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domingo, 24 de enero de 2021

Porque olvido

Mi imperdonable tardanza en anotar la lectura de Porque olvido, la última entrega del poeta Álvaro Valverde, me ha permitido comprender mejor algunas pautas o razones más calladas que palpitan por debajo de las páginas de este libro tan singular y que han quedado depositadas con una gran fuerza en mi memoria. Quizá esta persistencia de las ideas se deba a una especial inclinación del autor hacia la verdad, sin duda incrementada porque partimos de una coincidencia estimable: nuestro autor publica esta personal bitácora cuando se acaba de jubilar y abandona su vocación ingente como maestro y ahora comprendo, quizá por conjugarla con esta noticia tan personal, que la virtud esencial que nos ofrece de la vida literaria propia y ajena es, nada menos, que cierta explicación del oficio poético como destino en una época tan desordenada, tan poco aplicada y suculenta y -en gran medida- tan perdida como esta que nos ha tocado vivir dentro del ingrato panóptico digital.

 

Al recordar el tono de alguna reseña previa de autores muy reconocidos, siempre respetuosas y positivas, advierto en ellas, una leve desilusión. Como si les faltaran anécdotas impostadas, comentarios jocosos o exagerados, juicios negativos o algún que otro chascarrillo. En fin, la salsa que inunda platós culturales y otros menesteres de quienes procuran acortar la experiencia para romper la verdad. Pero Álvaro es fiel a su estimable biografía periférica y no pierde nunca el dorado perfil de las cosas sencillas y su deber de contar lo que verdaderamente piensa y pasó con la habitual decencia que adorna su carácter.

 

Son varias las paradojas que se asocian al diario del escritor. Palabras secretas con vocación pública, libro escrito en la tediosa soledad del que procura justificar o enaltecer el fracaso o el éxito, voces de inquietud que hablan al personaje inventado de uno mismo, mensaje dirigido a un grupo determinado de devociones o de imaginarios enemigos. Tampoco falta en esta nómina incompleta de extrañas motivaciones, como ya hiciera el controvertido José Luis de Vilallonga en sus extensas Memorias no autorizadas, la razón más sencilla, recogiendo el sabio consejo de su abuela, la marquesa de Portago, de anotar en un cuaderno de tapas oscuras todo aquello que le ocurra y no deba olvidarse. En el caso de Álvaro, hay una convicción antigua que opera casi como un cotidiano deber escolar. La aplicación en la factura de sus deberes con la cultura y, en especial, con la poesía y, aún más especialmente, con la poesía en Extremadura; le lleva a conducir innumerables horas para poder palpar directamente encuentros y observaciones de quienes nutren su territorio existencial. Escucha, reflexiona, comenta textos y otros comentarios, observa y recuerda amigos y Maestros que nos abandonan yendo de un lado a otro con el sobrio equipaje de la inquietud.

 

Al margen de estos interesantes comentarios sobre la voz propia y otras voces ajenas, creo que el libro guarda otro libro dentro del que nuestro autor, quizá, solo nos muestra una parte. Me refiero a la nómina de paisanos anónimos a los que encuentra en su paseos cotidianos por los alrededores de Plasencia y entablan con él un diálogo lacónico y apresurado que esconde, en algunas ocasiones, enseñanzas más que notables. Espero que algún día, si estoy en lo cierto, podamos descubrir esa extraña y peripatética galería de certeros personajes, que operan como el espejo que contempla los pasos del poeta para que pueda integrarse en el entorno y conocerse mejor.


Álvaro Valverde. Porque Olvido (Diario 2005-2019). Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2020, colección Perspectivas.

lunes, 2 de septiembre de 2013

"Plasencias" de Álvaro Valverde: La luz de una sabia codicia

Hay una expresión plural de los espacios habitados por nosotros mismos que es la que mejor marca la distancia y, en especial, la más pura y fatal de todas las distancias, quizá la única que deba ser tenida en cuenta porque ningún esfuerzo puede cubrirla, al margen del artificio de la imaginación: justo la que nos marca el paso arrebatado del tiempo. No he conocido en muchos años, un libro que plantee tan ordenada y pulcramente su apuesta por encontrar esta expresión de todos los que fuimos como Plasencias, la última entrega de mi admirado Álvaro Valverde.
Reflexionar sobre el lugar acotado que ha sido nuestra propia vida y codiciar con tanta ilusión la forma de citarse con el pasado, de escudriñar en el recuerdo y señalar ese destino que anidaba ya entonces dentro del que fuimos para conjugarlo con el sorprendente futuro que acabó por imponerse, siempre a través de la palabra pesada en la frágil balanza de las emociones, es una  delicada labor que consigue encendernos un cúmulo de sensaciones reconocidas y ajenas, aproximadas a nuestra experiencia dormida que se ilumina con una lectura enriquecedora. Se trata de una experiencia que, como todo lo importante, nos resulta tan difícil de explicar como fácil de sentir.
No es la primera vez que la inquietud de Álvaro Valverde contempla los nobles muros de su ciudad natal. Ya sabemos que se trata de un recurso hábil y antiguo, difícil de aplicar pero que si es dominado por el pulso del poeta, le permite cosechar el éxito de frecuentes hallazgos que explican mejor lo sucedido y que sorprenden tanto a él como al lector más escéptico o malintencionado al que pueda enfrentarse. Es como si la vida se escribiera de nuevo y el recuerdo llegara desde un punto alejado de su yo, desde una especie de fértil memoria compartida.
Álvaro refiere la voz poética -una y otra vez- hacia un lugar real, pero también hacia una ciudad más real aún que la que sigue habitando por la eficaz distorsión del olvido. Se dirige hacia un  escenario paradójico, próximo e inerte que es propio y ajeno a la vez, hacia un espacio escondido y poblado por los seres más queridos, por esas cosas vivas que nos están mirando y cantara la juventud de Ángel Crespo o por la simple indiferencia natural del tiempo. Incluso se percibe esporádicamente, en alguno de los lugares descritos, una presencia extraña que aún no ha podido descifrar la lucidez del autor.
En este precioso libro, la contemplación de nuestro paso en el  camino, en el espacio habitual o en el paisaje doméstico engendra una nueva luz. En realidad, lo que hace el autor es atender al viejo sortilegio de la mejor poesía contemporánea. Wallace Stevens publica su primer libro con 44 años quizá porque pensaba que perdida la fe en Dios (que no necesariamente la creencia), nos encontramos con un espacio vacío que solo puede cubrir la poesía. La fe del poeta abandonado a su suerte, se convierte así en una actitud, en una sabia codicia y como la fe católica, la misma que Bergoglio comenta en su reciente Lumen Fidei, la fe que sostiene en la poesía es una luz para sus ojos, para los ojos del alma que son muchas veces los ojos de un recuerdo meditado y preciso que trasciende a los demás.
El ejercicio de sencillez y autoridad que Álvaro Valverde desarrolla en este libro editado y escrito en Extremadura me ha llenado de satisfacción y orgullo.