viernes, 6 de septiembre de 2013

La crisis de la verdad



Cuando comenzaron las hostilidades presupuestarias, sostuve que la llamada Crisis Económica o Gran Recesión que comenzaba a fustigar la exclusiva Zona Euro, quizá no fuera ni una crisis ni una crisis económica. Lo primero porque, al margen de significados gramaticales o económicos, no ha tenido nunca un perfil coyuntural, sino una vocación de permanencia para construir son sólidos cimientos un nuevo sistema productivo y una nueva configuración, algo siniestra, de los derechos más elementales de los ciudadanos europeos. En segundo lugar, la crisis es una crisis de valores, una crisis moral alentada por fenómenos especulativos completamente insolidarios y favorecidos por la impunidad y el uso salvaje, en una especie de inmensa paradoja, de las nuevas tecnologías de la comunicación al servicio del sistema financiero. Ahora, el problema que vislumbro es de mayor envergadura y gravedad ya que que se trata no solo de una crisis moral encubierta, sino de una verdadera Crisis de la Verdad.
No pretendo que alguien hilvane un nuevo Discurso de la verdad envuelto de un enfermizo pesimismo como el que nos entregara a finales del siglo XVII el Venerable Siervo de Dios don Miguel de Mañara y Vicentelo de Laca, el peor de los hombres, según su propio -quizá un punto vanidoso- juicio.
Es otra la cuestión que atañe a nuestro tiempo. Ahora, la verdad no tiene apenas valor. Podría replicarse que mentir, a lo largo de la historia, ha sido habitual o rentable y que la mentira ha servido a los intereses más bajos de naciones y hombres con toda normalidad y sin apenas peligro. Pero siempre ha existido un cierto rubor, aunque se trate de alguna pueril leyenda, como la de aquella famosa Bocca della Veritá la conocida máscara de piedra que se exhibe en la basílica de Santa María in Cosmedin de Roma que puede cerrar sus fauces y atrapar la mano que introducimos en la pequeña oquedad de sus labios cuando mentimos.
Lo que ocurre ahora, sin embargo, es distinto porque la mentira no es una mentira ocultada sino afirmada como una transgresión de la razón y el deber más elemental. No quiero acudir a ningún ejemplo próximo o remoto para no herir sensibilidades, pero ahora la observación de la mentira no produce pudor, se enfrenta como una necesidad del operador político, jurídico o económico y esta nueva versión de nuestra vida social, esta nueva Crisis de la Verdad no sabemos donde puede conducirnos con el paso del tiempo.
Una sociedad que no está sometida a un principio de  responsabilidad para castigar la mentira, es una sociedad condenada a la barbarie. Aunque ahora la barbarie se vista con trajes a medida o lentejuelas.

lunes, 2 de septiembre de 2013

"Plasencias" de Álvaro Valverde: La luz de una sabia codicia

Hay una expresión plural de los espacios habitados por nosotros mismos que es la que mejor marca la distancia y, en especial, la más pura y fatal de todas las distancias, quizá la única que deba ser tenida en cuenta porque ningún esfuerzo puede cubrirla, al margen del artificio de la imaginación: justo la que nos marca el paso arrebatado del tiempo. No he conocido en muchos años, un libro que plantee tan ordenada y pulcramente su apuesta por encontrar esta expresión de todos los que fuimos como Plasencias, la última entrega de mi admirado Álvaro Valverde.
Reflexionar sobre el lugar acotado que ha sido nuestra propia vida y codiciar con tanta ilusión la forma de citarse con el pasado, de escudriñar en el recuerdo y señalar ese destino que anidaba ya entonces dentro del que fuimos para conjugarlo con el sorprendente futuro que acabó por imponerse, siempre a través de la palabra pesada en la frágil balanza de las emociones, es una  delicada labor que consigue encendernos un cúmulo de sensaciones reconocidas y ajenas, aproximadas a nuestra experiencia dormida que se ilumina con una lectura enriquecedora. Se trata de una experiencia que, como todo lo importante, nos resulta tan difícil de explicar como fácil de sentir.
No es la primera vez que la inquietud de Álvaro Valverde contempla los nobles muros de su ciudad natal. Ya sabemos que se trata de un recurso hábil y antiguo, difícil de aplicar pero que si es dominado por el pulso del poeta, le permite cosechar el éxito de frecuentes hallazgos que explican mejor lo sucedido y que sorprenden tanto a él como al lector más escéptico o malintencionado al que pueda enfrentarse. Es como si la vida se escribiera de nuevo y el recuerdo llegara desde un punto alejado de su yo, desde una especie de fértil memoria compartida.
Álvaro refiere la voz poética -una y otra vez- hacia un lugar real, pero también hacia una ciudad más real aún que la que sigue habitando por la eficaz distorsión del olvido. Se dirige hacia un  escenario paradójico, próximo e inerte que es propio y ajeno a la vez, hacia un espacio escondido y poblado por los seres más queridos, por esas cosas vivas que nos están mirando y cantara la juventud de Ángel Crespo o por la simple indiferencia natural del tiempo. Incluso se percibe esporádicamente, en alguno de los lugares descritos, una presencia extraña que aún no ha podido descifrar la lucidez del autor.
En este precioso libro, la contemplación de nuestro paso en el  camino, en el espacio habitual o en el paisaje doméstico engendra una nueva luz. En realidad, lo que hace el autor es atender al viejo sortilegio de la mejor poesía contemporánea. Wallace Stevens publica su primer libro con 44 años quizá porque pensaba que perdida la fe en Dios (que no necesariamente la creencia), nos encontramos con un espacio vacío que solo puede cubrir la poesía. La fe del poeta abandonado a su suerte, se convierte así en una actitud, en una sabia codicia y como la fe católica, la misma que Bergoglio comenta en su reciente Lumen Fidei, la fe que sostiene en la poesía es una luz para sus ojos, para los ojos del alma que son muchas veces los ojos de un recuerdo meditado y preciso que trasciende a los demás.
El ejercicio de sencillez y autoridad que Álvaro Valverde desarrolla en este libro editado y escrito en Extremadura me ha llenado de satisfacción y orgullo.

