sábado, 15 de marzo de 2014

EL ENSAYO COMO COSTUMBRE (critica de Antonio Moreno Ayora)

Jesús García Calderón, jurista y poeta, tiene más que demostradas ya esas dos condiciones personales, que por añadidura conviven al unísono con la de ensayista consumado. Es esta última faceta la que acredita fehacientemente, sin ir más lejos, en el libro que le ha publicado recientemente Anfora Nova: El mal de la muralla, setenta y cinco páginas desglosadas en diez secciones en las que el autor, teniendo como fondo la ciudad de Lugo --en la que ejerció por un tiempo como fiscal jefe--, traza con lirismo "Un ensayo de psicología colectiva, de urbanismo, hasta de literatura", según precisa Jorge de Vivero al prologarle el volumen, del que además comenta que durante su lectura logramos "tener asegurado un rato lleno de amenidad y de interés", Son estas afirmaciones, sobre todo, las que habremos de constatar por nosotros mismos.
Y lo primero que vamos comprendiendo según avanzamos por las citadas secciones (por ejemplo, El barco de piedra, Una pequeña patria, La idea de centralidad ) es el concepto que asienta como "mal de la muralla", entendido como la costumbre de reflexionar dentro del entorno urbanístico que delimita la muralla lucense para volcar en la reflexión sentimientos de aprecio, admiración y sentido moral con agudeza y equilibrio de filósofo: "Y es que el mal de la muralla construye una geografía interior asociada con el entorno pero no coincidente con él, porque no es lo externo lo que importa sino su reflejo en el interior de nosotros".
Repetidamente, el autor vuelve una y otra vez sobre sus pensamientos para ir elaborando un discurso en el que la unidad temática es invariablemente Lugo y su embrujo histórico, social y literario, todo ello configurado a partir de una ciudad recóndita en la que hay "una ciudad dentro de la ciudad, un círculo esencial que se expande y abre a nuevas dimensiones urbanas pero siempre relacionadas con el molde originario".
Así, en la reflexión y disquisición sentimental que quiere ser este libro caben sorprendentes análisis sobre literatura --en este caso, española, gallega e inglesa--, arte, arquitectura, filosofía, extendiéndose hasta conceptos tan controvertidos como el espíritu lugués o la ajenidad, y es todo ese conjunto lo que lo convierte en paradigma de ensayo plural, diversificado y riguroso, o sea, en uno más pero también único de los ensayos que con acierto y emoción concibe y escribe Jesús García Calderón. En ellos la prosa adquiere tan frecuentes tintes de lirismo que a ella puede aplicarse la misma definición que de su poesía hizo hace algún tiempo Antonio Carvajal, quien la encumbra "por su honda verdad como una forma de poesía de la vivencia y basada en un amplio conjunto de valores individuales y sociales".

'El mal de la muralla'. Autor: Jesús García Calderón. Edita: Anfora Nova. Rute, 2013.

Diario de Córdoba. Cuadernos del Sur. 15 de marzo de 2014

viernes, 17 de enero de 2014




Sobre el yacimiento arqueológico de Los Mondragones
Por una urgente declaración como Bien de Interés Cultural

