa misma sensación la hemos sentido muchos españoles al otro lado del Atlántico, cuando hemos contemplado la traza intacta de ciudades que se alzaron un día no tan lejano en las sierras de Andalucía o en los páramos de Castilla.
Ya pasó todo esto en Kabul donde pudo salvarse milagrosamente el tesoro de Bactria, ya pasó en el Museo Nacional de Irak, donde se sustrajeron tablillas de arcilla que nos asomaban a la cuna de nuestra civilización y puede pasar o está pasando en un lugar que es referencia esencial para nuestra especie y para toda la arqueología como es el Museo Nacional de El Cairo.
La agitación social propicia el desorden que incumple la legalidad pero, a veces, también propicia la justicia más duradera. Confiemos que así ocurra en Egipto. El respeto que se tenga a los delicados frutos de su inmensa cultura será una buena medida para calcular la esperanza.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Panorama interior: La dificultad olvidada (fragmento de un prólogo)

La dificultad de una noble labor suele quedar ensombrecida por el grato recuerdo de aquellos que dedicaron su esfuerzo y su virtud a superarla. Cuando se cumplen diez años –nada menos que diez largos años- del absurdo y cruel asesinato de mi compañero Luis Portero García, casi nadie recuerda la enorme dificultad, soledad e incomprensión que tantas veces tuvo que rodear el desarrollo cotidiano de su ingrata labor como Fiscal Jefe de nuestro Tribunal Superior de Justicia.
Quien no tuvo el placer de tratarlo y sólo pudo conocerlo superficialmente en algún encuentro profesional, quien solo puede esbozar el recuerdo grato de su exquisita educación y de su conocido buen juicio profesional, quiere dejar el triste quehacer de glosar sus numerosas virtudes a un selecto grupo de amigos y colaboradores que lo quisieron y lo respetaron con toda sinceridad y que, como he tenido oportunidad de comprobar, lo siguen añorando cuando encuentran su respetada figura tantas veces presente en la vida cotidiana de nuestra ciudad y en el entorno más amable de nuestros tribunales. Sí creo que merezco cierta legitimidad moral para recordar esta dificultad olvidada que envolvió su trabajo con bastante frecuencia, al enfrentar las mismas o parecidas preocupaciones y tener el privilegio de vivir una experiencia tan similar como enriquecedora.
Mi diálogo con Luis Portero ha sido siempre el diálogo de su ausencia al intentar vislumbrar cual hubiera sido su recto criterio a la hora de resolver esos fieles problemas llenos de ángulos oscuros y afiladas aristas a los que ambos hemos tenido que enfrentarnos. Pocas personas podrían comprenderlo como yo y pocas podrían comprenderme a mí como él. Y es que, aunque la realidad del presente tiende siempre a engañarnos, los problemas se repiten y también, afortunadamente, se repiten las soluciones. Por eso, la estela de su amistad me ha permitido -a través de aquellos compañeros que lo recuerdan y nombran con tanto y tan sincero aprecio- que la referencia de sus decisiones pudiera asistir mi torpe criterio y ayudarme a encontrar el camino correcto en más de una encrucijada.
Debemos recordar que la labor profesional de Luis Portero tiene lugar en un momento de singular valor para toda la Administración española. Ciertamente, la España de su tiempo, inmersa en un profundo y prometedor debate territorial, agotaba su esfuerzo sobre otras recientes instituciones y la vieja Administración de Justicia, tenía que resolver con sus proverbiales carencias, el servicio a una sociedad que desarrollaba un nuevo derecho y construía con firmeza su libertad. Entre otras francas debilidades, quizá confiando en la generosidad del esfuerzo de muchos servidores públicos, había olvidado la importancia de una Fiscalía a la que nominalmente se le entregaba la responsabilidad de coordinar y dirigir al Ministerio Fiscal en la Comunidad Autónoma más poblada, la que contaba con un mayor número de procesos en la jurisdicción penal, afectada –además- por graves problemas endémicos de criminalidad, con una infraestructura más que defectuosa y con una plantilla comprometida y esforzada pero insuficiente y desincentivada. Por si fuera poco, se establecía la sede de esta Fiscalía en una ciudad que no coincidía con la capitalidad política de la región, ni con la ciudad más populosa, ni con la comarca de un mayor peso económico y financiero. Sólo la inmensa tradición jurídica de Granada, al margen de otras compensaciones políticas diseñadas durante la transición, con su espléndida Facultad de Derecho, con la sede reciente del Consejo Consultivo, con una tradición jurisdiccional casi cinco veces centenaria, reconocida socialmente y tan brillantemente plasmada en la imponente fachada renacentista del Palacio de la Real Chancillería, parecían justificar la sabia decisión de nuestro Estatuto de Autonomía de 1981 al decidir expresamente que fuera la capital granadina la sede del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, extendiendo su competencia -por razones tan prácticas como históricas- hasta las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.