sábado, 17 de agosto de 2013

Poema




Las aguas de Leteo

Vuela la vida, abres los ojos, mueres
y encuentras sobre el agua la mirada
de tu alma encendida que se encuentra
consigo. Los temores
no existen, ni la angustia
de perder la esperanza, son las aguas
del río las que limpian
ese pesado cerco de los días.
Ve tranquila, mi hermana más pequeña
y no temas los ojos de Caronte
que no hay lugar más limpio,
ni hay una luz más clara,
ni hay asombro mayor que el de su ocaso,
ni justicia más firme y más exacta,
ve sola y ve con todos siempre
sobre las aguas puras que se apartan
cuando cruzas el tiempo y lo derrotas.



sábado, 10 de agosto de 2013

Hacia el centenario de la Gran Guerra

Falta menos de un año para que se cumpla el primer centenario de la Gran Guerra. Su importancia no debe medirse tan solo por la terrible devastación que produjo. Son muchas sus aportaciones a nuestro actual desasosiego porque el laberinto que aún cruza Europa se construye en buena medida sobre los rescoldos de aquel infierno.
Una de las escasas virtudes de la Gran Guerra fue la extraordinaria literatura que produjo, muy superior a la que ha generado la Segunda Guerra Mundial o nuestra Guerra Civil quizá por mantener  un tono, como regla general, profundamente antimilitarista.
Varios amigos escritores me han contado apasionadamente sus lecturas relacionadas con el conflicto y yo mismo he recomendado vivamente algunos testimonios insustituibles como El miedo de Gabriel Chevallier o las famosas Tempestades de acero de Ernst Jünger. Fue precisamente la lectura de estos diarios la que me mostró la verdadera importancia y dimensión del conflicto. Sobre el fogonazo azulado de la explosión de un gigantesco obús, el joven alférez Jünger contempla acurrucado en la trinchera por primera vez en su vida un hombre con un casco de acero y entiende que ha comenzado una nueva forma de matar que adquiere dimensiones titánicas y que el ser humano no podía imaginar pocos años antes.
Al margen de los estudios históricos, de algunos homenajes o lecturas y de la justa recuperación de tantas voces prematuramente olvidadas; España debiera recordar y analizar la importancia de su neutralidad. Nuestra víctimas fueron escasas pero especialmente tristes, aquellos miles de inocentes que murieron en los ataques a la marina mercante desde 1917 por parte de los submarinos alemanes, un terrible sacrificio que solo fue compensado con la incautación de seis buques de la República de Weimar que habían quedado anclados en territorios neutrales. No solo se trata de reproducir el inútil debate entre aliadófilos y germanófilos sino de comprender porqué España adoptó verdaderamente este papel que no supo aprovechar adecuadamente al buscar el beneficio especulativo a corto plazo y esa riqueza ingrata del abastecimiento a las potencias beligerantes. Nuestra neutralidad no parece que fuera consecuencia de una determinada política exterior. España, aún humillada por el desastre del 98, hubiera acudido derrotada al campo de batalla. Quizá, la respuesta se encuentre en un hecho demoledor y es que España ya había escrito para entonces el guión de su propia auto destrucción sin necesidad de contar con ningún enemigo extranjero.