Hace algunos meses tenía lugar en la ciudad de Granada, a consecuencia de distintas obras de construcción, el descubrimiento fortuito de unos valiosos restos arqueológicos en el solar del antiguo cuartel de Los Mondragones, justo en la confluencia entre el Barrio de la Cruz y el de Doctores, espacio densamente poblado y de un alto valor comercial. Se descubría entonces una gran villa romana que podría datar del siglo I con un complejo entramado de prensas pertenecientes a una almazara de gran importancia, dependencias relacionadas con actividades de explotación agrícola, una necrópolis, un posible mausoleo o basílica y una amplia vivienda, seguramente de la familia propietaria de la finca, demostrativa de una alta calidad de vida, con un patio ajardinado, una fuente monumental central y un pasillo a su alrededor, todo ello junto a una serie de habitaciones y espacios que envuelven armoniosamente todo el conjunto. Los restos descubiertos, en especial la decoración de sus pavimentaciones, todas ellas de mosaicos policromados de excepcional conservación y de una gran belleza, demuestran el intenso poder y elevado nivel cultural de sus sucesivos moradores durante un dilatado período de tiempo. Es posible que el hábitat perviviera hasta los primeros siglos de la Edad Media y que tuviera ya entonces aquel lugar para los pobladores de nuestra ciudad una patente condición de antigüedad.
Desde el primer momento esta Academia mostró su preocupación ante la falta de información pública sobre un hallazgo de tanta importancia; mostrando su parecer en sendos comunicados que se hicieron públicos en los meses de mayo y noviembre del pasado año y que procuraban alertar sobre la necesidad de proteger y conservar in situ los restos descubiertos por su innegable e inmenso valor. Además, en los días 15 y 16 de octubre de 2013, se organizó un debate público y científico sobre Arqueología y Ciudad Histórica en cuyo trasfondo se encontraba la voluntad de dar a conocer a la sociedad granadina la importancia de este yacimiento y de propiciar un análisis riguroso sobre la necesidad de preservar los bienes arqueológicos, de manera que la ciudad histórica no los considere como un elemento pasivo de su realidad más próxima que de algún modo limita su futuro, sino como una valiosa magnitud que lo incrementa o enriquece por la importancia incuestionable que ha cobrado en nuestro tiempo –y Granada es un ejemplo muy expresivo de todo ello- la llamada Economía de la Cultura.
Con fecha ocho de enero de 2014, la asociación Ciudadanos por Granada se ha dirigido a nuestra Corporación para que conozca su iniciativa de reclamar a las autoridades culturales competentes de la Junta de Andalucía, la declaración de este yacimiento como un Bien de Interés Cultural, todo ello conforme a lo establecido en nuestra legislación estatal y autonómica. Efectivamente, el artículo 1º de la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español señala que los bienes más relevantes que puedan integrarlo deben ser declarados Bienes de Interés Cultural y en el mismo sentido, los artículos 6 y siguientes de la Ley 14/2007, del Patrimonio Histórico de Andalucía, recuerdan que esta posibilidad se encuentra plenamente vigente en nuestra Comunidad Autónoma, donde pueden integrarse tales Bienes de Interés Cultural en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, gozando con ello de una singular protección y tutela.
Es un hecho notorio que la importancia y valor del hallazgo se han incrementado con el estudio del terreno realizado con metodología arqueológica y que plantean la necesidad de completar una valoración científica solvente acerca de su verdadera extensión. Es imprescindible alentar una labor pública que permita fijar cual deba ser el área de protección, cuáles las servidumbres arqueológicas que deban trazarse y elaborar un proyecto de estudio, en definitiva, que sea suficiente y veraz y que permita la conservación del yacimiento arqueológico y de cuantos elementos lo componen, como señalan los principios inspiradores de la legislación cultural, justo en el lugar donde se encuentra. Todas estas circunstancias exigen que las autoridades competentes otorguen la máxima figura legal de protección que contempla nuestro ordenamiento jurídico y que, tal y como está previsto en las normativa aplicable, esta protección se despliegue de una manera inmediata, con carácter provisional desde la incoación misma del expediente administrativo y en tanto puedan cumplirse los sucesivos trámites que son preceptivos.
