viernes, 28 de octubre de 2011

Panorama interior: Otra vez la ciudad perdida

Fotografía: Jesus García Hinchado
En Baden no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. La frase es de Stefan Zweig y corresponde al luminoso verano de 1914. Una época feliz en la que nuestro autor saltaba de uno a otro país europeo sin que apenas algún incidente -desapercibido para la mayoría- alumbrara el feroz abismo que se avecinaba con el estallido de la Gran Guerra: Un abismo del que aún, quizá, no hemos salido del todo.
Las ciudades, sean o no grandes ciudades históricas, que han sabido no esconder su paisaje, el paisaje que las circunda y abraza, el que las sostiene y les pertenece, han sido más sabias y generalmente más dichosas, aunque a veces esta virtud solo la explica la ausencia de desarrollo y la continuidad de una digna pobreza. Bien está lo que el paso del tiempo convierte en una riqueza inesperada que nos transforma -para bien- la vida y su destino. Mucho mejor saber comprenderlo a tiempo y mantener una actitud necesaria para conservar la frescura de ese fruto sostenido sobre la piedra y la memoria.
He tenido la suerte de vivir en Galicia y disfrutar cotidianos paseos por el adarve de la muralla de Lugo, un paseo milenario que permitía -hace muy pocos años- dialogar a través de la mirada con el delicioso paisaje de la campiña gallega y del tierno paso del padre Miño: un fresco mosaico cambiante que parecía alentar las pasajeras nubes para acabar de perfilarse. La ciudad de Granada, a pesar de su alocado urbanismo fruto del desarrollismo, aún sostiene, por su proverbial calidad paisajística, una riqueza mas que extraordinaria. En sus barrios históricos más apreciados, a veces, el paisaje materialmente se vuelca en el corazón de la ciudad sin contemplaciones y le otorga una certeza que nos demuestra su verdadera importancia y la sabiduría de su presencia alzada entre la naturaleza.
¿Cuánto tiempo se mantendrá esta valiosa convicción que han forjado pacientemente la convivencia y la historia?
Cada día es más difícil contemplar el paisaje desde cualquier núcleo urbano de importancia. Es un dato que nos demuestra la dimensión del fracaso que venimos sufriendo en la ordenación territorial. La escasez de los espacios de protección de lugares históricos, la especulación y la falta de alternativas residenciales que sean razonables y respetuosas con la historia, nos condenan una y otra vez a cometer los mismos errores. Cuando dejamos de ver el paisaje desde la ciudad, debemos preocuparnos por el oscuro rumbo que hemos tomado. No se trata de una simple vinculación visual, es mucho más que eso: es una manera innata de comprender aquello que nos rodea y de saber descubrir nuevas soluciones para nuevos problemas. Cerramos las ventanas para vivir en una oquedad, eso sí, en una oquedad repleta de luz y de ruidoso silencio.

lunes, 17 de octubre de 2011

Panorama exterior: Piedra y memoria

No es esta la primera vez que se erige un monumento para recordar la imponente figura del reverendo Martin Luther King. En la universidad de Uppsala se optó por cierta sencillez y por el símbolo algo manido de las dos manos que luchan, como si de un fuerte eco se tratara, por romper y desatar alguna forma de esclavitud. Otros bustos, medallones y estatuas lo recuerdan con bastante rigor y en general con poca audacia en lugares públicos de América y de todo el mundo. Pero es ahora, cuando parece afrontarse un monumento definitivo, durante el primer mandato del Presidente símbolo Obama y con la gran obra del escultor chino Lei Yixin.
Su evidente colosalismo no sorprende en una nación que ha sabido reconocer sus errores, mejor que ninguna otra, sobre la piedra tallada de la memoria. Su ubicación en Washington junto a los grandes iconos de los presidentes Lincoln o Roosevelt, nos ofrece la medida de esta penitencia social: Su asesinato engloba una buena dosis de mala conciencia, quizá la de una clase media que sostuvo hasta entonces una excesiva ambigüedad para reconocer la firmeza y justicia de casi todas sus convicciones.
La escultura ha merecido ciertas críticas interesantes que superan el ámbito puramente plástico y se enmarcan en una enriquecedora controversia social. Lo cierto es que el artista ha sido completamente fiel a sus valores figurativos y a su previsible evolución estética. Algunos sindicatos critican, por ejemplo, la explotación de trabajadores chinos para extraer la materia prima del conjunto monumental. Críticos de arte norteamericanos valoran negativamente el lenguaje gestual que transmite la estatua a la que acusan de sostener, en sus brazos cruzados, un aire excesivamente autoritario. Otros no entienden que deba ser una obra simplemente colosal que emerja desde la misma piedra con un hálito amenazador. Todo ello es, en definitiva, muy positivo y debiera promover una seria reflexión a los europeos.
El patrimonio histórico debe construírse cada día pero en Europa tenemos la sensación de no necesitar acrecentarlo, acaso de conservarlo y siempre a regañadientes, como un lastre molesto con el que tenemos pesadamente que convivir. Ya no acometemos obras que procuren transmitir un mensaje duradero porque existe una especie de complejo hacia la imitación y hacia la grandeza de la normalidad, algo que nunca tuvimos en nuestro pasado cuando cualquier jardín principesco que se preciara, tenía que diseñar algunas ruinas o templetes para emoción y alimento del espíritu contemplativo. Nuestra superioridad estética o monumental terminará por desaparecer y lo lamentaremos mucho los europeos porque contamos aún con una cierta ventaja que derrochamos en otros esfuerzos presupuestarios bastante empobrecedores e inútiles.
Europa y, por supouesto, España, debe recuperar la fe y sabiduría de sus escultores; dejarles crecer, dejarles soñar sin otra limitación que la verdad.