lunes, 1 de julio de 2013

Ronda y la pureza de David Bomberg

Algunos meses de intenso trabajo me apartan de esta breve bitácora sin remedio. La tormenta se aleja y un breve viaje a Ronda me permite un ligero descanso para retomar con cierto optimismo el comienzo del verano andaluz. Allí encuentro cerca del delicado Hotel-Casa San Gabriel -donde me hospedan un maravilloso grupo de amigos- una sencilla lápida que recuerda la fértil estancia en la ciudad del pintor británico David Bomberg.
El recuerdo de un inquieto viajero abrumado por la belleza de un espacio determinado que descubre y que lo desborda casi de inmediato con un cierto fatalismo, es una de las más bellas maneras de narrar el paso del tiempo, una especie de bondadosa traición a cada origen que convierte al personaje en un extraño paradójico porque sus ojos aprecian mejor el valor de un lugar  visitado que quienes han vivido siempre allí pero aún no han sabido mirarlo en su plenitud. A veces es una oculta virtud difícil de advertir pero otras es lo más obvio y cercano. El caso de los pintores, que tantas veces reinciden en el mismo modelo, me resulta especialmente fascinante. La convicción del paisaje que observa y pinta crea en su obra una extraña dependencia o simbiosis. El paisaje parece que quiere convertirse en una figura humana mientras el retrato parece que quiere convertirse en un pedazo de tierra. Quizá descubre que lo mismo ocurre con la población de una ciudad tan personal y que tanto influye en el temperamento de sus habitantes.
Hijo de la emigración, Bomberg visitó Ronda mediados los años treinta pero la agitación previa a nuestra Guerra Civil lo hizo volver a Londres. Reincidió y pasó allí sus últimos años de vida a mediados de los años cincuenta, pintando entonces su famoso último autorretrato.
Nuestra literatura, quizá por poco viajada, se ha contentado con situarlos en lápidas y recónditas glorietas pero apenas ha novelado la peripecia de los descubridores foráneos de nuestro interior. Recuperar su memoria es igual que un ir y venir desde muy lejos, una excelente manera de educar los sentimientos. Ojalá que la pequeña lápida que recuerda el paso de David Bomberg por Ronda se convierta en la memoria fértil de su obra, una obra que puede no poseerse pero si reproducirse con la dignidad que requiere este exigente entorno.

jueves, 9 de mayo de 2013

La solución olvidada de la cultura (Palabras de agradecimiento a la Unión de Bibliófilos Extremeños)

 