La Academia entiende que uno de los mayores aciertos de la Ley estatal 16/1985 fue la de consagrar que cualquier persona, conforme a lo señalado en su artículo 10, podrá solicitar la incoación de expediente para la declaración de un Bien de Interés Cultural. En el mismo sentido se pronuncia el artículo 9 de la Ley 14/2007 al señalar que cualquier persona física o jurídica podrá instar a la Consejería de Cultura como organismo competente de la Junta de Andalucía y mediante solicitud motivada, para que lleve a cabo la inscripción de un bien en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural. Esta saludable implicación de la ciudadanía en la preservación de nuestro Patrimonio Histórico, incluso merece una expresa mención en ambas leyes. La ley estatal en su artículo 8 establece que las personas que observen peligro de destrucción o deterioro en un bien integrante del Patrimonio Histórico Español deberán, en el menor tiempo posible, ponerlo en conocimiento de la Administración competente, quien comprobará el objeto de la denuncia y actuará con arreglo a lo que en esta Ley se dispone. Por su parte la Ley autonómica en su artículo 5 también se refiere a la que llama colaboración ciudadana, recordando que todas aquellas personas que observen peligro de destrucción o deterioro en un bien integrante del Patrimonio Histórico Andaluz deberán, a la mayor brevedad posible, ponerlo en conocimiento de la Administración competente, que llevará a cabo las actuaciones que procedan. Esta es justamente la encomiable actitud de compromiso mostrada por la organización ciudadana que se dirige a la Academia de Bellas Artes de Granada para recabar su apoyo, cuando sostiene una petición tan justa, que se realiza en términos razonables y con el aval de estudios científicos ya publicados, pese a lo reciente del descubrimiento, (una muestra más de su valor) a cuyo contenido extenso nos remitimos.
Este yacimiento arqueológico, en buena parte aún por descubrir, por su incalculable valor, constituye un excelente archivo que contiene alguna de las claves que son necesarias para comprender una parte muy importante de la vida milenaria de esta ciudad. El carácter monumental de Granada no se agota en sus calles céntricas y en determinadas áreas monumentales mundialmente conocidas. Los  bienes culturales y especialmente el Patrimonio Arqueológico oculto cumplen una finalidad social ya que permiten compensar, con su aparición fortuita y con el tratamiento urbanístico adecuado, aquellos espacios urbanos que han sufrido una mayor densidad residencial por la victoria de fórmulas de gestión del suelo desafortunadas por su origen meramente especulativo y que cuentan –por ello- con peores equipamientos colectivos. Estos hallazgos deben entenderse como verdaderos regalos que nos brinda a la ciudadanía la propia naturaleza de la ciudad y su larga historia, un generoso regalo, un fruto valioso, una oportunidad imprescindible que no debemos desaprovechar.
Al margen de todo lo anterior, los estudios realizados extienden la importancia del yacimiento hasta los 45.000 metros cuadrados y, con independencia de aquellos valores que lamentablemente hayan podido sufrir un deterioro irreversible, por su interés e importancia científica, tratándose de suelo de titularidad pública, esta realidad exige, tal y como reclama la organización Ciudadanos por Granada, la urgente declaración del yacimiento arqueológico de Los Mondragones como Bien de Interés Cultural pero en su totalidad y no solo en un pequeño perímetro acotado para que no entorpezca un desarrollo urbanístico que debe ceder ante los intereses colectivos que puedan estar en conflicto, buscando siempre alternativas razonables y recabando los medios materiales que sean precisos, incluso a la Unión Europea. Hay que recordar, una vez más, que la protección y conservación de los bienes arqueológicos es uno de los principios rectores de nuestra vida social y económica de acuerdo con lo establecido, entre otros, en el artículo 46 de la Constitución Española o en el artículo 68.3.1º del Estatuto de Autonomía para Andalucía. No solo se trata de una decisión acertada: Se trata de un imperativo constitucional.
De lo contrario, cabría entender que pudiera tener lugar una verdadera situación de expolio. No expresamos exageración alguna. Conforme se define en el artículo 4 de la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español, se entiende por expoliación toda acción u omisión que ponga en peligro de pérdida o destrucción todos o alguno de los valores de los bienes que integran el Patrimonio Histórico Español, o perturbe el cumplimiento de su función social. Atender la motivada solicitud realizada por la asociación Ciudadanos por Granada, al margen de un imperativo legal de primer orden, sería la mejor forma de respetar nuestra cultura y de proteger un extraordinario legado que nos permite dialogar con nuestro pasado e ilumina el futuro de una gran ciudad histórica como Granada.