viernes, 7 de octubre de 2011

Poema


La crónica

Destino y elección no se contemplan.
Ahora sientes que buscan
las fieles decisiones tu reflejo.
Sé que somos volver, que no es origen
aquel que esperará toda la vida.
Un origen es contemplación, es la salada
circunstancia partida, es un mudo recuerdo
y es pasado y aquello que te aguarda ni siquiera
se ilumina en los labios con un nombre certero.
Ahora miro la ingrata
soledad otra vez de mi trabajo,
miro esos roces sucios de palabras, los pequeños
pormenores de envidia, los destellos
del temor y monedas
que ensucian la verdad y que se ocultan
sobre el orden cautivo de las cosas.
Nada resulta cierto.
Igual que ese periódico que tiras
esta limpia mañana de septiembre
en otra papelera de silencio.

domingo, 2 de octubre de 2011

Panorama exterior: La voix humaine y el teléfono

Pocos ingenios de nuestro tiempo alcanzan la fuerza dramática del teléfono. Ha sido reiteradamente utilizado por el cine que ha sabido ver, además, antes que cualquier otra manifestación artística, las posibilidades del móvil con sus reflejos azules y su certera asignación de llamadas perdidas. Algún relato memorable de Truman Capote le otorga la condición de oscuro protagonista. Recuerdo ahora los teléfonos agazapados en las habitaciones vacías de la pintura norteamericana o una de aquellas ácidas historias de Dorothy Parker, incluida en La soledad de las parejas, que fue dramatizada con tanto acierto y concentraba la desolación del siglo XX al acabar la segunda gran guerra, reflejando espesamente la ansiedad de la protagonista mientras espera junto al teléfono el incierto regreso de un victorioso soldado.
No existe imagen más desoladora de nuestro tiempo -alguien las vio en los atentados del 11 de marzo- que la bolsa negra de un cadáver mientras puede oírse al teléfono móvil casi gritando en su interior.
Hasta la música ha sucumbido al timbre agudo de su aliento para alcanzar un nivel más intenso en la narración de la historia. No lo hizo así Francis Poulenc en 1958 cuando compuso, con libreto de Jean Cocteau, la tragedia lírica en un acto para soprano La voix humaine, dejando al piano imitar su timbre en el transcurso de una música incisiva que camina casi de puntillas por el sendero de un desasosiego creciente y perturbador.
El diseñador granadino Rafa Simón ha tenido la gentileza de invitarme a su montaje de esta opera con la excelente actuación de la soprano Verónica Plata y del pianista  Héctor Eliel Márquez. El estreno ha tenido lugar en el Teatro José Tamayo de Granada y constituye un ejemplo de dignidad para mostrar cómo puede disfrutarse la cultura europea sin grandes estridencias y con el acierto de la sencillez.
La voix humaine es un pequeño icono del siglo XX. Es un falso monólogo. El espectador piensa que descubre muchas frases que el amante de la protagonista le dice al teléfono, pero es realmente algo más parecido al silencio lo que dialoga con esa mujer abrumada por una inminente separación. No bastan las apelaciones a la bondad, no basta la mentira para que deje de hilvanarse la tragedia, no hay manera de vencer una soledad compartida que discurre por los cables, por esas callejas oscuras de las que hablara un verso certero de mi admirado W. H. Auden. Los protagonistas -mujer y teléfono- mantienen una conversación fugaz como las pisadas de un ave. Y hay demasiadas presencias transitando por la delgada línea -es un teléfono rojo- que aún les une, demasiados cruces, demasiadas interrupciones y torpeza.
Anoche pudimos disfrutar del placer de la cultura sin apenas intermediarios.
Con tanta verdad y aprecio por la música y las letras, debieran toparse más a menudo aquellos dirigentes que malgastan nuestro tiempo y recursos en negarlas y que anoche, por supuesto, brillaban tenuemente por su ausencia.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Panorama interior: La juventud de la ciudad