La idea de una creciente España intensamente descentralizada que hacía del respeto a la diferencia una seña de identidad, diez años después de la promulgación de nuestra sabia Constitución de 1978, no podía resultar ajena al Ministerio Fiscal. Una institución esencialmente estatal e informada por un sólido principio de unidad de actuación, tenía que adaptarse a un nuevo sistema judicial que, por extraño que parezca, aún no había resuelto su acusado anacronismo procesal y tenía que actualizar la legislación básica con urgencia en materias tan decisivas como el proceso civil o la competencia penal. La complejidad de la tarea, aún hoy incompleta, casi siempre entorpecida por la falta de un adecuado consenso parlamentario, se vinculaba continuamente con las funciones a desarrollar por el nuevo Fiscal Jefe del Tribunal Superior de Justicia quien tenía, si quería cumplir correctamente con su deber y como una especie de penitencia añadida, que reflexionar pública y anualmente en su Memoria sobre las carencias y necesidades materiales, normativas y personales de la Administración de Justicia en Andalucía y exponer su fiel reflejo en el conocido documento fiscal para la actualización de los derechos fundamentales de la ciudadanía y para la satisfacción del interés social que debían proteger los fiscales andaluces con sus acciones legales y recursos
…Toda esta situación normativa, torpemente esbozada, demostraba que la misión no era sencilla y provocó que muchas miradas, no siempre amables y bienintencionadas, se centraran en la Fiscalía de nuestra ciudad, con la llegada de Luis Portero, para comprobar la viabilidad de una nueva y ambiciosa apuesta organizativa que constituía un capítulo especialmente importante en la historia de nuestros tribunales porque marcaba, en buena medida, gran parte de su futuro.
Contaba Luis Portero para el desempeño de su labor con una sólida formación intelectual, con experiencia extensa en funciones de Jefatura y con esa inquietud que tan claramente distingue a los verdaderos servidores públicos y los distancia de aquellos oportunistas amaestrados por el instinto sectario que a veces ensucia el ejercicio del poder. Desde un principio, la labor del Fiscal Portero procuró trasladar la necesidad urgente de dotar a la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de una posición diferenciada de la Fiscalía Provincial y así lo recalcó y repitió hasta la saciedad sin conseguirlo y recibiendo -no pocas veces- la ingrata respuesta de la ambigüedad. En segundo término, reclamó la importancia de un nuevo Estatuto Orgánico que otorgara al Fiscal Jefe del Tribunal Superior una asistencia técnica continuada y suficiente que pudiera volcarse en aquellas necesidades más acuciantes y recurrentes de las Fiscalías provinciales andaluzas y que permitiera al Ministerio Fiscal rendir un correcto servicio a la ciudadanía. En tercer lugar, quiso promover el respeto institucional como un elemento básico de coordinación y la unidad de las fiscalías andaluzas para fortalecerlas y para que pudieran ofrecer una respuesta uniforme y autorizada a los exigentes retos que marcaba la preocupante evolución de la criminalidad y el atisbo incipiente, aún más preocupante, de la corrupción.