Dado en Granada, Palacio de la Madraza, a  nueve de enero de 2014

El Pleno de la Academia de Bellas Artes de Granada

lunes, 6 de enero de 2014

Poema

El Prisionero

Recuerdo en año nuevo mis viajes
y mi cautiverio. El prisionero
se traslada muy lejos pero guarda
una celda prendida de su pecho
que lo encierra aunque cruce
lejanos territorios y hasta ocasos.
Esa celda invisible guarda el tiempo
de sus preocupaciones, una venda
que aparta de sus ojos el camino,
una experiencia ingrata
que vierte soledad
y reduce la vida
al deber por cumplir y a sus peligros.
En cada paso un riesgo innecesario,
en cada atardecer una derrota
y en el insomne amanecer percibe
solo un lento presagio. Yo confieso
que he viajado apresado en mi destino
y contado ambicioso
las horas que faltaban al regreso.
He sido el funcionario preocupado
por sus tristes deberes
en Panamá, en La Habana,
en ciudades de África,
cruzando la Toscana o los Balcanes,
en lugares agrestes que me hacían
mejor y más pequeño, señalando
el indolente rumbo
de las obligaciones que se abrían
como heridas antiguas
en los viejos pasillos de las noches.
Yo no supe viajar para ser libre.
No aproveché esos años. Crucé el mundo,
mantuve la inquietud, no tuve miedo,
aprendí mas que hallé, fui responsable
y desprecié riquezas, me contuve

y tendré una vejez mísera y dulce.