Pregón para las Fiestas del Barrio del Zaidín del año 2011

Sr. Concejal Delegado, queridas y queridos conciudadanos, señoras y señores:

Constituye para mí un gran honor pregonar estas XXXVª Fiestas Populares del barrio Zaidín-Vergeles y agradezco muy sinceramente que la Asociación de Vecinos haya tenido la gentileza de acordarse de mí en una fecha tan señalada. Yo no soy más que un jurista comprometido con la verdad y no pocas veces abrumado por distintas responsabilidades que ha querido, quizá por ello, dedicar buena parte de su inquietud y de su esfuerzo a la escritura y a la defensa legal de esa relación que sostienen los bienes culturales con la ciudad. De ahí parte un diálogo tan enriquecedor que debe ser entendido y preservado, que nos hace mejores y más libres y que nos permite construir con mayor decisión y acierto nuestro futuro.
Quienes me conocen saben que me gusta recordar aquella frase del gran escritor portugués Miguel Torga cuando señalaba, con su habitual y serena lucidez, que un hombre no es más que la juventud que queda dentro de él. Yo creo que las ciudades, estas viejas ciudades históricas de España y de Andalucía, también son y serán en el futuro la poca juventud que nos queda dentro de ellas. Esta certeza proclama que debiéramos examinarlas con mucha más sencillez, respeto y atención, elevar la cabeza y mirarlas en el espejo de sus barrios y en los nuevos espacios urbanos que las decisiones públicas han ido tejiendo, no siempre de manera afortunada, a su alrededor. Solo así podremos descubrir la verdadera juventud que poseen, una fuerza que acaso les falta en otros distritos más favorecidos o rentables porque será, en definitiva y le pese a quien le pese, la juventud de sus barrios la que les permita solucionar los problemas más próximos y decisivos, alentando una convivencia justa, pacífica y prometedora.
Lamentablemente no sabemos, como regla general y quizá porque ninguna escuela nos lo enseña, mirar con suficiente atención a la ciudad en la que habitamos, un espacio esencial que determina aquellos perfiles más gruesos de nuestra felicidad y casi de nuestra vida. Confiamos en conocer la ciudad solo por pasear por algunas calles céntricas y emblemáticas o por conocer su entorno monumental o por visitar sus centros comerciales y creemos que viendo ese fluido discurrir frente a nosotros ya sabemos cómo fue su pasado y se nos revela cómo será nuestro futuro. Pero estamos profundamente equivocados. Mirar a la ciudad es mirar a sus calles secundarias, contemplar su vida cotidiana y su inquietud, mirar frente a frente a los valores y sueños que alientan el trabajo y el esfuerzo cotidiano de sus habitantes y mirar sin complejo alguno sus problemas como si fueran, todos ellos, propios a un tiempo de cada uno de sus rincones, de todos y cada uno de nosotros. Mirar a la ciudad, en definitiva, es mirar ciudadanos y no contribuyentes y hacerlo en la tarea más cotidiana que les asigna el destino de sus vidas, porque justo en ese cauce de la normalidad –tantas veces olvidado- está lo que realmente somos y lo que podremos llegar a ser, al margen de las veleidades que imponen el tiempo y la fortuna.