Señoras y Señores, queridos amigos:
Me permitirán que lleve a cabo esta mañana una intervención académica y que lea estos párrafos que acabo de escribir para no olvidar ninguna de las cosas que quiero decir en mi Badajoz natal, en una fecha tan señalada para mí y como agradecimiento a mis buenos amigos de la Unión de Bibliófilos Extremeños.
No quiero hablar de mí porque me basta con agradecer la atención que han merecido alguno de mis escritos. Solo me gustaría ofrecerles alguna opinión sincera sobre los libros y sobre la ayuda y consideración que merecen por las autoridades que ordenan nuestra vida pública y lo hago porque entiendo que mis palabras quizá puedan tener alguna utilidad. Les prometo que voy a ser breve porque creo que las cosas importantes, como sencillas que son, deben decirse con toda claridad y una sola vez. Asumo este imperativo de la brevedad como un pequeño deber. Lo aprendí de un verso memorable del gran poeta de Zufre, casi extremeño, Aquilino Duque, aquel que nos refiere que si dices la verdad no la repitas / solo el que miente insiste.
Y yo, después de tantos años buscando la verdad por mi trabajo en los tribunales, apenas sé mentir lo indispensable para no caer en algún gesto de mala educación. Mejor dicho, yo solo miento cuando escribo algún poema, pero miento diciendo precisamente aquello que siento de verdad. Ya saben que esta paradoja es lírica y frecuente. Hay un mundo interior que nos niega, una y otra vez, la extraña realidad que nos rodea y el poeta, con su ingenua virtud, solo intenta descifrar el origen incierto de esta abrumada contradicción. Nuestro admirado Fernando Pessoa, mirando su propio quehacer cotidiano sentado en los cafés de Lisboa, ya señaló que el poeta es un fingidor y que finge tan completamente que hasta finge que es dolor / el dolor que de verdad siente. Digamos la verdad y hablemos, por tanto, sin comparaciones, recordando la importancia que la lectura debiera tener en las partidas presupuestarias que determinan la calidad de nuestra vida y alumbran el camino que conduce a nuestra sociedad hacia el futuro.
No hay otro debate en la actualidad de mayor importancia para el libro que la decisión de su apoyo con políticas presupuestarias que valoren el disfrute de la cultura como una fuente abundante de empleo. En los años venideros, además, cuando la cultura en general y la edición de buena literatura en particular, tengan que enfrentarse una y otra vez a criterios puramente utilitaristas, se tratará de un tema recurrente que debiera preocupar a los ciudadanos. Es un error olvidar el perfil complejo de nuestros derechos y la importancia que tiene para cualquier sociedad democrática establecer un método ordenado de prelaciones en el manejo de fondos públicos, un sistema económico que no olvide la importancia de las humanidades y la compensación que debe asistir a una serie de valores inmateriales que ni cotizan en bolsa, ni rebajan el interés de la deuda soberana pero que son los que anuncian –y así lo han hecho a lo largo de toda la historia- la verdadera prosperidad y la confianza. Una sociedad sin conciencia está condenada al fracaso y la conciencia se alimenta de la palabra y mejor de la palabra meditada y escrita que de la palabra improvisada y carente de rigor.
Este año viene siendo para mí, en lo que a las letras se refiere, un año moderadamente feliz: En primer lugar, acabo de publicar[1] un breve ensayo, El mal de la muralla con un texto al que guardo un gran cariño y en el que recuerdo mi estancia profesional en Galicia para realizar un humilde homenaje a diversos amigos y escritores que enriquecieron mi estancia, principalmente el gran poeta Luis Pimentel cuya obra, tan delicada como sincera, admiro profundamente. En segundo lugar, gracias a la buena disposición de algunos amigos como Joaquín González Manzanares, la Biblioteca de Extremadura ha querido rendir un sencillo homenaje a mi padre, el escritor y periodista Antonio García Orio-Zabala[2], cuando se cumple el centenario de su nacimiento en Badajoz en 1913. He tenido la difícil fortuna de escribir una pequeña crónica para su catálogo tratando de ordenar un montón de viejos recuerdos familiares. En tercer lugar, mi gran amigo y maestro Antonio Carvajal ha obtenido hace algunas semanas el Premio Nacional de Poesía[3] y ello me depara una inmensa alegría porque, como señalaba Borges, que otros se jacten de los libros escritos porque yo quiero jactarme de los libros que he leído, más aún cuando ha sido la propia voz del autor la que me ha leído, tibia la tinta, los versos qye acababan de hacerse. Por si fuera poco y en quinto lugar, la Unión de Bibliófilos Extremeños, que viene realizando una encomiable y extensa labor, ha querido dedicar su intervención en esta Feria del Libro a comentar mi obra con la generosa aportación, que le agradezco de todo corazón, de un crítico de tanta solvencia como Enrique García Fuentes.
No encuentro otra forma mejor de agradecer este interés que leer estas cuartillas para recordar la alegría que me produce que sean mis paisanos quienes valoren o presten atención a cualquiera de mis obras y aprovechar esta gentileza para exponer mi opinión acerca de la importancia que el cuidado y atención de los libros, desde la imparcialidad de la función pública, podrían tener para el futuro de Badajoz y de Extremadura.
Desde que me alcanza el recuerdo siempre viví rodeado de libros y ya sabemos que el amor a los libros cuando mejor germina es en la patria generosa de la familia y la infancia. Mi padre conservó una buena parte de aquella biblioteca familiar que varias generaciones acumularon en su casa de La Albuera, la enriqueció lo mejor que pudo y dedicó la mayor parte de su vida en soledad a disfrutar de la lectura y a escribir. Mucho tendríamos que recordar aquellas bibliotecas rurales de Extremadura que habían tejido pacientes generaciones de discretos lectores de provincias y que, desgraciadamente, han ido desapareciendo sin remedio. Alentaban una forma de vida propia, feliz y agradecida para combatir la oscuridad reinante en otros momentos de nuestra historia, humildes bibliotecas siempre iluminadas por la enseñanza del campo y el paso de las estaciones. Mi padre, que era un extraordinario conversador, sabía que el hábito de la lectura hablada era la mejor forma de criar a sus ocho hijos como personas capaces y comprometidas, de entenderlos mejor y de inculcarles la lectura no como un simple entretenimiento, sino como una saludable virtud que nunca debemos perder. Quienes leen siempre tienen un halo de dignidad flotando a su alrededor. En una familia tan numerosa, la lectura persistente cobra enseguida una dimensión coral y por eso, en realidad, podría decir que más que vivir rodeado de libros, viví rodeado de lectura y de largas y a veces apasionadas conversaciones sobre los libros que mis padres, mis tíos, mis hermanos mayores y sus amigos, un grupo numeroso, heterogéneo e inolvidable, habían leído últimamente. Los libros siempre proponían un diálogo animado y enriquecedor. Incluso ahora, que tan poco se habla de lo leído, cuando nos vence la soledad y no sabemos a quién comentar nuestra inquietud, aún promueven un diálogo, quizá el más fértil de cuantos puedan entablarse, con nosotros mismos.