Estas y otras profundas inquietudes de Luis Portero deben ser conocidas y recordadas justamente ahora para que no se olviden y para que el tiempo pueda ponerlo en su sitio y reconocer la importancia, al margen de la terrible tragedia de su muerte, de su extensa labor como el primer Fiscal de Andalucía. En general, las sociedades contemporáneas conocen muy poco el pensamiento y la biografía de sus grandes juristas. Incluso en el ámbito universitario o profesional, es relativamente difícil encontrar una cultura media que conozca las coordenadas esenciales de la vida y destino de quienes tanto se esforzaron por entender y aplicar la solución de las leyes. Esta incívica parquedad sigue siendo un error impropio de nuestra patria que promueve muchas incomprensiones y que entorpece nuestra convivencia. Por eso los juristas deben completar el abrumado templo de las humanidades y comprometerse y darse a conocer y convertirse en una referencia para la juventud más formada e inquieta y para el debate de las más elevadas discusiones sociales.
Los esfuerzos de Luis Portero para que pudiera crearse dignamente una Fiscalía de Andalucía son ahora un acertado e incontestable imperativo legal y estatutario que ha merecido el respaldo constitucional y la unanimidad de los legisladores. La Fiscalía Superior de nuestro tiempo es muy parecida a la que trazara con tanta ilusión en sus informes anuales y a la que dictara en sus periódicas reflexiones doctrinales o académicas. El tiempo, en definitiva, le ha dado generosamente la razón en muchas propuestas que sostuvo hace más de veinte años con su habitual discreción y casi siempre desde una soledad, porque no decirlo, casi completa. Este libro sólo pretende conmemorar el rotundo fracaso del odio que lo asesinó, recordar su enorme sacrificio personal y el de toda su familia y recuperar,  junto al cariño de un viejo grupo de amigos y colaboradores, un texto interesante y poco conocido por el público en general. Pero además, este grave aniversario, cuando menos, con su fría ráfaga de tristeza, nos regala la invocación de un nombre justo y esto siempre nos ennoblece, nos limpia el alma de viejas deudas y rencillas y nos hace más libres y mejores. Invoquemos el ejemplo de Luis Portero pero también las muchas dificultades que tuvo que vencer para persistir y caminar con la cabeza erguida. Es este, probablemente, el mejor argumento que nos queda para transmitir el verdadero valor de su memoria.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Panorama exterior: Llanuras de La Calahorra

La acertada decisión de proteger las llanuras que rodean al imponente castillo de La Calahorra, me compensa levemente el disgusto de hace pocas semanas por el daño sufrido en la Catedral Primada por el estruendo de la impertinente mascletá que la autoridad municipal acaba de instaurar en la ciudad de Toledo. Las grandes fortalezas siempre se han utilizado como ejemplo de la necesidad de proteger el entorno relacionado que las circunda. Pocos edificios conversan de manera tan patente con aquello que les rodea. He visto falsas fortalezas puramente decorativas y ancladas en la orilla de frondosos bulevares de ciudades remotas que añoraban la memoria del Medievo legendario y que solo podían engañar a los niños mas soñadores. Cuidadosas fortalezas legendarias, como la Torre de Belem, ubicada en la  desembocadura de nuestro Tajo, bellísimo baluarte de artillería que sólo puede ofrecer al invasor de Lisboa el estupor de su equilibrada belleza para vencer el asedio.
Pero las verdaderas y auténticas fortalezas dialogan más que ningún otro edificio con el rigor  provechoso de la naturaleza: El suave collado castellano, el pico inaccesible de fortalezas apartadas, como mi admirado Marvao, sobrios árboles milenarios, el río caudaloso que las abraza como hace el Guadiana con la austera alcazaba de Badajoz, una relación que se produce sobre los precedentes elementos de un entorno natural que sirve para  disuadir, para incrementar su fuerza defensiva, para abastecer o tranquilizar a los defensores. Construir una pequeña central térmica en el preciso recodo de un río que aísla un pequeño castillo, puede ser tan dañino como mandarla construir en su patio de armas.
Por eso esta decisión de proteger una llanura de la Andalucía más austera y celeste se convierte en un indudable acierto que jalona la defensa eficaz de nuestra historia. Para proteger una llanura es necesario contar con una profunda visión del mundo y de su entendimiento. Mi enhorabuena a quienes hayan sido capaces de proponer y asumir esta manera de mezclar los perfiles del tiempo.
Por cierto ¿cómo son ahora las fortalezas? Alguien las ha visto, alguien sabe de qué forma se integran en el paisaje? ¿Dejaron, tal vez, de construirse o es que ya no es posible defenderse del  fuego de las armas?