I

Leopoldo Torres-Balbás, eminente arquitecto, compañero histórico en la Academia de Bellas Artes y arqueólogo, un hombre cabal y a quien tanto debe la ciudad y el mito de Granada y a quien se debería, por cierto, recordar más a menudo en nuestras aulas, salones oficiales o institutos, cuando leyó su Discurso de Ingreso en la Real Academia de la Historia, por aquellos mismos años en los que empezaba a trazarse este barrio con tanto trabajo y no poca dificultad, agradeció aquel justo reconocimiento y lo hizo considerando que había sido el hombre más afortunado de su tiempo por haber dedicado su vida a la restauración y arreglo de los más notables conjuntos monumentales de nuestra patria y, de manera muy especial, al prodigioso y cercano conjunto monumental de La Alhambra.
Nos aseguró entonces este eminente profesor de Historia de la Arquitectura que los viejos edificios, más o menos alterados por el paso de los siglos, en frecuente complicidad con la fiebre destructora y la torpeza humanas, no son más que islotes, testimonios aislados de civilizaciones desaparecidas. Para intentar comprenderlos, es necesario evocar el ambiente en que se levantaron, reconstruir idealmente el medio capaz de crearlos y el conjunto urbano del que formaron parte.
Esta sabia preocupación que nos recuerda el gran restaurador de la Alhambra le hizo comprender que, para conocer realmente un monumento hay que levantar la vista y mirar todo aquello que habita a su alrededor. Mirar lo que está próximo y mirar también aquello que vive un poco más lejos pero que se vincula con el lugar concreto que admiramos porque allí es donde encuentra su sabia el entorno monumental para persistir, donde bebe la energía que lo mantiene alzado ante nuestros ojos. La ciudad tiene que ser entendida en su integridad y en toda su riqueza y variedad para valorar mejor la calidad de vida a la que podemos aspirar y la inversión que realmente necesitamos para garantizar un desarrollo armónico y suficiente. La ciudad no puede acotarse y hacerse más pequeña con una mirada entristecida y ambigua, por una sensación de incapacidad que nos impida abarcarla en todo su significado y comprender las lecciones que siempre nos proporciona una Geografía de la realidad.
Buena prueba de este mensaje integrador es que el desarrollo urbano de Granada viene colocando al Zaidín en un lugar completamente privilegiado. Lo ha sido casi siempre si examinamos con atención el curso de la historia. De ahí que el desorden inicial de su construcción tienda a corregirse y termine por implicarse en los ejes esenciales de la ciudad, una tendencia más acusada con el pleno desarrollo de las nuevas comunicaciones interiores que debieran integrar completamente este populoso distrito como una referencia básica en el desarrollo de los grandes servicios públicos. Comprender esta realidad y la importancia de su cuidado, es una magnitud esencial para alcanzar el horizonte y nivel que se merece nuestro entorno.
Esta condición valiosa debe ser también una convicción de sus ciudadanos para exigir su mejora y una suficiente atención, para incrementar el compromiso social de sus habitantes y para recordar el pago de aquella Vega idílica sobre el que se asentó y que aún no está definitivamente perdida porque sigue viviendo en el alma de muchos granadinos y aún puede ser recordada mediante actuaciones urbanísticas que sean respetuosas con el legado inmaterial de la historia.
Barrios como el Zaidín demuestran la importancia que tienen los bienes culturales como una condición de presente para restablecer el equilibrio socio económico de una ciudad histórica que vive los problemas más acuciantes de nuestro tiempo con bastante intensidad. Entre sus calles se alza el famoso Alcázar del Genil que demuestra el punto privilegiado del entorno en el que se asienta este barrio que debe reclamar que la iniciativa pública no acumule sus proyectos más emblemáticos y costosos sobre otras zonas céntricas de la ciudad.
Las nuevas apuestas arquitectónicas de la ciudad de Granada que se alzan junto a este barrio sirven como argumento a mis palabras y debieran entenderse como una referencia básica para conocer el sentido y la dirección de nuestro esfuerzo.