domingo, 24 de noviembre de 2013

LA CRISIS DE LA VERDAD (fragmento de un discurso en el Instituto de Academias de Andalucía)


Justicia, de Jose Luis Hinchado, Mérida, Ciudad de la Justicia

... desde hace algunos años, venimos sufriendo la que comienza a llamarse Gran Recesión, un deterioro económico extendido, muy prolongado y generado por diversos factores de signo especulativo, que ha provocado grandes recortes en el presupuesto de los servicios públicos básicos y una bajada apreciable en el salario de funcionarios y de toda clase de trabajadores. El incremento de la pobreza ha sido enorme y el descenso del consumo tan importante que asombra por su entidad a los observadores económicos, pone en peligro el tejido comercial de nuestros pueblos ciudades y destruye un empleo cada día más precario y próximo, por duro que parezca, a los límites de una pequeña esclavitud.En términos generales, a mi juicio, el mayor de los devastares efectos que ha tenido en la sociedad española, ha sido el sacrificio de una clase media profundamente indignada porque ha visto mermados sus derechos fundamentales y porque habita desde hace tiempo en un estado de incertidumbre e inseguridad jurídica: Aquello que parecía inamovible, como los “derechos adquiridos” del empleado público, se ha liquidado en unas horas poniendo en marcha un mecanismo tan irritante como el Decreto Ley. No es extraño que este estado de cosas desemboque, por vericuetos relacionados con el malestar y la maltrecha economía de las familias, en el caudal de los viejos problemas de España como el ingrato debate territorial, el pesimismo de los intelectuales y creadores, la desconfianza infundada en todas las instituciones o la corrupción política y financiera.
En los últimos años, distintas y apartadas voces han señalado que la crisis económica es la consecuencia de una profunda crisis moral y, de manera más específica, de una crisis de valores instalada desde hace tiempo en la sociedad occidental de la que forma parte España. Esta firme percepción, mayoritaria entre el pensamiento crítico y avalada por la fuerza de los hechos, se vincula con la falta de escrúpulo de las entidades financieras y con el comportamiento irracional y egoísta de todo tipo de responsables públicos y organizaciones sociales con la finalidad de mantenerse en el poder o de eludir sus responsabilidades.
Pero siendo cierto todo lo anterior, a mi juicio, lo que ha terminado por aflorar como una de las rutinas de nuestra vida cotidiana, casi sin darnos cuenta, es una crisis de la verdad. No es la anterior afirmación una ligera ocurrencia de este aprendiz de filósofo: Es una cuestión que aparece ante nosotros cada vez con mayor nitidez y que vemos reflejada en algunos textos referenciales, quizá los de mayor valor, de nuestra encrucijada temporal.
Sirva como ejemplo que este mismo año y en el mundo católico, la encíclica Lumen Fidei mostraba la urgente necesidad de recuperar la conexión de la fe con la verdad[1] y descubría el orden social de nuestro tiempo como un orden desmemoriado en el que apenas se recuerda todo aquello que nos precede y que tiene que servirnos para entender este presente que nos ha tocado vivir. Cuando hablamos de la verdad, podemos distinguir, como hacen Bergoglio y Ratzinger[2], una verdad mecánica o tecnológica que nos facilita la vida a través de misteriosos ingenios que nos tranquilizan cuando los vemos funcionar. De hecho nuestra creciente dependencia de ellos confunde su funcionamiento con la normalidad. Esta verdad tecnológica cobra una fuerza inmensa entre la juventud hasta el punto de proponer una realidad diferenciada en la que apenas tiene cabida la lectura, el sosiego intelectual, el silencio reparador o la exposición de una verdad desnuda de atributos, que no precisa ser repetida y que escapa de la insistencia y la tozudez. Solo es verdad aquello que funciona y que lo hace ante nuestros ojos no absortos sino indiferentes, ávidos de que se atiendan nuestros deseos con la exactitud de un resorte inconsciente.
La idea de la verdad mecánica, de una calma tecnológica que tranquilice a las masas, me recuerda que el entorno presente se detiene con mucha mayor dificultad. Las televisiones de plasma ofrecen un programa continuo que nunca acaba y que nos persigue en cuartos de hotel y salas de espera, los comercios, las farmacias, los templos y las bibliotecas universitarias ensanchan sus horarios sin descanso, los espacios públicos se agotan, las grandes terminales se abren a un día perpetuo y cenital gobernado por la luz artificial y cercado por amplios ventanales herméticos que nos muestran la luz pero nos esconden el aire. Vivimos en un estado de permanente vigilia que dificulta la capacidad de reflexión y hasta el juicio moral de nuestros propios actos. El pasado domingo, la propaganda de una lujosa compañía aérea nos ofrecía vuelos asequibles hasta una de las más brillantes capitales del golfo pérsico no como la ciudad que nunca duerme sino como la ciudad que nunca descansa. Ahora, en muchos lugares del planeta ya no quedan noches oscuras y apenas quedan ya lugares o caminos que puedan considerarse remotos. Una intensa sucesión de acontecimientos nos deja muy poco tiempo para recordar la fuerza de la verdad, para leer, para meditar cual sea la decisión más conveniente a nuestros principios, para distinguir aquello que debe permanecer en nuestra fértil memoria y aquello otro que tenemos la obligación de olvidar.
Esta verdad tecnológica es la verdad básica del movimiento y la fuente de una angustia que desborda con facilidad a la entereza.  Nada perturba más al viajero que la quietud forzada del vehículo que debe trasladarlo lejos. El avión detenido y cerrado en la pista, el tren parado sobre los raíles de alta velocidad, el automóvil atrapado en la retención de la autovía. Todos esos cubículos de plástico, cristal, hierro y acero con nosotros dentro viven la paradoja de su parálisis como una creciente inquietud, como una sensación exasperante que parece no tener fin cuando, como regla general, solo dura la espera unos pocos minutos. Ya sabemos que el sueño o la anestesia no pueden detener la vida, pero también sabemos que el sosiego es importante para iluminar la razón y para encauzar en la dirección adecuada nuestro compromiso social y hasta nuestra indignación. La verdad tecnológica parece ser, en definitiva, la única fiable, la única que se comprende por todos con claridad y ello aunque ignoremos, otra paradoja más, los ocultos mecanismos de su ingenio creador.
Junto a la verdad tecnológica podemos distinguir la verdad del individuo, la verdad más pequeña de todas, aquella que cada espíritu intuye y decide expresar con claridad ante sí mismo y ante los demás. En nada nos miente quien está equivocado y nos transmite su error y es que hablamos siempre de una verdad relativa, de la verdad de la imperfecta razón y de aquella que distingue mejor que ninguna otra al espíritu virtuoso del ánima proterva y enrevesada. Esta verdad debe marcar en nosotros una búsqueda o una tendencia, un firme equilibrio para expresar lo sentido sin engaño alguno pero con suficiente respeto y claridad.
Aquí, en ese ancho campo de la verdad, lo importante empieza por no mentirnos a nosotros mismos; por eso los riesgos de esta verdad íntima se asocian con el nivel de dificultad que estemos dispuestos a franquear, porque el horizonte de la verdad que construimos en nuestro interior es el que realmente nos permite transitar por la vida con mayor comodidad o esfuerzo. La decisión de mentir, callar o decir la verdad es la que determina que transitemos por un camino dócil, llano y sin sobresaltos o por ese otro Gran Camino reservado al espíritu más elevado pero lleno de adversidad e incomprensión, ese firme dilema del que nos hablara, con su asombrosa lucidez, don José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas.