Bajo estas coordenadas de la biblioteca familiar, los libros me han acompañado como un elemento indispensable de mi manera de ser y me seguirán acompañando siempre como parte de esa maleta del viajero que todos llevamos consigo. Una maleta que abrimos y cerramos cada noche, olvidando y recordando a nuestra codiciosa conciencia, como advierte el maravilloso poema de mi amigo Elías Moro, que nada es importante si se olvida. Yo he aprendido a vivir leyendo y he leído, con tanto desorden como ilusión, todo lo que me han recomendado aquellos en quienes, desde niño, vislumbraba que podían guardar alguna forma de interés o virtud. De todas mis acciones esta es la única de la que no tengo signo alguno de arrepentimiento. Me alegró de haber leído hasta los malos libros porque me han enseñado a no querer ser como ellos me recomendaban que fuera.
Para mí, leer es otra forma de conversar, de viajar, de aprender a resolver los problemas cotidianos de la existencia, de recordar la importancia de recordar lo leído, de querer y hasta de odiar aquello que aprobamos o rechazamos en lo más íntimo de nuestro ser. La lectura es un lugar al que llegar siempre que aparece la soledad, porque así deja de existir y se convierte en un tiempo compartido y fértil, en un tiempo misterioso que asocia al hombre con la tierra, que lo cultiva y lo hace mejor en su relación consigo mismo y con los demás. Su valor está en nuestro interior, allí donde la palabra cobra toda su fuerza y hasta determina nuestra manera de afrontar el paso del tiempo. El tiempo de la lectura es un tiempo multiplicado
Federico García Lorca, en la famosa Alocución de Fuente Vaqueros[4], dirigida a sus paisanos cuando inauguró la biblioteca de su pueblo, les dijo que si algún día estuviera hambriento no pediría un pan sino medio pan y un libro. Parece mentira que una frase tan sabia y afortunada haya prendido tan poco en la conciencia de quienes solventan en el parlamento nuestro maltrecho presupuesto. No han entendido que el alimento del alma es tan importante como el del cuerpo, que es aquello a lo que aspiramos cuando hemos resuelto de algún modo nuestras necesidades más elementales, pero no la necesidad del hartazgo sino la necesidad del limpio sustento. Un pueblo sin cultura es un pueblo condenado a la pobreza y la explotación. No se trata de gastar en libros el dinero que sobra, se trata de cultivarlos, de ayudarlos a germinar en la mente de los creadores, de crear una atmósfera respetuosa con la creación y de distinguir aquellos espíritus que tenemos que apoyar para que no se marchiten o marchen lejos para no volver y sean la venturosa base de nuestro futuro.
Lamentablemente la cultura de la crisis económica que asola las tierras de Europa en esta segunda década del siglo XXI, es una cultura profundamente equivocada. Se arrinconan letras y humanidades, se las somete al dictado de algunos departamentos comerciales para que adquieran un terrible complejo de inferioridad, como si tuvieran que pedir perdón, como si la austera disposición de fondos públicos para su difusión y para la defensa del patrimonio histórico bibliográfico fuera una forma de vergonzante o extravagante dispendio que no podemos permitirnos y, menos aún, los pueblos meridionales de Europa. Pero todo esto es mentira porque la cultura no es un privilegio, ni un capricho, no es un censo o una servidumbre que debe pagar el poder por una simpe razón de imagen o por tradición. La cultura es la fuente de la prosperidad como la epopeya es el manantial donde nació la novela[5], es nuestra primera fuente de ingresos y debe cuidarse como una industria no contaminante que nos proporciona el mayor bienestar y grandes sumas de dinero sin las cuales España y Extremadura no podrían ni vertebrarse ni subsistir.
Gastar en cultura es ahorrar en conflictos y excesos, es corregir esa mentira piadosa de la subvención, tantas veces cargada de nepotismo o necedad y que tanto daño ha hecho, cuando no se ha administrado correctamente, a los escritores verdaderos a los que arrincona con saña y ofende de manera sistemática cuando engorda una mediocridad tan cruel y tan crecida como intolerante. Disponer de fondos para sembrar la cultura y la ciencia debiera ser un imperativo legal marcado por un índice mínimo, por un porcentaje infranqueable que nadie pudiera saltar.
En la actualidad, la crisis presupuestaria hace de la cultura una ausencia casi irreparable, casi nos condena al silencio porque evita que jóvenes poetas o escritores libres y capaces, espíritus sensibles a la interpretación más atinada de la realidad que nos rodea, no puedan romper el tedio de nuestro presente con la frescura de sus ideas. Todo se anega en la pobreza de una mediocridad triunfante que sigue ensuciando el presupuesto con la necia pretensión del nepotismo. Me refiero a la pobreza moral, a la imprevisión negligente, a la excusa recurrente e inútil de la cortedad que se conjuga con el derroche más obsceno, a la falta de generosidad con nuestro esfuerzo, al fraude sistémico e impune y a la falta de principios que ha sido la que realmente nos ha conducido a esta situación triste y previsible de crisis económica. Además, los males parece que proceden de Europa a la que siempre han mirado los intelectuales españoles con una buena dosis de esperanza. Es importante saber indignarse en la dirección adecuada. ¿Hacia dónde mirar con aire de reprobación?
Convendría recordar que el propio Miguel de Cervantes puso su mayor empeño en una ambiciosa novela que calificó como novela setentrional y que sería su última obra: Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Cuatro días antes de su muerte la dedicaba al Conde de Lemos con la siguiente frase, puesto ya el pié en el estribo con las ansias de la muerte, una expresión medida y de admirable entereza que nos muestra un hombre que afronta con serenidad su próximo destino, acostumbrado al cautiverio y a las mayores penalidades e injusticias. En esta obra, una novela bizantina que obtuvo un éxito enorme en todo el continente y en su edición póstuma de 1617, el genio de Cervantes decide mirar hacia el norte de Europa y a su virtud como única esperanza de renovación. El injusto olvido que ha marcado el posterior destino de esta prodigiosa apuesta narrativa, quizá la obra más ambiciosa de su autor[6], es consecuencia del olvido cultural que hemos sufrido al no reconocer las claves que nos permitan medir la importancia del abismo que fue abierto en Europa cuando se siembran las ideas de la Contrarreforma. Perder las claves de nuestro pasado y no poder descifrarlo es habitual pero no por ello es menos terrible. La Europa que Miguel de Cervantes contempla en los últimos años de su vida, es un territorio que alienta grandes calamidades y que refleja un enfrentamiento permanente que invade de pesimismo a todo el continente y que consigue que prenda fatalmente la conciencia entre los europeos de que sus diferencias no pueden tener una pacífica solución. Cervantes intenta con su novela demostrar que hay muchos caminos que conducen a la armonía entre los dos hemisferios y que no siempre se encuentran allí donde se ubican las manifestaciones más grandes y egoístas del poder terrenal. Mirar al otro lado, enfrentar limpiamente los argumentos del antagonista es un gesto de nobleza que parece tan lejano como imposible. Esto hizo, con poco éxito, nuestro buen novelista y esto, aunque a la inversa quizá debieran hacer ahora los europeos.