II

Me ha resultado especialmente grato comprobar que sus organizadores han querido dar a estas fiestas populares una ambiciosa vocación al titularlas como unas fiestas por la cultura y la dignidad.
Las fiestas que tengo el honor de pregonar demuestran la firme ilusión del Barrio del Zaidín por la cultura como la fórmula más adecuada y responsable de integración social. El programa que se presenta muestra una saludable preocupación por conjugar la cultura y el ocio, recordando todas las edades y manteniendo una serie de jóvenes tradiciones que han arraigado en una celebración singular que ha sabido mantener sus criterios de abierta y generosa participación ciudadana.
La calidad social del barrio del Zaidín ha venido determinada durante los últimos años por la hospitalaria y serena recepción que ha dado siempre a quienes han llegado de lejos para trabajar junto a nosotros. No hay actitud más noble y respetable que la de aquellos trabajadores que deben abandonar su espacio natal sin apoyo ninguno y se desplazan hasta una sociedad que los recibe muchas veces con una excesiva desconfianza. Su equipaje es ligero pero está lleno de ilusión. No es otro que su esfuerzo para rendir y prosperar, el mismo equipaje que tantos granadinos y españoles llevaron consigo hasta lejanas tierras de Europa y América o hasta este mismo barrio desde pueblos alejados de esta y otras provincias de Andalucía para encontrar un futuro mejor o incluso el corto pero profundo camino de aquellos que llegaron desde otros barrios históricos de la misma ciudad de Granada, barrios desbordados demográficamente durante aquellos años de un áspero y falso desarrollismo que comenzó a destruirlos con una total impunidad y con una absoluta falta de respeto a los inmensos valores materiales e inmateriales que atesoraban.
Conocer todo este continuo testimonio vital, compartir tantas ilusiones y proyectos, contemplar tantas partidas y regresos, le ha otorgado a estas calles una enriquecedora experiencia colectiva que debe ser compartida y objeto del mayor apoyo institucional. No es un tópico irrelevante señalar al barrio como un espacio multicultural. Se trata una tarea amplia y plural que eleva la convicción de nuestros derechos y que enseña a quienes dudan de la capacidad de nuestro pueblo para entender el sentido del verdadero progreso.
No cabe duda que este espíritu conciliador es la mayor riqueza de nuestro barrio y es el que permite tan saludable apuesta festiva y desinteresada por la dignidad y por la cultura. La inmigración no es una finalidad en sí misma. A veces viene unida a la idea de temporalidad pero cuando se asocia con la vocación de permanecer, la inmigración solo puede ser concebida en una sociedad democrática como un camino recto hacia la ciudadanía.

III

Si la calidad social del barrio del Zaidín viene determinada por su probada capacidad para la integración del colectivo de inmigrantes, no debemos olvidar que esta filosofía parte de una convicción serena y firme como es la de considerar un indicio de riqueza, justicia y prosperidad el hecho de recibir a quienes trabajan con nosotros para el desarrollo de un presente esperanzador.
Los tiempos han cambiado pero no deben transformar nuestras convicciones. Ahora se trata de superar estas graves dificultades económicas que viene produciendo una crisis que todos sabíamos que tenía que llegar, tarde o temprano, a consecuencia de una cultura fracasada que condena a nuestros jóvenes a un horizonte sin futuro, con escasos valores y lleno de una espesa inquietud. Un tiempo sin rigor en el que todos debemos sacrificarnos y ayudarlos a encontrar ese lugar que les corresponde como nuevos ciudadanos que aporten su esfuerzo a la satisfacción del interés social. No son nuestros hijos, no son nuestros nietos, sobrinos o amigos, somos nosotros mismos quienes fracasamos y quienes nos hundimos en la injusta cortedad que nos impone la insolidaridad de una riqueza que no tiene el sabio origen del trabajo sino el de una especulación egoísta, torpe y salvaje: Se trata de un camino que no llega a ningún sitio, de un viaje a ninguna parte que se adentra con el paso del tiempo en una senda oscura y llena de peligros de no ser por el apoyo de la familia y la defensa de una sociedad donde arraigue la justicia social.
De todos los problemas que pueda sufrir este barrio, estoy convencido que ninguno alcanza la gravedad del problema del desempleo y, en especial, del desempleo juvenil que afecta prácticamente a la mitad de nuestros jóvenes, paradójicamente aquellos que pertenecen a la generación que ha tenido la mejor y más sólida preparación de nuestra historia. Puede que sea más triste cuando esta lacra te alcanza en la madurez, pero sin duda resulta más peligroso y dañino cuando impide la creación de nuevas familias y no responde a la pregunta primaria que cualquier joven se hace al preguntar cuál es el camino que debe seguir en la vida.
Sin alternativas, no hay futuro, no hay proyectos ni la dignidad social suficiente para que nuestra sociedad merezca ser calificada como una verdadera sociedad democrática.
No solo negamos el trabajo a los jóvenes, se lo proporcionamos de forma totalmente precaria, con sueldos insuficientes o ridículos y en condiciones que atentan, en demasiadas ocasiones, contra sus derechos más elementales como trabajadores. Sí, corren tiempos difíciles pero no son igualmente difíciles para todos. Es este un momento para la solidaridad y un momento en el que estas fiestas resultan especialmente necesarias. Porque lo importante no es reiterar que esta crisis económica presenta una severidad inusual. Lo importante de la crisis es comprobar hasta qué punto afecta al clima de nuestros derechos y libertades más elementales y que hemos sabido conquistar como ciudadanos responsables.
Las fiestas del Zaidín son ahora más necesarias que nunca. Útiles para convivir, para que jóvenes, niños y mayores cambien impresiones y experiencias y puedan dialogar, para conocernos mejor y demostrar que el ocio no está reñido con el descanso. Para recordar que somos ciudadanos comprometidos que saben que la alegría es un buen alimento para convivir. 
Muchas gracias por todo, buenas noches y felices fiestas