La crisis de la verdad social

Una tercera forma de verdad, aquella que ahora más nos interesa, es la verdad social, la más grande y desprestigiada de todas, la más temida porque ha sufrido formidables traiciones que han sido capaces de transformar al hombre en un ser despiadado. Esta es la verdad que arrastró al continente europeo durante el pasado siglo hasta las fauces del Estado totalitario, la que sustrajo a la ciudadanía su dimensión individual y la que arrastró a muchos fanáticos hasta el abismo irreparable del genocidio.
Superadas aquellas terribles experiencias y salvadas las distancias oportunas, la sociedad occidental de nuestro tiempo comienza a perder de nuevo el respeto a la verdad. Esta verdad social es la verdad en crisis y es la que puede, en el curso abundante de nuestro presente, conducirnos hasta una totalidad virtual sin lógica ni principios morales que lo sustenten con suficientes garantías de futuro. Es esta verdad de los demás, este reflejo de nuestra persona sobre la vida social, la que ha dejado de interesarnos, aquella a la que ha dejado de prestarse suficiente atención, la que no queremos que rompa nuestro prejuicio ni entorpezca de ningún modo nuestras ambiciones y deseos.
Para hablar de la verdad social tenemos que recordar que los excesos del siglo XX propician el desarrollo de una brillante literatura de anticipación social que cultiva la distopía, la historia de un futuro indeseable que, bajo la apariencia de normalidad, conduce a la destrucción del individuo precisamente a través de una destrucción ordenada de la verdad[3]. Estas magistrales aportaciones parecen advertir al lector de la proximidad de riesgos ocultos en su vida cotidiana que lo aproximan inexorablemente a distintas formas de tiranía. En sus páginas encontramos avisos muy diversos que confirman el peligro que nos acecha como, por ejemplo, la destrucción de la intimidad mediante el espionaje impune e indiscriminado. La constatación de esta inferioridad del individuo frente a la maquinaria del Estado es la que ha permitido imponer en la sociedad de nuestro tiempo un relativismo egoísta que justifica casi todo y, en especial, la mentira piadosa que, por cierto, a veces adquiere la forma administrativa de la subvención y permite construir una realidad falsa y artificial que se confunde con la realidad verdadera, cuando no es mas que un mero reflejo de nuestros intereses puramente materiales.
Se ha dicho que Internet es la plasmación del viejo Leteo, uno de los cinco legendarios ríos del Hades, aquel cauce misterioso y temido donde las almas acudían a beber tras la muerte para olvidarlo todo antes de reencarnarse[4]. En Internet la verdad no solo queda destruida por la ocultación, la mistificación o el silencio, sino por el exceso caótico de información, por una abundancia de datos, cifras y criterios de tal magnitud que resulta imposible de ordenar y contradecir. No es la mentira la que viene destruyendo esta verdad social de la que nos ocupamos, sino la torpeza, la falta de rigor científico y de valor moral, la degradación del buen criterio hacia el chascarrillo inútil y malintencionado, la sustitución del argumento dialéctico por la mera imprecación normalmente atrabiliaria y tantas veces soez.
Es evidente que la verdad individual se proyecta sobre nuestra vida en común y es una verdad relativa, discutible y polémica, más próxima a la opinión que a los hechos, pero cuando hablamos de verdad social, hablamos de una verdad incontestable, acotada de manera férrea e indubitada a la pregunta que la produce, es la verdad sin filosofía, es la verdad radical de los hechos que no presenta duda alguna y que se contrapone a esa verdad especulativa que tiene lugar –por ejemplo- cuando en la mañana de hoy alguien nos asegura que es de noche y no nos mienta porque, como señalaba Wittgenstein, solo está filosofando.

Los ojos de la lengua

En realidad la crisis de la verdad social casi resulta comprensible. Decía Marcel Proust que solo nos acordamos de la verdad cuando sufrimos y no le faltaba razón. Como hija del tiempo, la verdad ilumina el pasado pero también su búsqueda, más o menos sincera y afortunada, mitiga los rigores del sufrimiento o la angustia.
La parquedad del idioma demuestra muchas veces la dificultad de sostener un determinado comportamiento moral para encontrar una verdad incontestable. Las palabras sin antónimo crean en nuestra mente un clamoroso vacío y suelen demostrar la importancia y vigencia de algunas profundas encrucijadas. ¿Cuál es el antónimo del verbo mentir? ¿Qué palabra única y exacta se refiere sin necesidad de tener que apoyarse en alguna otra al hecho sencillo de expresar la verdad?
Contamos con un verbo para expresar la mentira pero no tenemos ninguno que indique lo contrario. La verdad aparece como un concepto sustancial que puede decirse, ocultarse, gritarse o contarse, pero no existe ese verbo en nuestra lengua que defina -sin apoyatura alguna- la manera sencilla de hacerla real.
Adverar es certificar algo, aseverar es afirmar o asegurar lo que se dice y atestiguar es decir algo –cierto o no- como testigo. Hasta sincerar es un verbo transitivo que procura a través de la palabra la exculpación de alguien[5] o bien que, a modo de purificación y conforme a su significado etimológico, justifica la culpabilidad o inculpabilidad de otra persona[6].
¿Porqué no hemos construido en esa lenta transformación de la lengua, un verbo virtuoso que solo conduzca a la significación del ejercicio oral de la verdad? Parece que nuestro idioma parta de una cierta desconfianza, que reconociera que nunca se puede decir toda la verdad y que el uso de las palabras la redondea siempre de una manera imperfecta, como si fuera un canto rodado que ningún artilugio sabe fabricar. Pareciera que la verdad es casi un atributo de la divinidad y que solo a ella podemos recurrir para que pueda decirse o redondearse limpiamente y sin margen alguno de error. De hecho, la Verdad con mayúscula la identificamos con alguna forma de mística revelación.
Son los ojos de la lengua, es su coherencia interior, los que parecen advertir la importancia de esta actividad que parece siempre replegada solo al terreno de lo probable. El problema es que la verdad social no podemos confundirla con las verdades del individuo y en la verdad social si es fácil concretar qué paso, qué hicimos o qué vieron nuestros ojos. La verdad social siempre sabe cómo debemos responder al interrogante que se nos plantee, porque la verdad social es siempre una verdad elemental que no admite ambigüedad alguna que pueda esconderla. La verdad social, a diferencia de las otras, es totalmente incompatible con la mentira.