Si en aquella ocasión, las viejas soluciones que no encontraron nuestros antepasados del Barroco, se encontraban en el norte austero de puras raíces godas, precisamente ahora, los europeos debemos mirar hacia el Sur al que se humilla y olvida y debemos hacerlo porque fue aquí donde nació la deliciosa fuente de Bandusia esa que cantara Horacio[7] y que podría simbolizar mejor que cualquier otra imagen la vida ordenada de una prudente sociedad que armoniosamente prospera, que convive con la naturaleza y alienta la democracia. También nace en el sur europeo, esta vez en tierras muy próximas del Sureste de España  la inicial idea de una Europa comunicada y unida bajo un sustrato común cuando se obtiene, en los albores de la Edad Moderna, la integridad territorial de la monarquía hispánica. Por eso, más que cuadrar fríamente las cifras de nuestra escasez debemos conjugar las palabras de nuestra virtud. Más que recordar de forma obsesiva el temor hacia nuestro futuro, debemos temer que vuelvan los errores de nuestro pasado. Más que confiar en quienes niegan nuestra capacidad para decidir y pagar nuestras deudas, confiemos en la sabia lección de los verdaderos intelectuales que tantas veces hicieron de la austeridad una singular forma de vida, casi una militancia y una sabia declaración de intenciones.
Casi nadie repara, con la suficiente convicción, en el valor de la cultura para resolver el problema de la crisis financiera que han provocado la mala gestión de grandes procesos especulativos, las formas más graves de corrupción (que deben combatirse por los Estados como supuestos de verdadero crimen organizado) y el olvido de una serie de valores que se encuentran presentes en los documentos fundacionales de la Unión Europea. Es cierto que se han vertido críticas muy razonables al incremento de algunos impuestos o a los recortes de indispensables servicios públicos que nos distancian de aquellos niveles en la atención que distinguen las sociedades avanzadas, pero nadie o casi nadie recuerda la importancia de la cultura para encontrar las raíces de la verdad y las soluciones a nuestra paradójica pobreza. No solo la poesía ofrece paradojas misteriosas. Las mismas entidades que niegan el crédito a jóvenes honestos y emprendedores, señalan indemnizaciones para sus administradores que ofenden a la dignidad más elemental. El olvido de la cultura como un rico yacimiento de empleo,  de su virtud para encontrar soluciones en situaciones oscuras, se olvida sin que nadie o casi nadie recuerde la solvencia de este manojo de obviedades.
Prometí brevedad y me gusta cumplir mis promesas, así que iré terminando. Luis Pimentel cuando escribe en los años cincuenta del pasado siglo en Lugo y encuentra una ciudad mortecina y cruel, nos dice –quizá adelantándose a su tiempo- que al hablar de su apartada ciudad habla del mundo. Estos es algo que siempre han hecho y bien los mejores escritores. Aún así, hoy día, esta ubicación fuera de los circuitos del poder y el éxito comercial no solo es una cuestión ficticia o un alimento de la imaginación. Ahora cualquier rincón es válido para centrar la atención del pensamiento más acertado que sirva para salvar al continente europeo de su propio egoísmo. Las nuevas tecnologías de la comunicación han producido una saludable descentralización de la cultura. Lo bueno y lo malo se expanden en progresión geométrica y con una exactitud sobrecogedora. Nunca ha tenido tanta ventaja la periferia cultural sobre la idea de una centralidad domesticada con el beneficio inmediato y una vengativa mediocridad. Quizá por primera vez en la historia, la excelencia se encuentra fagocitada en el bulevar periférico del mundo.
Esta enseñanza resulta especialmente valiosa para el desarrollo de las regiones. Creo que aquellos lugares con una nutrida historia que sepan apostar por la cultura como un sortilegio válido para eludir la pobreza, se adelantarán a los demás, combatirán mejor el fanático pesimismo que se avecina y encontraran una senda más luminosa para salir airosos de nuestro encuentro con el futuro. La solución a los problemas ibéricos o europeos, como ya ocurrió en otras edades de la historia peninsular o continental, está fuera de los cenáculos viciados por la vanidad y de los círculos cegados por la ambición o la intriga. La mirada distanciada de espacios acotados y vacíos en los que ya apenas queda nada, nos conduce a la mayor libertad de quienes viven más próximos a la tierra y levantan la vista sin complejos para comprender mejor la distancia que separa la realidad de la justica.
El poema que escribió hace casi un siglo nuestro casi paisano Alberto Caeiro lo explica cuando refiere la mayor libertad del río que corre por su aldea del Alentejo y demuestra que es más grande y mucho mayor que ese caudaloso Tajo que llega desde España y conduce hacia las fortunas del mundo, porque su río pertenece a menos gente, porque nadie sabe de dónde viene y adonde va, porque es más libre y porque quien está junto a él no tiene que pensar en nada y solo está junto a él. Su río es todos los ríos pero nadie parece darse cuenta. Nuestros libros son todos los libros porque nos conducen a ellos. Miremos y apoyemos sin complejos aquello que se tiende a nuestro alrededor para conocernos mejor y hacernos mejores.
La cultura, si es vivida desde la verdad, es normalmente un sinónimo de pública austeridad. Incluso cuando la cultura se atiborra mediante subvenciones inadecuadas o por galardones inmerecidos, pronto adquiere un aire falso y ridículo, casi trasnochado que no puede ocultar y termina por desaparecer, por diluirse en la espesura del tiempo. Pero los libros que decantan entre los jóvenes más sensibles ofrecen un fruto nuevo y valioso que cambian el perfil social y alienta los cambios que una sociedad precisa.
Invirtamos en cultura, ampliemos su presupuesto como una fórmula sencilla y válida para crear empleo, fomentemos el consumo de cultura con criterios alejados de la pura comercialidad, descubramos el valor del auténtico mecenazgo a través de leyes que lo favorezcan y que prestigien a empresas y corporaciones que aspiren a contar con la confianza de los ciudadanos, no confundamos el deber constitucional de los poderes públicos para defender la cultura con el antojadizo criterio de un nuevo príncipe que otorga sus favores en atención a su gusto estético.
Algunos creemos, en fín, que la respuesta a tantas limitaciones se encuentra en la cultura, en los libros, en la forma de ocio más barata y menos contaminante que existe. Ayudemos al libro para ayudarnos a nosotros mismos: Pidamos que Extremadura sea un ejemplo al remover antes que ningún otros territorio de su competencia y tamaño, los ridículos obstáculos que impiden nutrir al libro y a la cultura de la ayuda oficial que necesitan y merecen.
Muchas gracias de nuevo por su amable atención y buenas tardes.
Badajoz, once de mayo de 2013



