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domingo, 28 de octubre de 2012

Miradas hacia dentro

 

Encuentro en la red esta fotografía en la que se ve a mi padre, Antonio García Orio-Zabala, entrevistando al gran torero Carlos Arruza en una cafetería de Badajoz, probablemente a mediados de los años cuarenta. El Ciclón, sobrino de León Felipe al que se dice que llevaba de viaje por todo Méjico en el coche de su cuadrilla, había vuelto a España en 1944 en base al famoso Convenio Taurino Bilateral. Debutó en Las Ventas un 18 de julio en una corrida presidida por el General Franco y aquello le distanció del brillante exilio español que tanta influencia (y tan beneficiosa) ejercía en su país natal tras la generosa acogida del presidente Lázaro Cardenas.
Esta fotografía me la enseñó hace mucho tiempo mi buen amigo Antonio Galván, el pintor. La tenía porque su padre aparece detrás con corbata y un traje cruzado. Ni conozco a su autor ni conozco a los otros tres personajes que parecen tener, cada uno de ellos, distintas y poderosas razones para encontrarse allí. Mi padre -en aquellos años- colaboraba en el diario Hoy, pero también en algunas publicaciones de la época de larga tradición taurina como Dígame o la revista sevillana Oiga. No sé si coincidirán en el tiempo, pero la imagen cuadra con todo aquel mundo de semanarios gráficos de actualidad que marcaban el ocio de los españoles.
En cualquier caso la imagen es un tanto extraña y entrañable. Transmite una sensación pasajera y esa curiosa intimidad que nos brinda la butaca de un tren de largo recorrido. Al verla, uno desea recuperar la visión de todo el Café y comprobar quienes estaban alrededor de la mesa mirando la conversación, quizá unos pocos, quizá una pequeña muchedumbre ociosa. Consigue trasladarnos una forma de confianza, el ambiente de un espacio perdido pero que a todos nos resulta familiar. Faltan más de veinte años para que Arruza muera en la carretera de Toluca, pero ya hay algo en su porte que delata una vida aventurera y compleja y hasta cierto signo trágico merodeando a su alrededor. Mi padre anota pero da la sensación de que duda y hubiera deseado escribir algo distinto y quiza mejor que su respuesta ...

miércoles, 20 de abril de 2011

Panorama interior: Tristeza de los gritos

Hace pocos días tuve oportunidad de debatir con un grupo de juristas mejicanos algunas cuestiones propias del proceso penal de nuestro tiempo. Uno de mis colegas más jóvenes me preguntó que era lo que mas me preocupaba de la situación actual. Hubiera sido complejo acotar el perímetro de lo que entendamos por situación actual pero, como ocurre con esas cosas más importantes de la vida que no alcanzamos a definir, sentí al instante a qué se refería y qué sustrato común nos unía en nuestro quehacer sobre la aspereza cotidiana del trabajo en los tribunales.
Creo que lo más preocupante de la situación actual es, le comenté, al margen de la vigencia y el poder de los gritos como fórmula básica de debate, la generalización indebida o apresurada. Tiene lugar cuando se critica genéricamente y con extrema dureza la actuación de los poderes públicos en la lucha contra el crimen y la corrupción, es la falacia de conseguir un conclusión apetecida desde una proposición inconsistente, falsa o simplemente tergiversada, es un problema de lógica social de tal magnitud que empobrece cada día nuestra vida pública, es una conducta irresponsable que engrandece algunos personajes ridículos y que además nos condena a un horizonte mediocre, bastante peligroso y lleno de contrariedades.
Los gritos, incluso los gritos de alegría, suelen ser tristes. A estas alturas no espero convencer a nadie: Creo que luchar contra la victoria del ruido sobre la palabra es, acaso, una aventura personal. Gritar puede ser bueno y hasta necesario pero hay que gritar de manera excepcional. En fin, han sido demasiados años sin corrección y ahora parece demasiado tarde.
Con la generalización indebida o apresurada, acaso, nos quede un resquicio de esperanza. Hasta la define la wikipedia como un problema lógico que debe ser combatido con cierto optimismo y la fuerza de la razón. Lo más grave de la situación actual, le dije a mi amable colega, es que se critican los errores generalizando y esto produce un efecto devastador porque mezclar a todos es falso, incrementa la injusticia y genera una automática condena a la desesperación y la amargura. No hay lugar en el mundo -le dije- que precise como Méjico distinguir a quienes cumplen honestamente con su deber: Mientras que no distingan no solucionaremos la situación actual. Pues mire, me contestó, entonces nuestro Méjico es el mundo. Y ambos sonreímos de mi torpeza.