Sobre la media verdad

Mentir públicamente apenas tiene reproche en la sociedad actual. Por eso han ido desapareciendo con el paso del tiempo las medias verdades. La costumbre nos señala que tan malo como mentir es decir media verdad. El problema es que esta vieja enseñanza moral ha dejado de tener vigencia en nuestros días. En otro tiempo, la sociedad reprobaba la mentira con tanta energía y firmeza que el mentiroso tenía que ocultarla y engañar de algún modo a su destinatario individual o colectivo. Conseguía así una especie de mentira empobrecida, una mala verdad[7] que solo parcialmente satisfacía su instinto pero que generaba muchas veces, como era finalmente su propósito, un daño abundante o fatal.
Como ya hemos señalado, en este mundo virtual del presente en el que el vértigo de la realidad devora sin parar y atropelladamente toda clase de noticias, casi nadie tiene tiempo de analizar el rigor de cualquier información. Hoy día es muy fácil mentir. Solo entraña algún riesgo la mentira asociada con alguna forma expresiva de torpeza. Nadie se detiene a comprobar si es cierto lo que dijimos públicamente y si se hace es por razones sectarias e interesadas; no se hace por descubrir la verdad sino por destruir con mayor facilidad a nuestro interlocutor. En el análisis de la realidad, todo tiene que reducirse al titular de la información y ni siquiera esta delicada labor se afronta con calma por quienes cuenten con la pericia que otorga la experiencia. Hoy día, la media verdad casi ha desaparecido de nuestra vida social pero lo ha hecho porque resulta innecesaria ya que es más rentable y menos peligroso para cualquiera mentir sin ninguna ocultación o artificio que buscar cualquier artilugio para escapar de la verdad.
Cuando vemos una mentira impresa como noticia en la edición digital de cualquier diario, a veces hasta podemos observar como el tiempo la va modificando igual que el curso del día modifica el perfil de un siniestro paisaje. La atención no puede centrarse y acude de un sitio a otro para ordenar al crisol que la red conduce            vertiginosamente hasta hogares y oficinas. Luego esta noticia se diluye entre otras, casi todas escandalosas y, sean o no reales, van conformando en nuestro interior un agitado pensamiento lleno de incertidumbre y temor en el que la verdad casi ha desaparecido como un eco inaudible y anónimo.

La exposición pública de la mentira

No es fácil responder a la pregunta de quienes deben actuar como interlocutores a la exposición de la verdad. Esa voz neutra y un tanto pasiva del parte radiofónico suministrado por el Estado ha dado paso, en ocasiones, a la voz histérica de tertulianos profesionales que no tienen mucho respeto, más bien ninguno, por la verdad más elemental. Es evidente que no podemos generalizar pero, de un tiempo a esta parte, los gritos se han impuesto en los platós como argumento de autoridad ante cualquier razonamiento atendible.
Hoy día se admite con demasiada facilidad una interlocución equivocada. Se concede nuestro silencio para atender a quienes no debieran ser escuchados. Se imponen modos de comunicación desafortunados. Se trivializa la mentira como una forma natural de relación con los demás. En el Derecho Romano –del que quizá debieran estudiarse unas nociones básicas en el bachillerato- la auctoritas solo residía en aquellas personas o instituciones que contaban con una suficiente cualidad moral y conocimiento para emitir una opinión relevante para la sociedad con suficiente claridad y rectitud. Quienes tenían auctoritas eran aquellos que, de forma espontánea, hacían brotar a su alrededor el silencio suficiente para explicarse en alta voz. El niño, el adolescente, los jóvenes hoy miran a su alrededor y encuentran demasiadas referencias torpes e inútiles, demasiado ruido, muy poco silencio que circunde a quienes debemos, por su formación, voluntad o por su ejemplo, atender antes que a los demás.