[1] El Mal de la Muralla, Jesús García Calderón, con prólogo de Jorge de Vivero y fotografías de Carlos Valcarce Gay, Editorial Ánfora Nova, colección ensayo número 15, Córdoba, 2013
[2] Antonio García Orio-Zabala (1913-1975) Crónica y olvido de un maestro, Biblioteca de Extremadura, texto publicado en el catálogo para la exposición conmemorativa de su centenario, Badajoz, 2013.
[3] Por su libro Un girasol flotante de Antonio Carvajal Milena, KRK ediciones, Oviedo, 2011. Estudio preliminar de José Manuel Ruiz Martínez.
[4] Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, Federico García Lorca, edición facsímil publicado por la Editorial Comares, Granada, 1997.
[5] La frase pertenece al prólogo que Jorge Luis Borges escribió para la novela de Dino Buzzati El desierto de los tártaros en la edición de su Biblioteca Personal, número 21, Editorial Orbis, Barcelona, 1988.
[6] Así en El Persiles descodificado o la” Divina Comedia” de Cervantes, de Michael Nerlich, con traducción de Jesús Munárriz, Hiperión, Madrid, 2005.
[7] Nos referimos a la famosa Oda 3, 13 de Quinto Horacio Flaco sobre la fuente de Bandusia. Sobre el particular, puede consultarse el breve y excelente ensayo del profesor Francisco Javier Tovar Paz, Bandusia: Los versos del agua, de la editorial extremeña Norbanova, Colección Ensayo, Cáceres, 2010.