sábado, 27 de agosto de 2011

Panorama interior: Agua y Cultura en Lanjarón

La famosa obra del académico Marcel Pagnol Manon des sources me ha servido como referencia estética y cultural para abordar aquellos atávicos conflictos que genera la propiedad y disposición del agua en el mundo rural. Me refiero a mi participación en la VIª edición de los cursos sobre Agua y Cultura que, un año más, organiza de manera ejemplar el Balneario de Lanjarón con el apoyo del profesor Juan Alfredo Bellón y del maestro Antonio Carvajal. El riego se configura en la obra del gran escritor y cineasta francés como el cauce de la ilusión más noble, de la avaricia y de la perdición y esta vibrante tragedia magistralmente descrita bajo el cielo de la Provenza no podía faltar en una convocatoria con el titulo Agua del cielo no quita riego.
Marcel Pagnol llevó la historia triste de Jean de Florette primero al cine -a comienzos de los cincuenta- para escribir su famosa dilogía mucho más tarde, bien entrados los años sesenta, cuando era una celebridad en Francia y aunaba, quizá mejor que cualquier otro escritor de su tiempo, un masivo reconocimiento público y crítico. La historia, tan cruel y concisa, de dimensiones bíblicas, es cautivadora como su elegante prosa. Elegante por su medida sencillez y porque, como tuve oportunidad de indicar en el curso, Pagnol nunca se interpone entre el lector y sus personajes, los deja hablar libremente e interpretar su papel y alcanza, otorgando esta secreta libertad al texto, una altura y eficacia narrativas verdaderamente prodigiosas.
Pero no es mi intención hablar de mí discreta aportación, sino de la extraordinaria altura de unos cursos, huérfanos de cualquier ayuda y subvenciones, que son un ejemplo a imitar y que nos permiten aprender de un elenco de profesores caracterizados -y no por casualidad- por su rigor y honestidad intelectual.
Decir Agua y Cultura es casi una redundancia. El agua misma es la esencia más pura y dichosa de lo redundante. El generoso criterio del Balneario de Lanjarón -al alentar estos cursos un año más- lo demuestra con creces y con esa frescura y lucidez propia de sus abundantes manantiales.

sábado, 20 de agosto de 2011

Panorama interior: Breve introducción de "Un nuevo derecho a comprender"