La impunidad de la mentira

Si el hecho de mentir debe comportar en todo caso una reprobación moral, su exposición pública constituye una irresponsabilidad de consecuencias a veces imprevisibles. Tradicionalmente, desde la Ilustración, los textos legales han ido proclamado un derecho a ocultar la verdad, a no declarar contra sí mismo, a no confesar la culpa, a complicar el curso de cualquier investigación para defenderse mejor de los rigores del sistema justicia penal
Pero estos beneficios procesales no están pensados para la convivencia cotidiana con los demás: Se refieren a situaciones límite en las que cualquier persona debe preguntarse si le resulta -desde un punto de vista ético- exigible una conducta diferente a la hora de interrogarse sobre las consecuencias de sus actos.
Hoy día tiene lugar una desmesurada extensión del derecho a mentir en cualesquiera polémicas sociales. Se esconde entre la ambigüedad, el desaire o la complicidad más grosera y abona una continua satisfacción del maniqueísmo que ha invadido definitivamente nuestra vida pública. Muchos son los que proclaman equivocadamente que cuando defiendo mis postulados y los de mis correligionarios, en nada debo avergonzarme: Mentir por no perjudicar una causa es no mentir, es sostener un comportamiento acorde con la realidad a la que debo enfrentarme. Este amargo equívoco o error, la extensión del derecho a mentir como una especie de atributo de militancia o una costumbre avalada por la complicidad del silencio, va calando en el tejido social y creo que, lejos de resolver nuestro horizonte, lo va tiñendo de pesimismo y desesperanza ...




[1] “Lumen Fidei” (La luz de la fe), Carta encíclica de Su Santidad Francisco. Editorial San Pablo, Madrid, 2013, página 38.
[2] Con esta encíclica, publicada el 5 de julio de 2013, el papa Benedicto XVI completaba las dedicadas a las tres virtudes teologales, tras la publicación de Spe salvi (2007) y Caritas in veritate (2009) sobre la esperanza y la caridad. El texto fue asumido por el papa Francisco, tras la renuncia al papado de su predecesor, enriqueciéndolas con algunas aportaciones. En la fecha de su publicación, se indicaba en un comunicado oficial del Vaticano, que el nuevo papa se suma a las encíclicas del Papa Benedicto XVI sobre la caridad y la esperanza y asume el "valioso trabajo" realizado por el Papa emérito, que ya había "prácticamente completado" la encíclica sobre la fe. A esta "primera redacción" –añadía el comunicado- el Santo Padre Francisco agrega ahora "algunas aportaciones".
[3] Esta persistencia argumental en las distopías puede comprobarse en aportaciones literarias especialmente conocidas y diferentes como 1984 la novela publicada por George Orwell en 1949 o la serie de libros ilustrados V de Vendetta, aparecida en 1982, escrita por Allan Moore e ilustrada por David Lloyd. Especialmente apropiado para el comentario es el famoso relato ¡Arrepiéntete, Arlequín!", dijo el señor Tic-tac (Repent, Harlequin! Said the Ticktockman) del maestro de la ciencia ficción Harlan Ellison que, referido al tiránico cumplimiento de los horarios, fue publicado en diciembre de 1965 en la revista norteamericana Galaxia.
[4] Se considera al novelista norteamericano William Gibson (1948) como el inventor del término ciberespacio y quien mejor adelantó el desarrollo de Internet a comienzos de los años ochenta del siglo pasado.
[5] Así, en Diccionario ideológico de la lengua española del académico Julio Casares, Editorial Gustavo Gili, Segunda edición, Barcelona, 1988, página 771
[6] Diccionario de la Real Academia Española, 22ª edición.
[7] Como modo adverbial en el diccionario de Julio Casares, ob. cit., página 861.