lunes, 22 de abril de 2013

Antonio García Orio-Zabala: Crónica y olvido de un maestro (fragmento)

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En los últimos treinta años se ha pretendido construir una identidad regional sin tener en cuenta todos sus matices. La cultura suele desbordar al comportamiento oficial como el simple paso del tiempo vence cualquier forma de codicia. No hay territorio menos propicio para la imparcialidad, en el juicio crítico de quienes han aportado un legado estimable, que un cambio pacífico de régimen. Han sido muchos los equívocos que han pesado sobre la obra de Antonio García Orio-Zabala. El problema es que casi nadie lo ha leído antes de juzgarlo, bien porque no ha querido o bien porque no ha podido ante la escasa difusión de sus mejores obras. Estas personas han juzgado un reflejo, una imagen transmitida en una coordenada temporal distinta y próxima, en ese tiempo en el que las cosas todavía no alcanzan una suficiente envergadura temporal para despertar nuestro interés o curiosidad. Ahora, la perspectiva que tenemos del teatro, el periodismo o la narrativa que se hacía en Extremadura en los años cincuenta o sesenta es mucho más acertada y podemos observarla mejor y hacerle justicia.
Quizá sus mayores éxitos los obtuvo mi padre en el teatro. La pasión por la escena la tuvo siempre, casi desde la niñez. Según me contaron, todos los años recibía en el caserón de La Albuera a una compañía de cómicos de la legua a los que cedía el corral de la casa para que pudieran hacer sus funciones, además de algún precario alojamiento. Al parecer, aquel grupo se presentaba como Compañía Picasso y los acompañaban algunos actores estimables. Por mi edad y lamentablemente, no guardo ningún recuerdo de todo aquello pero siempre que veo El viaje a ninguna parte, uno de los mejores títulos en la historia del cine español, me imagino aquella forma de franca hospitalidad familiar que definía el carácter de mi padre y su manera de escudriñar en todas las representaciones de la vida.
Su teatro gozaba, a pesar de los tímidos cauces de difusión con los que contaba, de una enorme popularidad. Así como hemos referido que su obra literaria tuvo un carácter casi privado durante los años de posguerra, sus comedias, sainetes y estampas teatrales le otorgaron muy pronto en nuestra región la condición de autor teatral. Escribía, en muchas ocasiones, por encargo, de forma completamente desinteresada, con una rapidez asombrosa y para funciones que se estrenaban habitualmente por grupos de aficionados en el Teatro López de Ayala. Aquellos pequeños éxitos locales tenían una difusión inmediata en la provincia, otorgándole un reconocimiento tan limitado como sincero. Lo extraño es que estas comedias para uso doméstico alcanzaran una difusión pública de tanta importancia para la época y se convirtieran, muchas veces, en un verdadero acontecimiento social. Lo pone de manifiesto Francisco López-Arza cuando analiza el escaso repertorio teatral extremeño de la posguerra y recuerda aquellos humildes estrenos de mi padre que había extraído del terruño extremeño, tipos y caracteres, gracias y decires, y los había vertido certeramente en comedias llenas de simpatía e ingenio[1].
Deberíamos recordar, sin ánimo exhaustivo, títulos que estrenó desde finales de los años cuarenta y hasta bien entrada la década de los sesenta como El Fuerte del Diablo, Compuesta y sin novio, El corazón de la muñeca, Altar, el cuadro poético Realeza y Caridad con vestuario y decorados de Antonio Juez; juguetes cómicos como Noche de Reyes o El milagro de doña Pepita, el cuento escenificado Las dos muñecas o la estampa costumbrista Cortijeros, que estrenó la Compañía de Luís Benito Arroyo en Badajoz y en varias capitales de España con un notable éxito y con la actuación, entre otros actores, de Miguel Armario[2].
Mi padre tenía otras muchas aficiones que lo hacían bastante feliz y le servían para relacionarse con los demás. Eran sencillas y complejas a la vez. Por ejemplo, la lectura recomendada y su comentario. Los toros, su crítica y su anecdotario infinito[3]. El circo y su trastienda. El género lírico español que canturreaba de vez en cuando y que le llevó a escribir libretos como el Romancillo de Pascualete, una fantasía lírica extremeña compuesta con el maestro Santiago Berzosa o la Suite de la Hispanidad compuesta con el maestro José Albero Francés. Otra de sus grandes devociones era Portugal donde acudía a menudo y cuya proximidad sentía como un espléndido regalo de la geografía o un dulce capricho de la historia. Cada vez que cruzaba la raya podías pensar que era la primera vez que lo hacía y, como le ocurre a muchos pacenses, cada vez que volvía de Portugal, parecía que llegaba hasta su casa de dar la vuelta al mundo ...


[1] En Poesía y sociedad de la Extremadura de posguerra (1936-1975) de Francisco López-Arza y Moreno. Junto a mi padre, se citan otros dos autores teatrales, Antonio Zoido y el periodista Antonio Soriano. Publicado en Revista de Estudios Extremeños, volumen 57, número 1, Diputación Provincial de Badajoz, 2001.
[2] Miguel Armario Bosch (1916-2000) fue un notable actor español que alcanzó la fama a partir del año 1965 cuando interpretó al Tío Aquiles en Televisión Española y en el programa Los Chiripitiflaúticos, primero como parte del programa Antena Infantil y posteriormente como un programa independiente de enorme éxito popular. El estreno contaba con algunas aportaciones del músico extremeño Joaquín Macedo, tío de mi padre.
[3] Entre un enorme número de actividades taurinas, como recuerda Bernardo Víctor Carande en su libro Bienvenida Papa Negro, Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Badajoz, 1997, fue el artífice del gran homenaje que se tributó a Manuel Mejías Rapela (1884-1964) Bienvenida, conocido como El Papa Negro antes de su muerte.