La claridad del lenguaje jurídico ha sido considerada tradicionalmente por la Teoría General del Derecho como una virtud imprescindible para la elaboración y aplicación de las leyes. Las normas, para su firmeza y vigencia, deben ser correctamente interpretadas y la interpretación primaria o natural ha sido siempre la interpretación gramatical. Esta afirmación está muy próxima a la obviedad y casi resulta paradójico que el propio Código Civil lo haya establecido de forma explícita en su Título Preliminar y tenga que preocuparse por señalar, como hace al inicio del apartado primero de su artículo 3, que las normas jurídicas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras. Como es lógico, este sentido propio de sus palabras debiera ser un texto sencillo y adecuado a las circunstancias concretas de cada asunto, adaptable a las necesidades de cada operador jurídico y debiera ser comprendido fácilmente por la ciudadanía sin necesidad de contar con especiales conocimientos técnicos o jurídicos. La ciencia del Derecho, como la Retórica y la Dialéctica aristotélicas, interesa a cualquier parcela del conocimiento. Para el maestro estagirita, son artes o habilidades persuasivas y afines porque ambas poseen un carácter instrumental. Permiten tener conocimientos próximos al sentido común que no pertenecen a ninguna ciencia determinada[1]. Es inevitable, por tanto, que el ordenamiento jurídico aborde la regulación de materias de una especial complejidad lingüística o que precisan –incluso- una determinada jerga o vocabulario científico para su comprensión pero nada impide que los textos jurídicos, reconocida esta evidente dificultad, procuren aclarar todas las dudas que comporta la aplicación individualizada de la ley.
Se infiere de nuestro Código Civil que la propiedad de la norma son sus palabras: La relación interior que guarde con tales palabras es la que inspira su capacidad para tener una aplicación pacífica y uniforme. Ciertamente, resulta paradójico que deba crearse un precepto para decir que se interprete la norma conforme a su propio texto. Pero también lo es que las históricas dificultades comprensivas del lenguaje jurídico no tengan lugar cuando se abordan materias científicas especialmente complejas. La complicación se genera en la aplicación cotidiana y casi rutinaria de lo genuinamente jurídico, de aquello que sirve a todas las parcelas del conocimiento humano. La oscuridad, en definitiva, no llega desde el exterior sino que es una mutación artificial producida desde dentro y que inocula el jurista en el desarrollo de su actividad. Se trata de una perversión deliberada del lenguaje jurídico y no de una característica propia de su naturaleza.
Si la claridad del lenguaje jurídico ha sido una vieja preocupación que nos conduce a los albores de la codificación española, la claridad de la lengua misma como virtud se hunde en aquellos momentos históricos que permiten datar su origen y establecer una difusión territorial más o menos definitiva. Se ha sostenido, por ejemplo, que hay una íntima tendencia en nuestra lengua que busca siempre la claridad. Algunos estudiosos recuerdan la polémica suscitada en la primera parte del siglo XVI entre el humanista Antonio de Nebrija y el erasmista Juan de Valdés cuando el primero pretendía someter, como había ocurrido con el latín o con el griego, la lengua castellana a las leyes gramaticales[2] y, en su contra, recordaba el segundo que este rigor no era necesario porque existía una peculiaridad intrínseca del castellano, una intuición de la forma interior de esta lengua[3] que le permitía una especie de autorregulación sin el concurso de normas ortográficas o gramaticales. Al margen de la brillante polémica renacentista, es curiosa esta afirmación que abunda en una misteriosa voluntad interior de la lengua que la conduce hasta la búsqueda permanente de una condición comprensible. El propio Juan de Valdés señala la claridad como un atributo permanente del escritor y nos recuerda que todo el buen hablar castellano consiste en decir aquello que se quiere con las menos palabras y con una vocación de sencillez[4].
Esta cualidad bondadosa de la lengua ya había sido proclamada algunos años antes, cuando en 1525 publica Erasmo de Rotterdam su Lingua en Basilea. La oscuridad o el mal uso del lenguaje no es -en absoluto- un atributo exclusivo del mundo jurídico, es un problema que puede extenderse a cualquier aspecto relacionado con la utilización del lenguaje y su proyección en la sociedad. Ha de partirse, como hace el gran humanista, de que la naturaleza ha tomado todas las precauciones para que la lengua sea buena pero hay dos maneras de hacer uso de ella en una especie de combate duro e incesante entre ambas. De un lado, quienes están siempre atentos en la adaptación de su lengua al tema, a las circunstancia, al lugar y a las personas y saben cómo dar a las palabras su sentido más pleno. De otro, aquellos charlatanes o habladores en los que la lengua se ha degenerado[5] con distintas finalidades espurias. Lo que resulta anómalo es que esa degeneración del lenguaje haya sido tan arraigada e intensa en el mundo jurídico y que aún persista casi de una manera institucionalizada hasta convertirla en un paradigma de incomprensión y de torpeza social que olvida que nada hay más pernicioso entre las personas que una lengua mala y nada más saludable que la lengua misma, si la usamos como conviene[6].
Habitualmente, los trabajos más afortunados en la materia[7] que han sido publicados en España suelen realizar un diagnóstico inequívoco que incide en una serie de errores sintácticos o gramaticales que resultan recurrentes en las distintas formas de lenguaje utilizado por los juristas y que podrían ser corregidos con una relativa facilidad. Otras veces, los autores aportan nuevas construcciones dogmáticas de gran interés que interpretan de manera más profunda la grave situación planteada por la oscuridad de este lenguaje[8] o bien señalan alguno de los efectos que produce en distintos operadores jurídicos, como ocurre con la desesperanza pasiva[9] a veces apreciada entre el colectivo judicial al comprobar el efecto no deseado que generan algunas resoluciones en la opinión pública. Lo cierto es que la mayor parte de los trabajos publicados hasta la fecha, en definitiva, establecen las dimensiones y características fundamentales del problema, señalando -en todo caso- razones o argumentos históricos[10] para justificar su origen y su continuidad en el tiempo hasta nuestros días.
Sin negar un ápice de su valor a las anteriores aportaciones, la cuestión de la oscuridad del lenguaje jurídico debe avanzar y realizar, una vez enunciado y reconocido el problema, una exégesis crítica y suficiente. No debemos conformarnos con establecer el diagnóstico filológico de la cuestión sino que debemos incidir en la búsqueda de aquellas razones que llevaron a los juristas a la adopción y persistencia de prácticas tan perniciosas y equivocadas, alzando una invisible frontera para dificultar la comprensión de sus discursos o escritos por parte de la mayoría de los ciudadanos. Solo de esta forma podremos desplegar con suficiente eficacia algunos remedios que permitan desterrar de una vez por todas este lenguaje críptico e incomprensible y pueda tener lugar un saludable cambio de tendencia en nuestras relaciones con la ley...



[1] Retórica, ARISTÓTELES, Biblioteca Clásica Gredos, Introducción, traducción y notas por Quintín RACIONERO, Editorial Gredos, Madrid, 2005, página 161.
[2] Antonio MARTÍNEZ DE CALA Y JARAVA, conocido como Antonio de NEBRIJA (Lebrija1441- Alcalá de Henares, 1522), publica su famosa Gramática castellana en 1492, dedicada a la Reina Isabel I de Castilla, convirtiéndose en la primera gramática de una lengua vulgar que se publica en Europa.
[3] La frase aparece recogida (página 25) en la edición del profesor Antonio QUILIS MORALES de los Diálogos de la lengua de Juan DE VALDÉS y pertenece al profesor argentino Guillermo L. GUITARTE, catedrático de español de la Universidad de Harvard; colección Clásicos Libertarios, Ediciones Libertarias, Madrid, 1999.
[4] Ob cit., página 59.
[5] Así, Cesar CHAPARRO GÓMEZ en la excelente introducción a La Lengua y Sobre la mala vergüenza de Desiderio Erasmo DE ROTTERDAM, edición facsímil de la Biblioteca de Barcarrota publicada por la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2007. Edición de Lyon, Imprenta de Sebastián Grifio, 1538. Traducción y notas de Manuel MAÑAS NUÑEZ y Luis MERINO JEREZ.
[6] Son palabras del propio Desiderio Erasmo DE ROTTERDAM, ob. Cit., página 116.
[7] Por todos, citaremos los trabajos de Luis CAZORLA PRIETO, El lenguaje jurídico actual, Editorial Aranzadi, Pamplona, 2007; Jesús PRIETO DE PEDRO, Lenguas, lenguaje y Derecho, Editorial Civitas, Madrid, 1991 y Joaquín BAYO DELGADO, La formación básica del ciudadano y el mundo del derecho. Crítica lingüística del lenguaje judicial publicado en Cuadernos de Derecho Judicial, Consejo General del Poder Judicial, Madrid, 1998. Del mismo autor, El lenguaje forense: Estructura y estilo, publicado en Estudios de Derecho Judicial, Consejo General del Poder Judicial, Madrid, 2000.
[8] José Antonio GONZÁLEZ SALGADO, filólogo y asesor del Bufete Uría Menéndez, en su trabajo El lenguaje jurídico del siglo XXI, que puede consultarse en la red, se expresa en los siguientes términos:
“La paradoja del objeto se puede definir como el desajuste que se produce entre el lenguaje empleado en los documentos jurídico-administrativos y las características de la mayoría de los receptores de esos documentos. Cualquier ciudadano, con independencia de su condición social o nivel cultural, es objeto de escritos que emanan de la Administración o de instituciones que usan un lenguaje que muchos expertos consideran poco apropiado (un lenguaje para el ciudadano que el ciudadano no entiende). Esta paradoja es la que ha propiciado la existencia de intentos de modernización de ese lenguaje...
La paradoja del contenido hay que definirla como el procedimiento empleado por el lenguaje de los juristas con el que se intenta conseguir la máxima precisión, pero que tiene como resultados la ambigüedad y la complejidad. Desde nuestro punto de vista, los principales defectos que suelen censurarse del lenguaje jurídico están relacionados con esta paradoja del contenido, a la que hemos denominado también falsa precisión….”
[9] En tales términos, el periodista Bonifacio DE LA CUADRA en Visión periodística del lenguaje judicial, publicado en Lenguaje Judicial, Cuadernos de Derecho Judicial, Madrid, 1998.
[10] Sobre estos argumentos historicistas, puede consultarse el trabajo de María José GANDASEGUI, Historia del lenguaje judicial, publicado en Lenguaje Judicial, Cuadernos de Derecho Judicial, Madrid, 1998.